
El eco de las voces de aquellos que ya no están estalla en mi cabeza. Es inevitable pensar en ellos: cada uno de esos rostros que antes destellaban felicidad y luz ya no está para alegrarnos, ni para alegrarse por estar vivos.
Los muertos aclaman libertad. Los vivos también. Pero ¿Qué forma tengo yo de liberarlos?
Libertad…
¿De verdad me hablan los muertos? ¿O es mi subconsciente el que delata mi temor de que me hablen de verdad, suplicando por sus vidas?
¿Seré su asesino inconsciente?
De forma inconsistente, cada noche temo encontrarme entre sueños con el alarido de ayuda y súplica. Hay sangre alrededor. No sé de dónde viene. Un cuerpo diferente aparece en mi piso, suplicando piedad por su vida. La sangre fluye de su cuerpo y, en un lento tamborileo, desciende como tronco recién cortado.
El miedo se apodera de mí. Entre las sábanas, el sudor recorre mi cuerpo. Un hielo frío me abraza. Ahora soy yo quien siente miedo, quien suplica por su vida. Lloro por el temor de que me ocurra lo que, en cada sueño, veo que les sucede a otros.
Veo mis manos. Sostengo un cuchillo. No es mío… o eso creo.
Temo por lo que pase después.
Tiemblo por lo que pase después.
Mis manos tienen rastros de sangre. Siento miedo… pero mi reflejo en el espejo de la habitación sonríe, con aparente satisfacción.
De repente, me encuentro escondido en el armario, presenciando un cruel asesinato. Alguien apuñala con unas tijeras en la garganta a quien duerme plácidamente en la cama.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Ayudaaaaaa…a!—
Siento un fuerte dolor. No respiro.
Pero entonces empiezo a recordar… todo lo olvidado. Todo lo que me hacía feliz. Las personas que eran felices conmigo.
Miro mis manos… y a través de ellas todo se ve. No siento nada. Pero siento que no debo estar aquí.
Miro a mi alrededor. Todos gritan por decencia.
Aparentemente, mi cuerpo es llevado a la morgue y abierto como pollo, cosido como prenda, y quemado como carbón en brasas.
Otro cuerpo torturado. Han sido varios esta semana.
—Pobre tipo… debió sufrir mucho con estas tijeras en la tráquea. Tendré que abrirlo para ver si hay alguna pista del asesino. Espero haya tenido una vida placentera…—
Ahhhh!!!.
De repente abro los ojos.
Hay personas en mi cuarto cantando el “feliz cumpleaños”. Me emociono y grito, aún temblando por el susto de este despertar tan abrupto.
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Soy yo quien escribe la historia.
O eso creo.
Porque cada vez que intento cambiarla…
algo no encaja.
Todo vuelve a ocurrir.
Los mismos gestos.
Las mismas voces.
La misma sangre.
Como si no estuviera inventando nada…
sino viendo algo que ya existe.
Cierro los ojos.
No por cansancio.
Sino por miedo a lo que voy a ver.
Y aun así…
vuelve.
Otro lugar.
Otro momento.
Otro cuerpo.
Pero sigo siendo yo.
A veces huyo.
A veces observo.
A veces… no alcanzo a reaccionar.
Y otras…
otras soy yo quien sostiene el arma.
Despierto.
Mi cuarto está en silencio.
Todo parece normal.
Demasiado normal.
Respiro. Me calmo. Me convenzo de que solo fue un sueño.
Pero sé que no lo fue.
Nunca lo es.
Porque al cerrar los ojos otra vez…
ya no estoy aquí.
Y no sé cuánto tiempo pasa
antes de volver.
Ni cuántas veces ha ocurrido ya.
Ni cuántas más ocurrirá.
Solo sé que, en algún lugar…
en algún momento…
ya está pasando otra vez.
Y cuando despierte…
todo será normal.
Hasta que deje de serlo.
¿Quién soy yo esta vez?
Cuánto cuento cuántico
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