La visita al maestro

La visita al maestro

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La pluma de una urraca colocada en la patilla de mis gafas, un planisferio y la cajita de pastas atada con el cordel, que me había regalado Peter Handke, eran los pertrechos que me acompañaban en mi visita al maestro.

Mientras subía la escalera de caracol, con el planisferio bajo el brazo, hacia los aposentos de Borges, la cajita de pastas de Handke no dejaba de dar vueltas suspendida del cordel que sostenía entre mis dedos.

Borges, sentado en un sofá orejero arrimado a un ventanuco, tenía los pies colocados a remojo en un barreño de estaño. Vestía un sayo de lana gris, arremangado hasta las rodillas, que dejaba al descubierto unas piernas color queso de bola.

Cuando vi montones de plumas esparcidas por el suelo de madera y estanterías abarrotadas de jaulas vacías, no esperé a recuperar el aliento para presentarle al maestro mis credenciales.

—Vea, Borges, que pluma más bonita de urraca me acabo de encontrar en la calle.

Borges tomó la pluma entre sus manos, acariciándola. Tenía las uñas largas y sucias, indignas de unas manos de piel suave y dedos alargados, cuyas yemas parecían estar dotadas de visión.

—Es una pluma de arrendajo, no de urraca —me corrigió Borges y alzando el mentón hacia las vigas del techo añadió—: ¡Inteligencia, dame tú el nombre exacto de las cosas!, que diría el poeta.

La primera en la frente. Pero yo no había hecho el esfuerzo de subir una escalera de caracol interminable para dejarme dar lecciones por nadie, así fuera Borges; conque, después de sacar el planisferio de su funda y hacer girar la escala del calendario, ajustando fecha y hora, contraataqué.

—A ver qué le parece la idea que yo tengo de la literatura. El escritor vendría a ser el remache del planisferio, el centro alrededor del cual el mundo pivota, y el dios Cronos sería la escala graduada que a la larga coloca a cada cual en su lugar.

Como ocurre en los sueños, donde las cosas desaparecen por arte de birlibirloque, el barreño de estaño se había evaporado y ahora Borges reflexionaba con la barbilla apoyada en las manos y éstas en un cayado.

—¿Y Dios? –me preguntó un ufano y muy sonriente Borges.

—¡Dios no pinta nada! Dios es lo que queda más allá del tiempo.

Borges dio unos cuantos golpes con el bastón en el suelo.

—En mi opinión, Dios estaría en el centro y el escritor en los márgenes, con cuidado de no traspasar los límites y precipitarse en la nada —dijo.

Borges parpadeó y añadió:

—La suya es una cosmovisión ombliguista del mundo. ¿Me sigue?

—Por descontado que sí, ¡che! ¡Usted se refiere a la cuarta dimensión espacio-tiempo de Minkovski!

—Déjese de payasadas. Hablo de percibir el mundo con los cinco sentidos. No hay nada que me induzca a pensar que usted tiene en cuenta… qué se yo, el olfato, a la hora de escribir. Y por favor le pido que evite utilizar expresiones manidas como che, sobre todo cuando está en presencia de un porteño.

Entonces, según Borges, ¿cómo debería yo comportarme? ¿Tal vez cómo un sabueso? ¿Husmeando aquí y allá? ¡A otro perro con ese hueso! El maestro había metido las narices donde no debía, lo cual me brindaba la ocasión de entregarle la cajita de pastas de Handke.

—Órale, maestro, desate el cordel y abra la caja, verá que se equivoca.

En el sueño con Handke, yo esperaba a que escampase, resguardado bajo la marquesina de una tienda de colchones, cuando de pronto, vi a un hombre vestido con gabardina, de melena rubia y anteojos redondos, cruzar a la carrera la calle y refugiarse bajo las ramas de un cedro. A continuación, el hombre de la gabardina, ante mis ojos atónitos, se bajó los pantalones y se puso a jiñar, utilizando como orinal una cajita de pastas, como las de las pastelerías, cuyas solapas, una vez aliviado, el hombre de la gabardina cerró y anudó primorosamente con un cordelito. Después el caganer se subió los pantalones y el cuello de la gabardina y echó a andar bajo la lluvia, momento en que yo dejé la marquesina y me acerqué hasta él (fue entonces cuando supe que era Handke) y me ofrecí a caminar a su lado y a guarecerlo bajo mi paraguas.

Al llegar al hotel Ritz donde Handke se hospedaba, sin haber cruzado ni media palabra en todo el trayecto, quizá como muestra de agradecimiento, Handke me dio la cajita de pastas que ahora yo entregaba a Borges.

El maestro parecía incapaz de desatar el nudo, llevaba un buen rato aplicado a la tarea.

—Nunca me han gustado los piolines ni las sorpresas —rezongó Borges.

«Igual debería pedirle a María Kodama que le haga la manicura», estuve tentado de decir.

—No se preocupe, maestro, si no puede abrir la caja guarde las pastas para algunos de los desayunos con Videla o los militares de la Junta de Gobierno.

—Al menos espero que sean pastas de té inglesas.

—Eso es un lugar común, maestro. ¡Son pastas asbúrgicas!

Y como vi que Borges se llevaba la caja a la boca para cortar el cordel con los postizos, me despedí del maestro a la francesa, antes de que el pestazo de los óbolos del antipatiquísimo Handke inundase los aposentos del viejo orate escapista.

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