Cariño, eres mi reflejo, todo lo que veo en él es a ti; en todo lo que hago solo te veo a ti; eres el amor de mi vida.

Se lo habían dicho tantas veces que sonaba como un estribillo. No fueron muchos días y, por supuesto, fueron insuficientes noches las que pudieron disfrutar juntos, pero fue amor sin lugar a dudas. La juventud llena de miedos y la terquedad del que no entiende les separó sin una despedida, quizás porque sus almas sabían que estaban conectados para siempre.

Juan no la olvidó; siempre se le aparecía en libros, en películas y en canciones que parecían escritas para ellos dos. Porque recordaba cómo, con solo mirarle, ella sabía lo que sentía; porque jamás había disfrutado de tan largas conversaciones por teléfono, escuchando sus historias con la atención de un lector acérrimo de Lorca. Siempre supo que no estaba equivocado; los que se equivocan es porque el sexo confunde al amor, ellos conectaron antes; el sexo vino después. Se fundían en un único placer.

En veinte años no había mirado el espejo que ella le había regalado antes de marchar a trabajar al extranjero y jurarle que volvería. Veinte años sin encontrarlo en el trastero de casa de su madre, a la que Juan se encadenó a cuidar de una enfermedad que marcó el tiempo, el silencio, pero no el olvido entre Juan y Miranda.

Lo limpió con delicadeza y esmero, como si estuviera acariciando los hombros de ella. Al mirarlo, su vista se posó en las arrugas que se habían gestado en el marco de sus ojos; veinte años son mucho tiempo, pero aún mantenía su carisma y encanto; al menos le gustaba engañarse creyendo. Embelesado, se preguntaba si ella habría guardado el otro espejo de ese juego con la promesa de que algún día reflejaran su envejecer . Fue entonces cuando comenzó a ver un reflejo distinto, a verse a sí mismo más joven, sin arrugas, con brillo en la mirada, sin las ojeras que lastraban sus ojos. No lo podía creer y, mucho menos, que ahora la viera a ella. Miranda, igual que hace 20 años, su melena rubia agraciada por el gesto de sus manos meciéndolos, sus ojos claros iluminando de nuevo la estancia, sus carnosos y enrojecidos labios estaban delante de él. Solo podía pensar que la fantasía le jugaba una mala pasada. La mirada de ella también se tornó en sorpresa, la misma que él; podía sentirla, estaban frente a frente de nuevo.

Juan alzó la mano temblorosa y la apoyó contra la superficie del espejo. No sintió el frío del cristal, sino una tibieza extraña, casi viva. Al otro lado, Miranda hizo lo mismo. Sus dedos parecían coincidir, como si una fina membrana invisible separara dos mundos.

—¿Eres tú…? —susurró él.

Ella no respondió de inmediato. Sus ojos, los mismos de entonces, lo recorrían con una mezcla de anhelo y miedo. Finalmente, asintió. 

Cayeron en un espacio eterno donde se disfrutaron todas la noches que se negaron en su juventud real, era perfecto encontrarse en su universo noche tras noche.

Una noche Miranda no apareció, Juan sin querer responderse a si mismo se limito a esperar en un abismo eterno sin mirar el espejo que tras de el le devolvería a la pena de la cotidianidad. Esperó.

Pasaron los años en el mundo real. Muchos. Demasiados.

Dentro del espejo, sin embargo, Juan no envejecía. Al principio intentó contar el tiempo, inventar rutinas, reconstruir recuerdos para no perder la cordura. Pero pronto comprendió que allí el tiempo no tenía sentido. Solo existía la espera.

Y esperó.

Afuera, la vida siguió su curso. El espejo quedó relegado a un rincón cubierto de polvo y sombras.

Hasta que un día, alguien lo encontró.

Las manos que retiraron la tela no eran firmes ni ágiles. Eran manos envejecidas, surcadas por venas y años. El cristal, opaco por el abandono, comenzó a revelar poco a poco una figura.

Juan lo sintió antes de verla.

Se acercó, con el corazón latiendo como si volviera a pertenecerle al tiempo.

Y allí estaba.

Miranda.

Su cabello ya no caía dorado con la misma fuerza, sino apagado y fino. Su piel, antes luminosa, estaba marcada por el paso implacable de los años. Sus ojos, sin embargo… sus ojos seguían siendo los mismos.

—Sabía que estarías aquí… —dijo con un hilo de voz.

Juan apoyó la mano en el cristal desde dentro.

—He estado esperándote.

Miranda cerró los ojos un instante, como si aquellas palabras pesaran más de lo que podía soportar. El cristal volvió a ceder.

Entró.

Ante Juan, volvió  la mujer que había amado.

Se miraron en silencio, comprendiendo sin palabras lo que aquello significaba.

—Tardaste… —murmuró él, con una sonrisa triste.

—Tenía que vivir —respondió ella suavemente.

Juan asintió. No preguntó más.

Nunca supo que,años atrás, Miranda había roto el otro espejo. Lo hizo con manos temblorosas, llorando, obligándose a elegir una vida sin él. Que necesitó destruir aquel vínculo para seguir adelante, para no quedarse atrapada en una promesa imposible.

Y tampoco supo que, cuando la vida ya no le ofrecía más caminos, regresó para cumplir lo único que nunca pudo olvidar.

Miranda lo miró una última vez, ahora sin miedo.

—Ahora sí —susurró.

Pero esta vez sí hubo un cristal. Frío. Inquebrantable.

Juan no retrocedió. Tampoco avanzó. Estaba donde siempre había estado: en un instante que ya no existía para nadie más.

—¿Vas a romperlo otra vez? —preguntó él.

Miranda sostuvo su mirada.

—No hace falta —dijo.

Y se apartó de su universo volviendo a la realidad que ya eligió una vez y ahora se le entregaba cerca del final de sus días.

El reflejo de Juan permaneció allí, inmóvil, observando cómo ella se desvanecía no en el espacio… sino en el tiempo.

Afuera, Miranda dejó el espejo donde lo había encontrado.

Porque algunas cosas no necesitan existir para atraparte.

Basta con haberlas amado en el momento equivocado.

Y dentro, Juan siguió esperando su eterno final.

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