Bajo el cielo de Tebas

Bajo el cielo de Tebas

Inma Roser

03/07/2026

BAJO EL CIELO DE TEBAS

Fui testigo de la más cruel ira de los dioses.

Yo era una joven esclava al servicio de la sacerdotisa Neferura, hija de Hatshepsut, destinada por herencia al prestigioso título de Hemet-Netjer, «Esposa del dios Amón».

Mi ocupación consistía en mantener su estado de perfección: baños de sal purificada, masajes con aceites perfumados de loto y mirra y el plisado de sus vestidos de lino. Con los años, y en la intimidad, me convertí en su confidente y amiga. Vivíamos tiempos felices.

Pero lo que ocurrió el día de la festividad cambiaría nuestro destino para siempre.

Neferura avanzaba en procesión, encargada de purificar el camino de la barca sagrada de Amón. Yo caminaba tres pasos por detrás, sosteniendo contra mi pecho el cofre de alabastro que contenía los aceites destinados a preservar el aroma de los dioses en su piel.

Al girar hacia el templo, la multitud se abalanzó para pedir la bendición de la sacerdotisa. Ella perdió el equilibrio; yo solté el cofre para ayudarla, pero un soldado se adelantó y, quebrantando la ley más sagrada de Egipto, sostuvo su brazo desnudo. Ella se estremeció al contacto y ambos mantuvieron la mirada hasta que llegaron los guardias.

Al llegar a las habitaciones privadas, dijo:

—Hoy he sentido el fuego del amor. -Me habló con una luz especial en la mirada.

—Mi señora, lo que sentiste fue el pánico del tumulto.

—No. Tú también te diste cuenta. Eres mi sombra, Isetnefer, y las sombras conocen la verdad del cuerpo que las proyecta. Jamás me había sentido tan viva.

—Mi señora, pronto serás la Esposa del dios Amón. ¡Pondrás tu vida en peligro!

—No deseo una vida de celibato. Quiero vivir este amor.

—Piensa en tu madre, la reina. Nunca lo permitirá.

—Ella no se enterará.

Durante meses se vieron en secreto, cada noche, en los jardines privados. Pero el peligro de ser descubiertos los llevó a pensar en abandonar Egipto para poder vivir su amor en libertad.

Una noche, bajo el cielo de Tebas, planearon huir durante la festividad de Tekh de la diosa Hathor: mientras el pueblo y la corte se emborrachaban, escaparían por los patios exteriores hasta el puerto y embarcarían hacia una nueva vida. Solo faltaban tres noches.

Pero los vientos de Egipto decidieron arrastrar sus nombres por los mercados.

Cuando se lo conté, la noche se volvió fría y el llanto de mi señora se me calaba en los huesos. La vi caminar descalza hacia el templo de Isis. Decidí seguirla. Lo teníamos totalmente prohibido, pero mi preocupación por ella era tan grande que estaba dispuesta a morir si me descubrían. La seguí hasta el templo de la diosa Isis por pasadizos secretos que solo los esclavos conocíamos. Una vez allí, me oculté y escuché su plegaria:

«Oh, Isis, Señora de los Misterios. Tú, que encontraste los pedazos de tu amado en el barro…, escúchame. Envuelve nuestros cuerpos bajo tus alas para volvernos invisibles a las miradas de los mortales y poder huir lejos. Que este incienso que elevo sea un velo entre nosotros y el mundo».

Fue entonces cuando la realidad ante nuestros ojos se rasgó como un papiro viejo, expulsando el polvo que contaminó el aire. Justo cuando el aire se volvió irrespirable, el techo desapareció, revelando el cielo de Egipto, lleno de estrellas que caían sobre nuestras cabezas.

Cuando todo quedó en calma, corrí a su encuentro. La vi arrodillada, con las manos y la frente apoyadas sobre el suelo de piedra.

—¡Mi señora!

—Isetnefer, no deben descubrirte aquí. Es suelo sagrado. ¡Corre!

Corrí tanto como pude por los pasadizos. Lloré apartada de los muros del templo para no ser escuchada. Caminé trazando círculos por los jardines privados, temiendo por su vida.Cuando al fin llegó, la vi con una fuerza renovada, como si la diosa Isis hubiese escuchado sus plegarias.

Me mandó que la siguiera hasta su cámara de rezo, donde todo debía ser blanco, puro y dedicado a los dioses. Neferura escondía su secreto en un pequeño nicho excavado en la pared. De él sacó unos pétalos de loto con un breve mensaje.

—Entrégaselos antes del anochecer. Huiremos mañana hacia tierras lejanas.

Salí del templo con sigilo. Caminé entre los puestos de especias y pescado hasta llegar al lugar donde acampaban los soldados. Uno de ellos me cogió del brazo.

—¡Alto! —me gritó.

—Busco al oficial Ahmose —dije, intentando aparentar serenidad.

—¿Quién me busca? —escuché una voz desde la penumbra, junto a una vela.

—Mi señora me manda —dije, entregando los pétalos.

El día amaneció perfectamente iluminado, como si Ra, el dios del sol, quisiera ser testigo de lo que estaba a punto de suceder.

El puerto, de piedra caliza blanca, resplandecía bajo nuestros pies descalzos. Mi señora iba vestida como una esclava para no ser reconocida. Cargamos cestas de mimbre con nuestras pertenencias para no volver jamás.

Juntas buscamos los enormes obeliscos de granito rosa y nos mezclamos entre mercaderes y escribas. Al llegar al otro extremo del muelle, descendimos por unas escaleras de piedra. No había nadie esperando.

—Mi señora, vendrá —dije al ver la preocupación en sus ojos.

—Solo pido que los dioses permitan que podamos huir lejos de aquí —dijo, levantando los brazos hacia el cielo.

A lo lejos vimos cómo una barca de madera de cedro oscura se aproximaba lentamente, replegando la vela para no llamar la atención y dejando que la inercia la deslizara hacia nosotras.

Era Ahmose, vestido con un faldellín de lino blanco y brazaletes de cuero. Lo acompañaban tres soldados que me ayudaron a cargar los cestos. Corrió hacia Neferura y, en el instante en que sus cuerpos se abrazaron, el cielo de Tebas se oscureció.

Fue entonces cuando el puño gigantesco de Ra descendió hasta las aguas del Nilo, provocando una gran ola dispuesta a tragarnos. Yo me refugié detrás de una columna y, cuando el agua desapareció, comprobé que sus cuerpos, mojados, seguían abrazados en tierra firme, pero la barca había desaparecido entre las aguas.

De repente quedamos ciegos por la luz que bajó de los cielos, abriéndose paso entre el polvo y la arena, mostrando un enorme agujero: el ojo de Ra. De él salió un rayo que atravesó los cuerpos, separándolos con la fuerza de una mirada sin piedad.

De entre las nubes salieron pájaros de fuego que chocaban contra las columnas, convirtiéndolas en ceniza. Ahmosesacó su arma y, junto a sus soldados, luchó contra ellos.

—¡Huid, rápido! —nos ordenó.

Esquivando los malditos pájaros, pude alcanzar el brazo de mi señora. La arrastré hasta la única columna que quedó en pie y nos precipitamos hacia el templo cogidas de la mano. Era urgente llegar sin ser vistas, así que la guié por los pasadizos secretos.

En la cámara destinada al baño, el aire se volvió denso como la tristeza de quien no desea seguir viviendo. Solo el roce de mis pies descalzos sobre las losas quebraba el silencio de un alma incapaz de liberarse de un destino impuesto. Se sentó en el trono de los ungüentos y yo, con las manos impregnadas de mirra, recorrí su cuerpo con delicadeza.

—Mi señora. Aquí no estamos a salvo —dije, llena de temor.

—Isetnefer, ni siquiera sé si está vivo. Si el precio de nuestro amor es la muerte, que Anubis prepare mi balanza. Prefiero que mi corazón sea devorado por las sombras antes que respirar en un trono de oro sin él.

—Huyamos. Lo buscaremos. Yo…

—Ssssshh… Alguien se acerca. Ayúdame con la túnica.

Cuando los guardias rodearon a Neferura con sus lanzas, caí de rodillas. Al verla alejarse, oculté mi rostro entre las manos. Lloré e imploré hasta que una fuerza desconocida surgió de lo más profundo de mi ser. Corrí hasta que mis pies descalzos se hundieron en la arena húmeda del muelle, deseando encontrar con vida a Ahmose.

Al verme, Ahmose clavó en mí sus ojos, que se tornaron de furia cuando le dije que la habían detenido. Comenzó a dar órdenes a sus soldados con la urgencia de quien sabe que el tiempo se extingue.

—Llévame ante ella —me ordenó.

En la cámara del tribunal, desde nuestro escondite, vimos a Neferura con la cabeza rapada y las manos atadas. Los sacerdotes, sentados en semicírculo, entonaron sus cánticos. Frente a ella, el sumo sacerdote alzaba el puñal de obsidiana, recitando las palabras de purificación para limpiar el honor del templo.

Vi cómo las lágrimas de Neferura brillaban como diamantes que, al caer al suelo, se convertían en la arena de un reloj que contaba los segundos que le quedaban de vida.

Los sacerdotes se retiraron, dando paso al verdugo. Cuando este alzó la hoja de bronce, un grito de pánico se me escapó. Los ojos dorados de mi señora se encontraron con los míos. Nuestra mirada se interrumpió en el momento en que Ahmose echó a correr, levantando la arena bajo sus sandalias.

Los guardias intentaron detenerlo, pero él los apartó, impulsado por algo más poderoso que la fuerza física. Como si el desierto quisiera ayudarlos, las columnas se convirtieron en un huracán de polvo, transformando la cámara en una batalla entre el polvo y el bronce.

Batalló contra el verdugo hasta matarlo con su espada curva. Corrió hasta Neferura, cortó las cuerdas que ataban sus muñecas y, cuando al fin los vi avanzar hacia mí, sentí alivio. Sonreí, llena de esperanza.

Pero los arqueros del faraón ya habían tensado sus arcos y, como una lluvia maldita, las flechas cayeron sobre sus cuerpos, robándoles el último aliento. El mundo entero pareció contener la respiración.

Cerré los ojos. Mi cuerpo se derramó sobre el frío suelo. Lloré en silencio. Cuando al fin tuve el valor de abrir los ojos, vi cómo sus cuerpos yacían sobre la arena dorada de Egipto. Me arrodillé junto a Neferura y limpié con mis manos el hilo de sangre que corría por su mejilla.

Ahora permanecerán unidos para toda la eternidad.

Desde aquel día me convertí en la guardiana de su historia.

Se la cuento al viento.

Se la cuento al Nilo.

Se la cuento a las piedras antiguas cuando nadie escucha.                                                                                

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