
—¡Otraaa rooonda!
—¡Éssssta la pagooo yo!
—¡Obrigagggdo[1], amigo!
—Estamos fechando e não estamos mais atendendo. Sinto muito[2]
—Conoozco un pub quí alll lado que cierrra tarde. ¡Vaaamos! —dice el Portugués.
Él y la amistad que le une al Valenciano son el motivo de que él y sus amigos hayamos acabado nuestras vacaciones de fallas en Oporto. Eso y el exceso de vino en una comida que nos llevó a coger los vuelos sin pensarlo demasiado. Celebrábamos la unión entre los dos pueblos con un bacalao a la portuguesa, vino de “la terreta” y diálogos en tres idiomas que se entremezclaban en un baile sin compás, pero con un entendimiento pleno regido por el lenguaje de la risa y la euforia.
Todo empezó con un viaje. El del Portugués a L’Olleria, pueblo de interior de la provincia de Valencia donde vivía el Valenciano y sus amigos, aunque no todos habíamos nacido allí. Un sábado cualquiera de ese mismo año nos habíamos congregado en su casa de campo para comer. El de Oporto se había ofrecido a hacer el citado plato típico. Quería cocinar para ese grupo de gente que le había acogido con naturalidad desde su llegada y con quien había encajado a la perfección.
La preparación había estado rodeada de opiniones que aclaraban sus gargantas con cerveza, vino y otras bebidas espiritosas. No eran cantidades ingentes, pero sí lo suficientemente cumplidas como para producir más risas de las habituales y hacer de vaso conductor de ocurrencias en pocos minutos ejecutadas.
—¡A que no hay huevos! –dijo Machirulo.
—¿Qué no? —intervino Sobradillo.
—¡Voto por ir! —exclamó Afanosa (que en realidad soy yo misma, la que cuenta esta historia)
—Y yo –gritaron al unísono un par de voces no identificadas.
Afanosa llamó a un par de amigas para proponerles el plan. Facilonas y disfrutonas dieron el sí quiero sin dudarlo. Y una hora después tenían los vuelos destino a Portugal.
Salgo del pub la primera, como si conociera el camino. Ese afán mío por acelerar los cambios de escenario cuando son inevitables. El suelo está mojado. Ha llovido mientras nos perdíamos entre copas, conversaciones inconexas y bailes descoordinados. Espero a que el resto de la banda salga mientras me enciendo un pitillo. Dos caladas y veo a mi amiga, Encantadora, salir del pequeño antro con paso vacilante. Mira al cielo y abre los brazos. No llueve, le grito. Empieza a contonearse. Camina despacio, bailando mientras tararea una canción comercial que esa noche ha sonado varias veces. Se ríe. Y de repente, resbala. En un intento de evitar la caída inclina su cuerpo sobre una baranda cercana, busca aferrarse a ella con las manos, las estira, se hace una zancadilla involuntaria enrollando sus pies en un paso improvisado mal ejecutado. No ha medido bien la distancia. Su cuerpo pierde verticalidad en un proceso que se me antoja lejano, muy lejano. Va tomando una posición horizontal mientras mueve las manos como una inexperta nadadora de crol que a pesar de su poca destreza de movimientos se muestra como una digna competidora de velocidad. Su sonrisa se mantiene viva, como su esperanza por alcanzar esa barandilla que evitará un dramático aterrizaje sobre la dureza helada del gres. Nooooo!!!!!!!!! Grita mi pensamiento. Sus palas superiores se hincan en esa tabla de salvación que ha mutado en el arma de su desconcierto. La esperanza se desvanece junto a su cuerpo que choca contra el suelo. Salgo corriendo hacia ella y la ayudo a levantarse. La observo. En apariencia no se ha lastimado. Le pregunto si se encuentra bien. Sólo escucho silencio. Su mano busca su boca, tantea su dentadura, se la palpa inquieta. Asustada abre mucho los ojos, en busca de respuestas.
—Tía, creo que me he roto las palas.
—A ver. —Observo su boca. Intento no cambiar el gesto ante la confirmación de su temor.
—¿Se nota mucho?
—No. No mucho —miento titubeando.
—¡OSTIA! —grita detrás de mí Sincerito
Encantadora pierde el equilibrio, se desvanece. La sujeto. Alguien, detrás de ella coloca una silla donde calcula que va a caer su trasero. Acierta y su culo queda a salvo. También su vanidad. Su vanidad. Que digo. Su presunción al traste. Se ha ido volando con sus dientes delanteros.
—Tranquila, tía. Las buscamos —le digo con normalidad. Enciendo la linterna del móvil y me inclino hacia delante. Muevo la cabeza en distintas direcciones, como un perro de presa al acecho, aunque de reojo observo a mi amiga, que oculta su rostro entre las manos.
En pocos segundos nos congregamos más de veinte personas, toda la clientela del pub dirige sus miradas al mismo lugar, aunque la mayoría no sabe lo que busca.
—¿Qué estamos buscando? —pregunta de pronto Iluminado.
—Dos dientes —contesto con la total convicción de que nadie sospechará que es una búsqueda infructuosa y cuyo final feliz dista mucho de dar el tema por zanjado.
Nadie duda de la absurdez del cometido.
— ¡Yo soy dentista! —grita uno.
—¿En serio? —contesto esperanzada.
—Sí, vamos a mi clínica.
— Perdona, ¿pero tú no has bebido? —pregunta inquieta mi amiga, Prudente.
—Sólo una copa. Estoy bien —sentencia Dentista mientras se dirige a su coche.
Voy tras él, en ese afán mío por acelerar los cambios de escenario cuando son inevitables. Me subo al coche. Oigo a mi amiga Prudente esbozar argumentos en contra. Algo sobre que es un desconocido y que ha bebido. Qué más da, pienso yo. Lo importante es que le ponga las palas.
Empujo a mi amiga, Encantadora Sin Dientes, al interior del vehículo, me meto yo y me siento a su lado y veo por fin a Prudente guardarse los argumentos en algún lugar recóndito de su cuerpo y acomodarse en el asiento del copiloto.
Antes de alejarnos del lugar de los hechos alcanzo a divisar como la clientela del pub se reparte entre varios vehículos y algunas motos. Entre gritos se emplazan en la clínica. Todos quieren conocer el final de la historia. Conocidos y desconocidos, valencianos y portugueses comparten medios de transporte y un destino inmediato común.
Tranquilizo a mi amiga Sin Palas con la poca convicción de quien no se cree sus mentiras. Las lágrimas manan de sus ojos. No hay consuelo. Se sorbe los mocos, se limpia los que no alcanzan la meta con la manga de su chaqueta y suspira.
Llegamos a la clínica del supuesto Dentista. Pues sí, el piso en el que acabamos las tres con el desconocido ofertante de dientes nuevos parece una clínica, con todas esas máquinas y aparatos punzantes, largos y finos que suelen frecuentar este tipo de negocios.
La observo en la camilla con la boca abierta. Le noto algo raro. Tiene la boca deformada. Pienso que no se va a quedar bien y hago pucheros. Me voy al baño con el pretexto de una necesidad fisiológica. Necesito llorar sin reparos, con ganas, con todo el desconsuelo que me pide el desánimo ante la deformidad de la boca de una de mis mejores amigas. Vuelvo. Mi amiga, Prudente mantiene la compostura. Me invita a largarme con un gesto silencioso. Le pido que se acerque a mí, lejos de ella, para que no nos escuche. Le pregunto si no se ha dado cuenta de que tiene el labio hinchado. Y me dice que es porque Dentista le ha colocado algo entre las encías y el labio para poder trabajar mejor en la reconstrucción de las palas. Río y lloro. Soy tan feliz.
—Menudo pedo has pillado —me reprocha, desde su estado de cero embriaguez.
Menos mal que está ella a mi lado, para esconder mi debilidad y hacer más llevadero ese momento que dura algunas horas.
Sincerito me llama para interesarse por ella. Oigo risas, voces y me cuenta que están junto al portal de entrada de la finca donde se ubica la clínica comiendo hamburguesas y bebiendo cerveza. Un after improvisado en mitad de la nada, lleno de gente que busca un pretexto para no dormir la noche.
Dentista acaba su trabajo y nos devuelve a mi amiga con las palas idénticas a como las tenía antes de apoyarlas en la baranda, perderlas, buscarlas, llorarlas y añorarlas.
Una gran ovación nos recibe a la salida del edificio. Ya no hay lugar para los desconocidos. Amistad consolidada o recién fraguada camina con desparpajo entre risas y conversaciones que se pierden en la traducción, pero se encuentran en los gestos.
[1] Gracias
[2] Estamos cerrando. Ya no servimos. Lo siento mucho.
El libro del taller
OPINIONES Y COMENTARIOS