Crónica de un lector extraviado.

Crónica de un lector extraviado.

Roberto Ulaje

08/04/2026

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Calle de Donceles. Los libros llevan tiempo sin ser movidos de su sitio: hojas amarillas y cubiertas por un polvo verde blanquecino que, al pasar las páginas, libera esporas que se filtran por mis fosas nasales hasta depositarse en algún lugar de mi mente y enfermarme de literatura, con agentes patógenos de Crimen y castigo, Así hablaba Zaratustra, La insoportable levedad del ser, El extranjero, El péndulo de Foucault, el Ulises de Joyce, solo por mencionar una ínfima parte de todas esas obras que, como perros, me acompañan por los desiertos del espíritu: una jauría hambrienta que roe hasta el último hueso de la cordura, un eslabón de una cadena que, atada a una gran roca, me arrastra al fondo del abismo.

Todas las tardes, a las cuatro en punto, llego a la librería y busco un rincón junto a los gatos para adentrarme en una lectura nueva que solo interrumpo cuando entra Roberto, quien me confesó que se roba libros, pero yo nunca lo delato. Juntos redactamos una carta de amor para la niña del colegio; ella, al leerla, lloró inconsolable. No supe sus motivos.

Llevo días refugiándome en la Catedral Metropolitana, a un costado del Templo Mayor. El tiempo se me va entre las torres, en los campanarios y en las catacumbas. Duermo bajo las bancas de los confesionarios y recupero calor tomando el sol sobre la cantera de los balcones que sostienen los balaustres. Entre claroscuros y columnas, entre la mezcla del humo del incienso con el otro humo —el que proviene de la plaza—, el copal: dentro suena el órgano monumental; fuera retumba el huéhuetl y corta el aire la caracola soplada por algún guerrero jaguar. Mi único consuelo es el grueso ejemplar de Los miserables que robé de la librería y que incluso me sirve de almohada.

En la catedral conozco al rey de los vagos, quien ceremoniosamente me ofrece mezcal en una vasija de barro y luego comienza a disertar sobre la obra de Paz, de Gorostiza, de Arreola, de Aura, de Fuentes… En las mañanas lluviosas sale de su escondite y recorre alegremente las catacumbas, igual que Asterión en busca de alguna víctima. Fue él quien me alentó a alejarme e ir en busca de la ciudad donde habitan los escritores muertos.

Miles de kilómetros hasta llegar a la esquina de Cabildo y Juramento. Entro en cafeterías de otro tiempo y mis ojos se cruzan igual con ojos minerales, preciosos, que con sonrisas como grietas de un tronco centenario. Bebo café cortado, escucho la voz de Gardel en la terraza y la voz del otro, y del otro, y del otro, y de todos los que me habitan y que quieren hacer cosas distintas en lugares diferentes, pero al mismo tiempo. Alguno de ellos me incita a escribir poesía, pero le explico que mi último poema fue cuando describí a un perro muerto al costado del camino y me pregunté si a ellos los matan o si deciden suicidarse…

Logro dar con la calle de Garay. Logro colarme al sótano y busco debajo de las escaleras. Allí pierdo la noción del tiempo: no puedo distinguir si lo que transcurre a mi alrededor va más lento o más rápido, y de pronto ahí está, parada bajo el dintel de la puerta: un instante, una eternidad. Alejandra Pizarnik me susurra al oído el camino hacia la ciudad de los escritores muertos.

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