El 6 de febrero de 1982, llegaron a manos del autor tres cuentos inéditos, todos escritos en inglés, que se publicarían —así prestigiosas fuentes lo hacen saber— varios años después; algún allegado (intuyo que esta vez no fue Gannon) seguramente se los envió del Norte. Las historias, al parecer, maravillaron al escritor, pues de inmediato se propuso traducirlas. Siempre había soñado los excesos de esas páginas y la traducción de algún modo se los permitía. Las versiones en español se multiplicaron en seguida, ayudadas por la sencilla impunidad con la que replica la máquina de copiar.
Cuatro años más tarde un grupo de lectores quemó, como en un rito, todas las traducciones de los tres cuentos, las 1251 copias. El fragmento que continúa es lo único que sobrevivió al fuego.
—¡Al zaguán! —en aquel memorable entrevero Juan Muraña profirió un confuso grito de terror y prosiguió defendiéndose de los sapos que se multiplicaban como si la habitación fuera un universo de infinitos espejos. Un sapo con bordes de piel de tigre abrió sus fauces, relumbraron los sables que la colmaban y, acto continuo, se hundieron en los pies de Muraña lo bastante como para que el dolor fuera una hoguera en el vasto desierto, a la hora sin sombra. Muraña, sin cavilar, le infirió una patada al muro que le vedaba el paso. Sintió sus dedos desgarrarse; el sapo se rompió en jirones de carne, y un chorro de sangre negra salpicó los tomos de la Encyclopaedia Britannica que descansaban en los anaqueles. Los dedos de Muraña eran ahora un inextricable laberinto de uñas y huesos.
Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que hayan ocurrido.
El original[1], que al menos merece el pie de la página, deja en evidencia las libertades del traductor, pero las incongruencias (John
no puede ser Muraña) de ningún modo justifican una respuesta sectaria.
Al igual que la mayoría de los escritores, Stephen —me refiero a King— respondió en sus comienzos a la imaginación, pero con el pasar de los años perdió el control (él mismo nos lo revela sin tapujos en Misery) y terminó siendo un simple amanuense de sus lectores. Como antes sucediera con las traducciones, los fanáticos de King hallaron al artífice de la traición. Borges murió a las pocas horas. Nunca traicionó a Stephen; traicionó a los creadores de Stephen.
De conocer esta celosa perversión, dicen, Borges no habría torcido siquiera una palabra del original. Yo sé que el otro Borges —el que tenía la costumbre de falsear y magnificar— tramó esta muerte, fantástica, desde un principio: el anonimato fue deliberado; la firma se traslucía en el trabajo.
Los diarios, que siempre mienten, ese día hablaron de un enfisema pulmonar.
[1] “Get out of here!” John yelled to his wife, and kicked at the toad which —it was insane, but it was true— was attacking him. It did not flinch back from his foot but sank that mouthful of crooked needles first over and then into his toes. The pain was immediate, fiery, and immense. Without thinking, he made a half-turn and kicked the wall as hard as he could. He felt his toes break, but the toad broke as well, splattering its black blood onto the wainscoting in a half-circle, like a fan. His toes had become a crazy road-sign, pointing in all directions at once.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS