Rendijas de luz

Rendijas de luz

Roberto

12/04/2026

0 Aplausos

0 Puntos

4 Lecturas

No sabía cómo llegué a esta habitación, sin puertas ni ventanas: tan solo unas rendijas de piso a techo por donde se colaba un haz de luz, y tan estrechas que no cabía ni una mano a través de ellas.

No soy claustrofóbico, pero esto, a cualquiera desquiciaría. Tenía que encontrar la razón de mi presencia y sobre todo la forma de salir.

Temeroso me acerqué a una rendija para ver qué había del otro lado; en una habitación, un médico asistía un parto. Era mi madre. Cuando vi al recién nacido se me iluminó el rostro, ¡era yo mismo! De pronto, mi madre levantó la cara y me vio directo a los ojos; un escalofrío me sacudió. Intentaba reponerme y la imagen que estaba viendo se empezó a distorsionar y cuando todo se aclaró: apareció el nacimiento de mi hermana Silvia: ambos nacimos en lugares distintos; pero el mismo año, mes, día y hora; de distinta madre. Pasados dos años, nació Javier y se repitió la misma casualidad; el nacimiento simultáneo con mi hermana Laura. Lamento no haber convivido con ellas más tiempo, pues sólo fueron unos meses en nuestros dieciocho años; después se alejaron y no hemos vuelto a verlas.

Mi madre nunca le perdonó tal infidelidad a mi padre.

Confundido me asomé a otra rendija: Había una fiesta; toda la familia de mi madre estaba ahí reunida, incluido yo. Entre risas y voces al mismo tiempo, el bullicio ensordecía. Repasé a los asistentes, sonreí y suspiré. Reparé en mis muertos; ahí estaban, vivos. Platicaban y mi curiosidad por escuchar lo que decían quedó frustrada por el exagerado escándalo. Me quedé buen rato pegado a esa rendija; el calor que emanaba la reunión amortiguaba el frío de la habitación. Deseaba que la fiesta fuera interminable.

Por un momento me olvidé de mi urgencia de salir; sin titubear pasé a echar un vistazo a otra rendija.

Era otra habitación, sin gente, solamente había una mesa y sobre esta, un periódico amarillento que mostraba una foto con militares vestidos de civiles golpeando con bastones de artes marciales a estudiantes. La imagen empezó a moverse y vi la brutalidad de los atacantes y cómo aventaban a los camiones grises, los cuerpos inertes de los compañeros caídos; yo, al verme amenazado, corrí junto con otros compañeros por una callejuela hasta resguardarme en el quicio de una puerta.

Desde la rendija, inmóvil y sudando frío, escuché las detonaciones dirigidas hacia los refugiados en aquella calle. ¿Estaba ahí corriendo o simplemente observaba desde la habitación?

Entre miedo e impotencia, empecé a temblar igual o más que en aquel fatídico día. Ya no estaba tan seguro de querer continuar viendo; las rendijas contenían distintos eventos de mi vida forma desordenada. Pero tenía que salir y la única alternativa que contemplaba eran aquellas rendijas. Así que me asomé a otra.

Resultó aún más inquietante que la anterior. Se veían edificios derrumbados; el caos reinaba. Reconocí la calle donde vivía mi hermana María Elena; la gente desconcertada corría apresurada de un lado a otro. El aullar de sirenas de ambulancias, patrullas y bomberos ensordecían el ambiente; algunos lloraban. Ya no estaba observando; removía restos de materiales, muebles despedazados y objetos personales. Reconocí algunas pertenencias; estaba cerca del sitio donde mis padres y mi hermana quedaron sepultados bajo toneladas de escombros.

Traje conmigo ese olor a yeso molido, tan ligado al pesado hedor a muerte de los últimos días de búsqueda, aunque en apariencia no me había movido de la habitación. Me encontraba atrapado en aquella fatalidad. —El pasado seguía ahí, presente—.

Devastado, me deslicé hasta el piso, recargando mi cabeza sobre mis rodillas; permanecí en esa posición sin noción del tiempo; un vientecillo helado que se filtraba por una rendija muy estrecha me sacó de mi letargo. Era tan angosta que no me permitía ver con nitidez, y pegué mi ojo hasta aclarar la imagen borrosa.

Era una sala funeraria; en confortables sillones vi a mis más cercanos con la seriedad propia de un velatorio. Al fondo se veía el féretro con la tapa abierta. Al no verme, la incertidumbre me congeló por un momento. De repente, el ataúd quedó cerca de mí; volteé la cara para no reconocer al difunto.

Quizá, solo quizá, alguna de estas rendijas me daría la respuesta a este irracional recorrido en el tiempo. Tomé aire y me encaminé nuevamente hacia las rendijas, mientras una duda surgía…

—¿Estaré siendo observado a través de alguna rendija, o estaré muerto?

Votación a partir del 01/05

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS