Era la noche lo que la impresionaba siempre: esa negrura con los destellos tan irreconocibles de grandes soles. Su mirada no podía escapar de ellos; millones y millones de soles que parecían saludarla desde el más recóndito lugar del misterio.
Dio un paso, dos, tres; siempre con la vista hacia el infinito resplandor. Pero aquello que veía era más poderoso que ella. No podía caminar más, pues la presión de millones de kilómetros de vacío le daban la idea de que la gravedad la soltaría de un momento a otro. Ella se tambaleó con los brazos extendidos hacia atrás, buscando algo a qué aferrarse. Su ser tembló, rogando que la gravedad no la olvidara, pero mantuvo siempre la vista hacia los destellos.
Unos pasos atrás anunciaron la presencia de alguien.
—Si te quedas mirando, te vas a ir allá arriba —dijo una voz masculina—. Te da miedo, siéntate.
Ella se permitió voltear. Quiso regresar la vista a las estrellas, pero se lo pensó dos veces y solo sonrió.
—Solo admiro las estrellas —dijo—. Esas estrellas que no existen.
—¿Qué no existen? —preguntó él—. Yo las veo muy reales.
Ella dejó escapar un bufido.
—No existen; muchos están muertas, si no es que todos…
—¿Muertas? Ah… sí. Algo he oído de ello.
Ella se le acercó, ladeó la cabeza y lo miró con gran atención, como si quisiera grabarse su rostro por la eternidad.
—No lo entiendes —susurró ella—. Lo que estás viendo allá arriba es el pasado, nunca el presente. Si esas estrellas te vieran a ti, serías su futuro; tú ves su pasado como su brillo residual. ¿Sabes lo que significa?
Aquel hombre se encogió de hombros y se sentó en el suelo verde. Se distrajo con una moneda, lanzándola al aire para atraparla. Algo en el tintineo de la moneda cautivaba, mas ella siguió:
—Significa que el presente no existe. Tú estás aquí, pero tal vez yo no estoy aquí realmente… Para ese espacio oscuro que vemos, todo está sucediendo ahora.
El hombre suspiró; solo quería relajarse en esa noche estrellada.
—Bueno, interesante filosofía —dijo para zanjar la conversación—, pero ahora debo irme.
—No, soy yo quien debe irse —replicó ella.
Se dio la vuelta y caminó. Él la siguió, preguntándose si su molestia había sido tan notable; quiso tocarle el hombro, pero su mano la atravesó. Sorprendido, se miró las manos; quiso intentarlo otra vez, pero al buscarla de nuevo, ella ya se había alejado con prisa. Él elevó entonces la mirada hacia las estrellas. Decían que algunas cumplían deseos, otros otorgaban sabiduría y, para otros, solo eran soles enormes…
—Si sigues así, te vas a ir arriba —escuchó una voz tras de sí.
Él volteó y resultó ser una niña acercándose con saltitos.
—¿No sientes que te vas a ir lejos? —preguntó ella.
—Eso no sucede.
—Las estrellas son mágicas, ¿que tal si sí? —dijo la niña—. Mamá dijo que siempre mirara las estrellas para encontrar a la abuela, porque son mágicas.
La pequeña alzó la mirada sin saber que algo había removido en él. Esas palabras eran las mismas que le había dicho una de sus madres. Se acercó más a verla, y lo que descubrió fue… a alguien parecido a él, pero en versión niña. Sacudió la cabeza. Intentó tocarle el cabello aprovechando que ella miraba al cielo, pero su mano la atravesó. La niña volteó a él, ignorante de su estado.
—Ya me voy —dijo la niña con una gran sonrisa.
Él sacudió la cabeza.
—No, yo soy quien debe irse…
A la niña no le dio tiempo de despedirse, pues él corrió lejos de aquel lugar. Con otra mirada hacia los astros, suplicó olvidar ya.
—No puedes —susurró un eco—, pues esto eres tú.
—Quiero cambiar de vida —dijo a las estrellas.
Nadie respondió. Miró de nuevo al firmamento, preguntándose qué por qué suplicaba a los soles si él mismo era el destello residual de una estrella. En realidad, aquel hombre estaba aburrido de encontrarse consigo mismo de otras vidas, en otras coordenadas del tiempo y espacio, con seres que llevan consigo diminutos hierros y calcios que se habían cocinado en su interior de estrella. Aquella moneda que guardaba incluso contenía mucho de lo que él había forjado en su interior.
Él era un pasado viendo el futuro, pero al menos aquella versión suya a la que él se le había acercado en un principio, parecía acercase más hacia él; quizás podría reemplazarlo algún día como testigo consciente del Eterno Ahora y él, por fin, dejaría de existir.
Mientras tanto ella volvía a recorrer con la vista las estrellas, encontrándose con sus otros yo sin saber que eran ella misma, ignorante de que habitaba en ese bucle del Eterno Ahora…
Cuánto cuento cuántico
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