Suena el timbre de salida, un poco más y termino con estos papeles, esta semana ha sido productiva. Miro hacia la ventana y veo menguar la lluvia, reviso otro legajo, por fin es el último, luego de este me retiro a casa.
Pasan dos horas sin darme cuenta, no sé cómo pero ya es de noche. Guardo mis carpetas en el maletín y apago las luces del despacho, soy el último en retirarme, otra vez. En diez de julio aguardo el colectivo, una señora con su hijo esperan conmigo, creo reconocerlos, saludo a la señora solo por la duda, creo que el niño me mira, no, es solo mi imaginación. Se detiene estridente el tranvía al lado mío, ¿Un tranvía? doy un paso para subir, el chofer me mira de lado, creo reconocerle, tampoco estoy seguro.
— ¿Vas a subir o no?
—Lo siento, lo siento.
No, no lo conozco, ahora estoy seguro. Tomo el primer asiento que hallo, el niño me mira desde el regazo de su madre, los otros pasajeros conversan, retozan, me desentiendo, miro a las personas en la calle transitar, me parecen pingüinos saltarines, solo quiero llegar a casa.
—Che Martínez, que el jefe no te vea dormir.
Me despierta el Colocho, lo hace con un tono de burla.
—No Colo, yo no dormía.
—Lo que tú digas Martínez —. Me apunta y me hace un guiño para despedirse, ¿con un tercer ojo?
Alzo la mano para despedirme. Lo veo caminar por el vestíbulo, en el frontis está otra vez esa rubia hermosa del café del frente, parece esperarlo, el Colo ni la mira, pero que estúpido.
Guardo mis cosas en el maletín, veo a la Rubia marcharse, apago las luces, salgo del despacho, cierro con llave, camino a la estación, ahí están otra vez esa mujer y ese niño, no pueden ser los mismos del sueño, no pueden. El colectivo tarda, llega media hora después. Subo, me siento y dormito. El conductor me conversa, solo le veo gesticular, me habla en un dialecto extraño, no le escucho en verdad, las luces se apagan.
—Che Martínez, ¿no te bajabas en Patronato?
Abro los ojos y me paro de un salto, de otro salto salgo del tranvía, ¿Un tranvía? Me dormí, me pasé dos cuadras. Maldito mi cansancio, ahora debo caminar. Manipulo mis llaves dentro del bolsillo, resoplo, maldigo el aire, solo quiero llegar a casa. Sorpresa, en la esquina está la rubia, es ella, me acerco, no lo puedo evitar está en mi camino. Le hablaré, le diré algo, cualquier estupidez.
—Mira mamá, ese señor está re loco —dice el niño riendo.
Estoy parado en medio del bus, caminando en torpe equilibrio, todos me miran.
—Señor tome asiento —me dice el conductor.
—Perdón — respondo. Otra vez soñaba despierto.
Tomo un asiento cualquiera, intento desaparecer. Abro bien los ojos, espero mi garita, no se me pasará esta vez.
—¡Aquí me bajo!
Digo, con un grito estridente.
—No estoy sordo, bajáte de una vez —me dice el chofer.
—Ese señor está re loco—dice el niño.
Bajo del bus tropezando, apresuro el paso, solo un poco más, al doblar la esquina estaré en casa.
—Che Martínez, andá a dormite a tu casa, no des lástima.
—Perdón, perdón.
Otra vez estoy en el despacho, esta vez me despertó el patrón, es un bochorno. Me da un sermón, lo escucho bien callado.
—Dejá todo bien cerrado — me dice al final el jefe dando un portazo.
Dejo todo, solo tomo mis llaves, siquiera apago las luces, solo quiero salir de ese lugar. En la garita están esa mujer y ese niño, no los miro, solo espero el colectivo. Subo y no miro a nadie, solo me siento, me pellizco, me cabeceo contra el vidrio para despertarme, por si estuviera dormido.
—Mirá mamá ese señor está re loco —dice otra vez el niño, la madre apenas esconde su risa.
Los ignoro. En una esquina bajo sin hablar, ahora me urge caminar. Voy al trote con el llavero en la mano, listo para abrir la puerta, pasando a la gente, empujando, tropezando, cruzo la calle sin mirar. Ahí está esa rubia, me espera en la esquina otra vez, la rebaso, la esquivo, solo quiero llegar a casa.
—¡Ché boludo que tenez! —me increpa.
Corro un poco más, estoy casi a la puerta, la llave a un tris de la cerradura, le salen alas y se va volando hecha una avecilla…
Me despierta un golpe seco sobre el escritorio. Es el patrón que soltó una pila de carpetas.
—Ché Mártinez, estas son para el lunes, sin falta.
—Si señor no hay problema, pero no dormía.
—Quién dice que dormías, te veo cansado Martínez, vete a casa —me dice con cara de lástima.
—Sí señor —acepto sin chistar.
Salgo a la calle, no espero bus ni garita, camino en redondo buscando, mirando, me devuelvo otra vez, luego cruzo la calle, voy al trote sin rumbo. La gente se desfigura, los buses doblan hacia arriba, luego hacia dentro, los semáforos titilan colores absurdos, los edificios me saludan con una sonrisa, ese niño pasa por mi lado sobre una nube, un bus gira y gira sin ir a parte alguna, pasa una carroza arrastrada por rinocerontes y luego un tren arrojando vapores de azúcar, siempre fue así, pero no lo quise ver. Ya lo sé, he enloquecido y lo he aceptado. ¿Quién quiere ir a casa? ¿Quién quiere volver el lunes al trabajo? Yo solo busco y busco, hasta que la veo, ahí está en esa esquina, la Rubia, parada y fumando, mirándome, esperándome. Camino hacia ella, no quiero despertar, la alcanzo, la tomo de la cintura…
—Ché boludo que te pasa…—alcanza a decirme.
Le arqueo la espalda y le doy un beso, jugado y ceñido como un tango, se abandona, flota en mis brazos, se adormece. Cuando por fin nuestros labios se dan tregua, miro el verdor de sus ojos abiertos a tope y le digo:
—Ven, ven a vivir conmigo esta locura mía—
Cuánto cuento cuántico
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