Ronald iba en cabeza. Aunque, por sus piernas combadas, podía parecer una criatura de corta edad, tenía años y avanzaba ligero. Bajo el brazo llevaba a Etan, el más pequeño, que no caminaba. De su otra mano pendía una bailarina de constitución frágil, venida a menos, y de la que nadie sabía el nombre. Le faltaba un pie. Y varias sonrisas.

Salieron con lo puesto. A decir verdad carecían de equipaje. Con los años que llevaban allí ni siquiera tenían un neceser para guardar los secretos con los que mantener cada día su atractivo.

La casa se había quedado vacía de un día para otro. El calor de hogar se había ido perdiendo entre días deshabitados y humedades de otoño. Hacía semanas que los muñecos habían notado el abandono; la negligencia que empolvaba los muebles, las persianas diseccionando la luz. Cajas esparcidas por doquier que no permitían calibrar el paso.

Un silencio sospechoso que no presagiaba nada bueno se había ido adueñando de las estancias.

Dos vueltas de llave una mañana bastaron para que el aire interior se diera un respiro. Un rayo de luz que vagaba sin rumbo entró a echar un vistazo. Fue una alegría breve. Unos pasos apresurados recorrieron la planta baja. Luego, un portazo. Las vueltas de llave se atropellaron entre sí. Las paredes suspiraron. Una de ellas dejó caer un cuadro, un retrato de familia en el que no salían todos. El cristal se hizo pedazos pero la foto se mantuvo intacta, boca abajo. Todos de bruces, mirando al suelo.

Y a partir de ahí silencio. Sólo silencio. De horas, de días, de tiempo incontable. Los habían dejado solos. Olvidados. Agonizando en bolsas de plástico, dormitando parapetados en cajas de cartón sin precintar, desperdigados por los altillos de los armarios.

Entonces Ronald, que llevaba más o menos un mes tirado sobre una alfombra donde convivían restos de comida y ceniza, decidió intervenir.

Echaría mano del debilitado escuadrón de soldaditos de plomo, del Power Ranger que hacía musculación encima de la mesa, de los Playmobil que bostezaban de aburrimiento en una esquina, y de otros personajes en los que había detectado siempre buena disposición, y organizaría un plan de emergencia.

Para empezar, una batida por todo el edificio; casa, garaje, trasteros, bodega, jardín…, que no quedara nada sin inspeccionar. No era fácil, los juguetes podían estar siempre en cualquier sitio. Hasta en el más inimaginable e inaccesible rincón. Una vez localizados solo quedaría poner en marcha el plan de evacuación.

Un par de muñecos lloraron la mala suerte. Las muñecas que sabían cantar cantaron para ahogar la pena, y otras que se rayaban cuando tenían la batería bajo mínimos, repitieron cansinamente las órdenes de Ronald: «todos a la fila, despacio, cojan de la mano a los que no pueden caminar, sean compasivos».

De sí mismos sólo portaban los recuerdos. Y pesaban. Vaya si pesaban.

El osito Tó tenía metido hasta las vísceras el aroma a limones verdes de la pequeña Catherina cuando la sacaban del baño; el olor de los orines de Tánger con quien había comenzado a compartir cama.

Pepón, el muñeco de plástico, tenía los mofletes abollados por la presión que ejercían sobre ellos los deditos de Janet.

Daisy, la muñeca negrita, llevaba una cofia en el pelo que sujetaba como podía porque las cintas se habían perdido hacía años durante la infancia de Jana, que ya se depilaba y tenía dos novios.

Y así cada uno, en fila, como un ejército de derrotados, cruzaron el jardín cada cual con su dulce o amarga historia bajo el brazo.

Ken, como loco, había recorrido la casa y los anexos buscando a Barbie. Esta aprovechaba los últimos minutos para hacer el espagat en el arambol de la escalera. Había arrastrado tantas veces sus glúteos firmes sobre aquella lustrosa e ilustrada barandilla de madera que no se iba a marchar sin haberse obsequiado antes con un último y frenético desliz. Eso le dijo a Ken.

A Nancy le tocó ir de la mano con esa muñeca pelirroja llena de pecas que le había quitado protagonismo infinidad de veces desde su llegada y de la que se rumoreaba tenía un lío con el más guapo de los Playmobil.

Action Man, el superhéroe de la familia, iba el último y peleaba por arrancar el teledirigido en el que Sally y Christian, los gemelos, habían intentado durante años, meterle a la fuerza.

—Los animales, que se vayan poniendo en fila para entrar en la jaula —ordenó con firmeza Ronald— volveremos en su busca cuando les encontremos un nuevo hogar.

Todos tenían fe en Ronald. Lo que él decidiera estaría bien. Durante años había dirigido en la sombra aquella colección de seres creados para entretener. Los había aleccionado para que hicieran bien su trabajo. Los había adoctrinado en la sumisión y también en la rebeldía; enseñándoles a desaparecer cuando los niños se ponían pesados y el juego rayaba la brutalidad y los malos modos.

Conocía los alrededores como ninguno. Su constitución flexible y un tamaño adecuado habían hecho de él el compañero ideal. Una especie de mascota que había aportado compañía y seguridad a los pequeños de la casa tanto dentro como fuera de ella.

¿Y qué pensaba Ronald mientras tanto? Pues que menuda responsabilidad se le venía encima. No eran ni uno, ni dos, ni tres. Eran exactamente treinta y tres, incluyendo a los animales y contando como una unidad la caja con los soldaditos de plomo, que eran un mini escuadrón de excombatientes uniformados que, ya, hasta carecían de estabilidad.

No podían dejar a nadie allí, abandonado a su suerte, aunque les faltara un ojo, una pierna, tuvieran el vestido roto o carecieran de ruedas.

La tarea que tenía por delante era altamente complicada.

No quería mirar atrás, pero sin hacerlo sentía esa treintena de ilusiones y divertimentos a su espalda, confiando en él, dependiendo de él. Y una vez más Ronald tuvo miedo, y una vez más deseó con todas sus fuerzas ser algo más que un muñeco.

Acosado por el deber y la incertidumbre, se paró en seco. Sin girarse, levantó un brazo. La comitiva se detuvo. El ruido de las conversaciones, risas, quejas y elucubraciones en voz baja, fue cediendo hasta quedar solo un llamativo silencio.

Sin bajar el brazo, Ronald caminó hacia la verja con la seguridad de que mientras la extremidad se mantuviera en alto, los muñecos continuarían sin avanzar.

Ronald no era alto pero si se estiraba un poco sus ojos podían sobrepasar la parte maciza y opaca de la cancela, y entre las rejas, observar la calle.

El panorama que se dibujaba fuera no era alentador.

Del otro lado, unos contenedores desbordados esperaban boquiabiertos el momento de la recogida. Había salido tantas veces bajo el brazo de Jana acompañando a su madre a tirar la basura, que inmediatamente se hizo una idea acerca de adónde irían a parar todos y cada uno de los juguetes.

Un perro desmenuzaba con sus dientes una bolsa cuyo contenido no alcanzaba a ver con claridad.

Varias nubes de porte oscuro amenazaban con desahogarse más pronto que tarde.

A pesar de que era una urbanización tranquila, de vez en cuando pasaba algún que otro vehículo o motocicleta manchando el aire y atropellando la calma.

Un hombre acicalado de pobreza hurgaba en una papelera. Un grupo de muchachos se divertían dando patadas a una lata de coca cola.

Ronald sintió que la espalda se le doblaba bajo el peso de las circunstancias. Dos lagrimones empañaron sus ojos de cristal.

—¿Qué pasa Ronald? —gritó desde atrás el Action Man que encabezaba la comitiva y que se había hecho cargo momentáneamente del bebé y de la bailarina lisiada.

Ronald dejó que la pregunta se disolviera en la atmósfera agrisada de la tarde. Siempre había llevado la voz cantante, siempre había hecho de las dificultades de cada uno su propia dificultad, pero a lo mejor había llegado el momento de darles un voto de confianza y dejarles que pensaran por sí mismos. El futuro era de todos y estaría bien que todos se implicaran en la decisión.

Se mantuvo callado un rato, sin volverse, sin presionarlos con la mirada. No podía permitir que su gesto delatara la impotencia que sentía en esos momentos. Les daría tiempo para pensar. Era posible que alguno encontrara al menos un comienzo de respuesta. Aunque fuera un desatino, o una locura.

De esta manera se otorgaba a sí mismo los minutos necesarios para que las lágrimas se le fueran secando en las mejillas.

—Tampoco tenemos por qué marcharnos.

Parecía la voz cavernosa del Power Ranger.

—Eso, sobre todo no tenemos por qué marcharnos ahora.

Esta voz no la reconoció del todo.

—Como unos delincuentes —suspiró la señorita Pepis.

—Desahuciados —corrigió el osito Tó desde atrás.

—Hemos aguantado dos meses —animó la muñeca pelirroja.

—También es nuestra casa —gruñó Nancy, reivindicativa—. No le hacemos mal a nadie continuando aquí.

—Lo peor es que tendremos que vivir sin abrazos —se lamentó un conejito gris que tenía las puntas de las orejas sucias de tanto arrastrarlas por el suelo.

—Podemos quedarnos todos en el salón.

—A mí mientras me dejen cantar.

—Yo mientras pueda seguir viéndoos a diario —reclamó, resignada, una muñeca a la que le faltaba el vestido y llevaba años tuerta.

—Yo me pido estar muy cerquita de Ken —dijo Barbie moviendo su trenza rubia platino.

—Nosotros podremos por fin hacer la instrucción fuera del estuche. Seremos libres —gritaron a la vez los soldaditos de plomo desestabilizándose y cayendo al suelo los unos sobre los otros.

Todos rieron.

Ronald se giró. Con la mirada recorrió la fila. Del principio al final. Del final al principio. Había recopilado todas las dudas, casi todos los miedos, un montón de sugerencias y muchas conformidades. Y sobre todo, había encontrado el corazón de la solución. Lo verdaderamente importante para todos era permanecer juntos.

Con paso firme avanzó hacia el poste que sujetaba el anuncio donde ponía se vende y lo tiró al suelo de una patada. No previó las consecuencias. La comitiva rompió filas y todos se pusieron a saltar sobre el cartel. Los muñecos que estaban en forma cogieron a Ronald y lo levantaron a hombros.

El Action Man miró al colectivo y en nombre de todos solicitó una respuesta concreta.

—¿Nos quedamos entonces?

Y Ronald, antes de dar con sus vinilos en el suelo, proclamó: —nos quedamos.

Los coches se deshicieron en pitadas. Un tren al que le faltaban dos vagones dejó escapar el penúltimo resuello. La bailarina movió los brazos más contenta que nunca. Los soldaditos cargaron sus armas y soltaron una ráfaga de fuegos artificiales. Barbie y Ken se dieron un beso de película, y Ronald, Ronald, una vez más, se sintió orgulloso de ser parte de aquella maravillosa comunidad de juguetes.

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