
No es un repique. Tocan a muerto. El sonido se escucha solemne en cada rincón de la aldea. Unas manos tiran de la cuerda y la campana de la ermita responde con un tañido grave, lento. En este anochecer espeso no queda lugar para la duda. Las pausas prolongadas entre cada toque marcan un final; aquel que dejan los disparos al quebrar la calma.
El amanecer gélido no logra disuadir los planes rutinarios. Manuel empuja la bicicleta con determinación, incapaz de montarla por el peso de la carga. Paquetes y cartas que nadie espera y que él prepara con un esmero ritual. Agarra el manillar con rigidez y avanza por las calles vacías. No siente frío ni el abandono del lugar. Allí se vive una soledad amarga, no elegida. Todo se ha enfriado, incluso las almas de quienes quedan. La villa es ya un refugio de viejos, sin nada que hacer y sin nada que esperar. Los jóvenes, ávidos de emociones, no ven más salida que marcharse lejos a buscarlas. Y, con suerte, una vida que no se les muera antes de empezar.
Manuel llega al portón de un caserío. Se detiene. Fija la mirada en el buzón. Sabe que ahí no volverá a dejar ninguna carta. Esa masía se cerró para no abrirse nunca más desde que dieron sepultura a su dueño. El último muerto no solo dejó vacía una casa —como tantas otras allí—, sino que hizo caer el censo municipal por debajo del centenar.
Nada brilla en la aldea. Ni siquiera el sol logra abrirse paso entre las nubes. Manuel, ajeno al vacío del entorno y a toda realidad, sigue su ruta. Hace tiempo que su padre lo dio por perdido y le deja hacer. Esta vez llega hasta la valla que cierra el porche de un viejo caserón. Entre los barrotes desliza un paquete que empuja cuanto puede, a ras de suelo, hasta dejarlo dentro. Luego prosigue: una carta más bajo una puerta ausente y tres bultos repartidos entre la panadería, el bar y la casa del cura. Satisfecho por estar cumpliendo con su deber, solo le queda la última carta. Como las demás, nadie la leerá. Allá dónde se dirige es el mismo lugar al que regresa cada jornada desde que volvió del sanatorio. Con ese destinatario, sin embargo, las intenciones son otras. De camino, lo detiene el farmacéutico, que también parece estar de reparto; en su caso, medicamentos.
—Manuel, ¿a dónde vas con este frío? Tu padre anda buscándote. Ya no está para ir detrás de ti como cuando eras un crío. Está preocupado. Vuelve a casa, hombre.
—Buenos días, señor licenciado. Le agradezco el aviso, de veras. Pero estoy ocupado con mi última entrega; siempre la más importante del día. Volveré a casa en cuanto la haga.
Hace una pausa, como si escuchara algo que nadie más puede oír.
—Comprenda la importancia de mi labor. Ya sé lo que intenta: que me dé prisa, que reparta las cartas antes de tiempo. Pero las cosas tienen su orden. Tendrá que esperar. Hasta mañana no pasaré por su farmacia a darle la suya. No vaya a pensar que iba a dejarle al margen de la gran revelación. Dentro de veinticuatro horas todo quedará resuelto. Y antes de que insista más, solo puedo adelantarle que la respuesta está delante de nuestros ojos. Lo que ocurre es que no todos saben verla.
El boticario lo ve alejarse. Pobres padres, qué cruz les ha caído. Manuel mira a ambos lados de la vereda. El recorrido está claro y también la próxima parada. Baja de la bicicleta y se encarama al muro que divide la aldea en dos y, desde allí, busca ver su casa sin tener que rodear la manzana. No sale humo de la chimenea. El rescoldo, escondido bajo la ceniza, se ha apagado. Él mismo echó leña menuda a la lumbre, confiando en reavivar el fuego. Debería volver. En su cabeza, el orden es inalterable: sus progenitores dependen de él. O eso cree. Quién cuida a quién ya no está del todo claro.
Manuel pedalea a su último destino antes de regresar con sus padres. La última carta siempre es para ella. Esta vez algo es diferente. La casa a la que ha ido durante semanas para llenar un buzón con misivas de amor ya no está vacía. Oculto con torpeza entre las hojas que cubren la fachada, observa, pegado al cristal, las sombras que se mueven en el interior. Ella ha vuelto, pero no lo ha hecho sola.
En su cabeza, todo se tuerce. La vecina —solo eso, una mujer cualquiera— cruza frente a su ventana. Va y viene del pueblo. Hay alguien más. Manuel los mira a través del vidrio empañado. Algo se enciende. La escena tan simple le destruye por dentro. Ya no es una vecina. Ya no es nadie desconocido. En su mente, vuelve de un viaje. En su mente, lo abandona. En su mente, lo traiciona con otro hombre.
Su pensamiento se endurece: ella le ha mentido. Y los seres del mundo a los que intenta salvar están contra él, son cómplices del engaño. Todos lo saben y se burlan.
Manuel se aleja de allí y se encamina hasta la plaza. Sabe que allí encontrará lo que necesita. La casa de ventanas grisáceas lo espera al fondo, solitaria. Su respiración desbocada desprende un vaho denso, capaz de envolver a un pueblo entero. Salta la tapia y cae en el patio. El dueño vive en la ciudad; solo vuelve en temporada de caza. Él avanza. Revienta la puerta con la furia de un animal herido. Dentro encuentra el arma que ha ido a buscar. Sale a pie. Ahora ya solo mira hacia delante.
Enfila hacia la casa de la hiedra. Directo al lugar que habita la mujer que lo ha traicionado. Está decidido a abrir fuego contra cualquiera que se cruce en su camino. La primera bala atraviesa el cristal de un caserío donde hay luz. Otra va hacia un balcón iluminado. El resto, tiros al aire, a diestro y siniestro por calles sin gente. Tras cada estampido vuelve un silencio perturbador.
Su padre escucha los disparos. Sabe que es Manuel. Sabe también adónde va. En la aldea, esperar a la Guardia Civil es dejar que aumente la desgracia. Lo alcanza frente a la casa de la hiedra, encarado a la puerta y decidido a tirarla abajo. No titubea. No lo llama. Es su responsabilidad. Apunta su vieja escopeta hacia la espalda de su hijo y sin temblarle el pulso, aprieta el gatillo.
No es un repique. Tocan a muerto. El sonido se escucha solemne en cada rincón de la aldea. Unas manos tiran de la cuerda y la campana de la ermita responde con un tañido grave, lento. En este anochecer espeso no queda lugar para la duda. Las pausas prolongadas entre cada toque marcan un final; aquel que dejan los disparos al quebrar la calma.

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