Sacaron dos sillas de metal con cordones de caucho de colores verde y azul claro, al amigo de Leo no lo sentía tan cercano a él como me había contado, parecía como cuando uno llega a un lugar, no lo están esperando y además se siente esa carga de no ver la sonrisa del anfitrión.
- – Qué pasa “don” Tiberio?…ya hace cuánto que no nos vemos?
- – Qué hubo Leo, sí, qué sorpresa, siéntense
- – Venga los presento, él es Gustavito, amigo mío de la universidad
- – Ah, mucho gusto, siéntese
Como siempre, a mí me daba “pena” todo lo que se saliera del polígono de mis amigos del colegio, el mismo que trataba de estirar lo más posible con el paso de los años. Cuando me enfrentaba a eso de llegar a una casa ajena me abstraía sobrevalorando situaciones pasadas en mi mente o imaginando “realidades alternativas” que distaban de mi historia de vida, como que una novia lo diera todo por mí o que hubiese pasado unas vacaciones llenas de imágenes memorables.
Salió la mamá de Tiberio -el amigo de mi amigo-, traía un jugo de tamarindo que me pareció rico, ese lugar me recordaba una ocasión que mi Papá nos llevó a Barrancabermeja, el recuerdo era espesamente similar a lo que me circundaba, timidez, casa ajena, olor a cal, señoras amables y de pocas palabras conmigo, que esta vez no se dirigían a mí como “niño” sino como “muchacho”….”muchacho, toma fresco?”.
En medio de ello, Leo se puso a hablarle a Tiberio, trataba, como siempre, de sacarle charla de negocios y cosas afines, Tiberio después de un rato le siguió a medias la cuerda y le contó de las “despensas” que tenía, que se las estaba administrando un primo que vino de Algeciras; a Leo no le cabía en la cabeza que le dejara el negocio como si nada a su primo, mientras que a mí realmente me tenía sin cuidado, pero lo que sí pensé en medio de mi desdén y sin mucha profundidad, fue que ese muchacho (Tiberio), había quebrado y estaba recogido donde su mamá.
Al cabo de un rato, Leo se puso en pie dejando la mecedora moviéndose de atrás hacia adelante con ese sonido que va difuminándose con el paso de los segundos; me sentí aliviado, estaba aburrido y lejos de mi entorno en ese sitio, y casi todo el tiempo me pregunté cómo sería ser hijo de la Señora Martha, cómo sería cargar el tedio de ser Tiberio, no podría, no podría andar en chanclas de falsa hebilla impresa en el caucho marrón, no podría ser una parte del cosmos que usa pantaloneta brillante de un equipo de fútbol de la cuadra, no podría, bajo circunstancia alguna, coronar lo anterior con una camiseta esqueleto blanca y rascando el brazo derecho, jamás podría, jamás lograría vivir en semejante escena de resignación y fealdad.
Viene el momento de despedirme, me viene un espasmo de valentía y extroversión, “Muchas gracias por todo, qué jugo tan rico, aunque a Tiberio ya le debe saber poco”, le toco el hombro sinceramente y refuerzo “…Hay que reírse de vez en cuando Tiberio, usted lo que necesita es una pelada que baile bacano o meterse a una secta, o una cosa de esas”, allí mismo la expresión facial, la gesticulación de Tiberio cambió, ojos grandes y pupilas móviles y acompasadas, como latiendo visualmente.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS