El 11 de marzo de 2004, poco antes de que empezaran a oírse las ambulancias, yo seguía, paso a paso, mi rutina habitual.
Ya había enrollado el saco de dormir y la colchoneta y los había escondido detrás de cierta estantería. Con mi toalla y una muda limpia bajo el brazo, me encontraba subiendo los cuatro tramos de escaleras que conducen al baño de los chicos cuando oí la primera explosión. Sonó como un portazo muy fuerte. Vibraron los escalones bajo mis pies. Y yo eché a correr escaleras abajo.
Al llegar al subsótano, me metí en el archivo de revistas. Giré la manivela varias veces para hacer un hueco entre estanterías y allí me refugié.
Sentado en el suelo y agazapado, en perfecta quietud, recordé la primera vez que había entrado en la biblioteca de mineralogía. Había llegado allí con mi lista de referencias y la bibliotecaria me había señalado un mueble que contenía tarjetas en orden alfabético. Me parecieron fascinantes esos cajones que contenían las claves de todas las revistas a las que estaba suscrito mi centro de investigación. Con los códigos de cada referencia apuntados, bajé por primera vez al archivo y vi las estanterías con las manivelas. Las primeras veces, en cuanto hacía el hueco que necesitaba y me metía dentro, temblaba pensando que podría llegar otra persona, generar otro hueco y aplastarme.
Repetí la visita una y otra vez. La bibliotecaria no me miraba ni al entrar ni al salir. Solo prestaba atención a un archivo que estaba, perpetuamente, corrigiendo en su ordenador. Nunca bajaba nadie más que yo al subsótano. En la más pura y deliciosa soledad, yo me pasaba horas leyendo artículos, como en un éxtasis religioso.
La tarea que tenía por delante era inmensa. En el archivo había ejemplares acumulados desde los años sesenta del siglo pasado, esperando a ser leídos. Y cada mes entraban nuevos volúmenes de cada una de las revistas a las que estábamos suscritos. Cualquier artículo podría estar relacionado con el tema de mi tesis: había que revisarlo todo. Aún peor: cualquier artículo podría tirarme abajo parte de la tesis, demostrando que algunas de mis medidas y de mis conclusiones no eran válidas o, peor aún, demostrando que todas ellas eran ciertas, pero que ya no eran ninguna novedad.
Cuando mi novia me dejó por un compañero de despacho y mis caseros me subieron el alquiler del zulo en que vivía al sur de Madrid se me ocurrió la idea.
Los obstáculos a mi plan no eran muy grandes. Mi padre había fallecido recientemente; mi madre vivía en una residencia donde hacía tiempo que no recordaba nada. Y no creía que mi director de tesis me echara de menos en la reunión mensual, ya que tenía otros siete estudiantes de doctorado a los que dirigir.
Los ocho pasábamos nuestra jornada laboral apretujados en un despacho demasiado pequeño. En él, el becario más antiguo dirigía al siguiente, y este a otro, hasta llegar a mi ex-novia, que me dirigía a mí, y yo, al compañero que me había traicionado. El traidor, a su vez, asesoraba al becario más antiguo.
Volviendo en mí, miré el reloj. Eran las ocho menos cinco. Pronto llegaría la bibliotecaria; tenía el tiempo justo para lavarme.
A través de la ventana del baño oí las ambulancias, una detrás de otra, como en procesión. El espejo me inquietó más que otras veces. Me devolvía una imagen pálida, huesuda, casi borrada por el vaho del agua caliente que salía más deprisa de lo habitual.
De vuelta al subsótano, intenté concentrarme en la lectura de artículos. Serían las once de la mañana cuando noté que no entendía lo que estaba leyendo y, además, me hacían ruido las tripas. Claro: no había desayunado. Recogí mi cartera y subí hasta la máquina expendedora.
Mientras giraba la espiral de los sándwiches de jamón y queso, percibí una presencia a mis espaldas. Recogí el sándwich y me giré despacio.
−Buenos días −la bibliotecaria me escrutaba con sus preciosos ojos verdes.
−Hola, ¿qué tal? −casi no me salía la voz.
−Menudo día con el atentado, ¿verdad?
−Pues sí… ¿se sabe ya si ha sido la ETA? −mi mano izquierda temblaba ligeramente mientras con la derecha trataba de despegar el papel de film transparente.
−Sí, eso dicen las noticias. Y esta vez ha sido aún más grave que lo de Hipercor…
−Dios mío, ¿ha muerto mucha gente?
−Todavía no dan cifras, pero han sido varias bombas en los trenes que vienen del sur a primera hora de la mañana. Todos llenos de gente trabajadora…
«Podría haber sido yo», pensé, y empecé a comerme el bocadillo. Ella recogió su bolsa de patatas de la máquina.
−Bueno, hasta otra; ha sido un placer hablar contigo.
−Igual −respondí, mordiéndome los labios para no desearle suerte con la corrección del archivo.
Tras la interacción con la bibliotecaria, que no volvería a repetirse en varios años −y no con la misma persona− resultó que esa tarde me cundió mucho el tiempo, pues conseguí añadir una frase y dos referencias más a la introducción de mi tesis. Pero era una pequeña victoria con la que no podía darme por satisfecho, pues la labor que aún me faltaba por hacer era monumental, probablemente infinita.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS