Nadie, en el amanecer diligente y presuroso que precedió a su fusilamiento, hubiera sospechado que el poeta Hilario de Almagro sería capaz de completar su Odisea del Tiempo, un poema irrevocable y eterno que abarcase todos los amaneceres de la Historia que habían sucedido antes de ese mismo amanecer. Frente al muro de ladrillos desportillados que decenas de revoluciones y contrarrevoluciones y miles de balazos revolucionarios y contrarrevolucionarios habían convertido en un mapa de regiones indefinidas, el poeta aguardaba no la descarga de los fusiles, sino el hallazgo milagroso de un verso final, certero y preciso. Mientras los soldados le conducían hacia el paredón, había solicitado a Dios —o a cualesquiera otra divinidad que se ocupe del azar y la necesidad de las palabras— un instante más para componer ese verso concluyente. Cuando el sargento dio la orden, Almagro, con los ojos tapados por la venda mil veces usada en ese mismo cadalso, escuchó siete dedos apretando gatillos y siete detonaciones seguidas de siete silbidos de bala.
Y en el instante en que pensó que su vida se terminaba bajo ese muro descascarado, Almagro dejó de oír los siete silbidos. Abrió y cerró los ojos sin alcanzar a ver nada. Aguzó el oído. Nada. Imaginó las balas suspendidas, privadas de movimiento, sin fuerza para atravesar el aire. Apretó los puños, escuchó sus nudillos crujir y se regocijó por mantener el sentido del oído, así fuese atado en un patíbulo. Llamó al sargento. Nadie respondió a sus llamados. Almagro dedujo que ese dios de las palabras le había concedido su deseo abriendo un lapso entre el presente y el futuro donde el tiempo no fuese posible. Hilario de Almagro recordó que el movimiento era una ilusión según las aporías de Zenón de Elea. Así como la paradoja de la división dicotómica infinita del espacio demostró que uno nunca puede llegar a ningún destino; entonces, quizás el tiempo también fuera divisible en partes infinitesimales, cada uno de ellas infinitamente divisibles a su vez. Para que las balas alcanzaran su pecho se requería un tiempo finito, pero antes de transcurrir ese lapso, se requiere que pase la mitad de ese tiempo, y antes de que pase esa mitad; debe transcurrir una cuarta parte. Y antes de pasar una cuarta parte, debe completarse una octava parte; y antes de la octava parte, una dieciseisava; y así indefinidamente. Y así, las balas se encontrarían ralentizadas, perdidas en la travesía de esos lapsos de tiempo infinitesimales, como si se tratase de pozos infinitamente profundos.
Para Hilario de Almagro, erguido en el estrado mortuorio de madera, la dicotomía sucesiva e indefinida del tiempo no era ajena al verso pendiente. Había buscado ese verso durante años. De su juventud recordó el día en que decidió abandonar a su madre para tratar de encontrar la palabra precisa en las bibliotecas de Coimbra, Bolonia, El Cairo, Fez y Lovaina. Había millas y millas de anaqueles en aquellas librerías y fue capaz de rememorar el tacto del cuero gastado en los libros, la fragilidad del papel viejo y el negro untuoso de la tinta con la que escribía a su madre cada semana. De su madre hace años que no alcanza a imaginar el rostro. Se esfuerza en evocar a su madre pero solo le vienen ilustraciones del Bestiario de Aberdeen y citas del Physiologus. En esos libros descubrió que las palabras que él necesitaba no podían encontrarse en biblioteca alguna. En ese tiempo descartó palabras como alborada, luz o claridad, por tratarse de corolarios obvios para un poema continente de todos los amaneceres. Su padre. De su padre no alcanza a rememorar nada, como si su presencia se hubiese perdido para siempre. Más adelante Almagro se empeñó en años de viajes para aprender nuevas lenguas y encontrar en ellas las palabras que no encontró en las bibliotecas del mundo: primero las lenguas más afines a su español sefardita; después las lenguas semíticas vivas y muertas; por último, incluso aprendió lenguas prohibidas. Sof, del judeo-español; zman, del arameo; aika, idö, tegōñor… nada de eso cerraba su poema.
Almagro siguió haciendo comparecer recuerdos: suspiró por lo mucho que había deseado, lloró por el tiempo perdido, se acordó de penas remotas y de dolores sufridos, quiso recuperar una mañana lejana acunado por su madre. Y su noche y la víspera de la muerte de su padre. Y se cansó de pensar tanto en los rostros queridos borrados. Comprendió que el intersticio de tiempo que se le había concedido se parecía a un espacio algebraico cuyas leyes no están escritas y donde no existen ayer ni ahora. Hilario de Almagro sonrió. Álgebra. Esa era la palabra que permitiría abarcar todos los amaneceres que habían sido y que serían en adelante. Solo en un universo nuevo, definido por un verso que negara y trascendiera los diez axiomas del álgebra clásico, podría cerrar su poema. No sabía si al dios de las palabras le satisfarían un espacio algebraico trascendente y el verso último de su Odisea del Tiempo, pero escuchó con claridad el sonido de siete balas acelerando hacia su pecho.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS