Gorgeo Primario

Gorgeo Primario

Karla Armas

06/04/2026

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Señores y señoras, buenas tardes. Quizás se pregunten qué hago en este congreso. Debo confesar que yo me pregunto lo mismo.

Toda mi vida ha carecido de sentido. He caminado por la acera sintiendo el calor del sol en mis vértebras y, aun así, esa experiencia no ha contribuido a ningún afán de trascendencia. Soy de esas personas sin alteraciones importantes en su planificación que no tienen problema en admitirlo. Mis placeres sensoriales se reducen a la complacencia de mi paladar con café negro en la mañana y de mi tacto con el agua caliente de la ducha.

Todo lo demás me resulta desprovisto de emoción. No tengo preferencia por una u otra comida si estas tienen proporciones medianamente correctas de sal o dulce. El amor tampoco me ha sido especialmente favorable.

Si estoy aquí es porque hace un año ocurrió un acontecimiento que provocó en mi rutina lo que los médicos consideran un caso de estudio.

Esa mañana, mi madre —templo del saber— me llamó, como de costumbre, para contarme un sueño en el que yo brillaba en medio del vacío. Tuve que cortarle para explicarle, una vez más, que no tengo nada por lo que pudiera enorgullecerse y que, aunque lamento que su seguro episodio de psicosis haya devenido en ese sueño, la amo y espero que encuentre alegrías en sus múltiples actividades sociales.

Fue en el momento de colgar que el cable, aún conectado a la corriente, produjo un aumento de voltaje que, al atravesar el teléfono, llegó a mis tímpanos provocando una explosión que derivó en una sordera casi total.

La sordera no tendría nada de inusual si no fuera porque, al perder el 96 por ciento de mi capacidad auditiva, ese 4 por ciento restante se mantuvo activo y me permite escuchar a las personas cuando cantan. Tanto si es alto y enérgico como si es bajo pero entonado.

No se trata exactamente de escuchar. Cuando alguien canta, ocurre algo más preciso: su voz no coincide siempre con lo que dice. A veces habla de una cosa y canta otra. He empezado a notar que esas versiones no se anulan. Coexisten. Como si cada persona tuviera dos estados al mismo tiempo y yo, por error o accidente, hubiera quedado expuesto a ambos.

Después del primer susto, pude adaptar esta condición a mi rutina, dejando de ser un hecho providencial. El único aspecto que me embelesa es comprender con cierta exactitud los sonidos que emiten muchos animales. Ese fenómeno, junto con la alegría súbita que me produce algún canto inesperado en medio del silencio de mi sala, me obliga a detener toda actividad.

He considerado la posibilidad de que no sea una anomalía auditiva, sino una alteración de la realidad. Que ese cuatro por ciento no sea un resto, sino una entrada a otro estado. Porque hay momentos en los que el canto no proviene de la persona, sino de algo que la precede.

Hace unas semanas, por ejemplo, una mujer se acercó a preguntarme una dirección. Su rostro permanecía neutro, correcto. Pero al terminar la frase, alargó una nota que no correspondía a ninguna palabra. Su canto quedó suspendido. No era melodioso ni especialmente bello. Era insistente. Volvía sobre una misma nota, como si no pudiera resolverse. Tardé unos segundos en entenderlo: estaba enamorada. No de quien hablaba, no de lo que decía, sino de alguien que no estaba ahí.

Desde entonces he empezado a pensar en esta sordera como una dificultad nueva: no poder ignorar lo que las personas son cuando creen que no están siendo vistas.

En fin, para no alargar esta intervención, básteme decir que hace unos meses me arriesgué a comprar un cancionero de la música favorita de mi madre, con el que practico cada día escucharme a mí mismo en un canto que proviene de la memoria de mi infancia y de las eternas fiestas en su casa.

Hay instantes brevísimos en los que mi voz alcanza una nota que hace que mi piel se estremezca. En esos momentos aparece algo más: un trino lejano que no logro ubicar en ningún punto del espacio.

Al principio creí que provenía de afuera. Después pensé que era un residuo del accidente.Ahora no estoy tan seguro. Porque hay ocasiones en las que ese trino no responde a mi voz, sino a un sentimiento que tenía de niño cuando ella cantaba en la cocina.

En fin, fue uno de sus colegas, amigo de la familia, quien me trajo aquí, a pesar de mis constantes negativas. Considero prematura cualquier investigación dado mi escaso tiempo de experimentación y, sobre todo, la incomodidad creciente que me produce esta condición. No por la sordera. Sino por lo que empiezo a sospechar. Empiezo a creer que las personas no son lo que dicen cuando hablan.

Parece que el canto no es una desviación de la voz. Sino su forma más precisa.

Me callo ahora, tienen ustedes la palabra o el canto.

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