

Aquello no solo fue una catástrofe de proporciones bíblicas. Fue la madre de todos los cataclismos acontecidos en el planeta Tierra desde el inicio de los tiempos. Los efectos —hay consenso en ello— fueron apocalípticos: devastadores incendios; megatsunamis con olas gigantescas de cientos de metros; aumento desmesurado de la actividad volcánica; expulsión a la atmósfera de polvo y gases venenosos de azufre que contaminaron los océanos y destruyeron los ecosistemas… Estas —y otras muchas— fueron las consecuencias del impacto de Chicxulub, el formidable meteorito que chocó con nuestro planeta, hace aproximadamente 66 millones de años, entre el período Cretácico y el Paleógeno. El que relata, evidentemente, no estuvo allí, pero cada vez hay más consenso entre los científicos en que los acontecimientos pudieron desarrollarse de esta manera.
Unas pocas horas antes del impacto, la vida discurría en el planeta de forma tranquila. Bueno, decir tranquila, tal vez sea una frivolidad por mi parte, porque, que un Rex o unos Raptors te tengan en el punto de mira para servir de almuerzo, no debiera permitir mucho sosiego. El caso es que, como cualquier otro día, los dinosaurios carnívoros se esmeraban en una única tarea: buscar víctimas. Los herbívoros, por su parte, tenían algo más de trabajo: alimentarse y no caer en las fauces de aquellos brutales depredadores. En eso estaba Nani.
Nani —permítaseme la licencia de poner nombre a mi protagonista— era un pequeño Ankylosaurus de poco más de tres meses de vida. Medía apenas un metro y pesaba unos cuantos kilogramos. Esto contrastaba notablemente con el volumen de su madre, que medía unos siete metros y pesaba la friolera de seis toneladas. Lo más sorprendente de este animal era la robusta coraza que recubría su cuerpo y la maza que tenía al final de la cola, con la que se defendía de los potenciales depredadores. Pesaba, nada más ni nada menos, que unos dieciocho kilos. Cuesta imaginar a un sufrido albañil manejando una de estas herramientas.
Aunque la ciencia nos ha contado desde siempre que los dinosaurios no eran muy inteligentes —en el tamaño de su cerebro podría estar la causa—, el caso es que Nani, pese a su corta edad, parecía ser la excepción que confirma la regla. Estamos acostumbrados a que nuestras madres nos protejan y nos digan como tenemos que comportarnos ante la vida. Es la etapa de aprendizaje, por la que todos tenemos que pasar. Empero, a Nani, parecían no servirle de nada las enseñanzas de su madre, como si desde el mismísimo huevo naciese ya aprendida. Era un «rara avis» dentro de sus semejantes; como si el cerebro que le había tocado —un cerebro evolucionado que parecía venir de una época mucho más reciente—, se hubiese perdido en el reparto durante la creación y hubiese llegado a ella por casualidad.
Ese mismo día Nani y su madre habían ido a alimentarse a un lugar en el que predominaban los arbustos y el monte bajo. Los helechos, pequeños pero muy tiernos y jugosos, abundaban en ese llano, y eran una de las preferencias del joven dinosaurio a la hora de alimentarse. Pero no era la exquisitez de la comida lo que más la atraía. Nani era muy curiosa y el corto tallo de la vegetación le permitía no perder detalle de lo que ocurría a su alrededor. Cuando fue a coger con su pico una flor que sobresalía por encima del resto, su vista se fijó en algo que observó en el cielo. Dejó de masticar por un momento y permaneció hipnotizada en esta postura un buen rato. Su madre vino a buscarla para llevarla a otro lugar, donde la vegetación era más alta y densa, pero Nani se resistió. Por más que la empujaba, emitiendo sonidos que a mí se me antojan como regañinas, ella se aferraba al suelo sin moverse siquiera un palmo. Su madre sabía de su tozudez, pero nunca había llegado a ese extremo. Al final optó por dejarla por imposible y seguir en el llano.
El pequeño punto que Nani observó y que hubiese pasado desapercibido para cualquier otro ser, parecía crecer poco a poco en su retina. Nani masticaba pero no le quitaba ojo de encima. La curiosidad dio paso a la inquietud y pronto dejó de alimentarse para centrarse en el extraño objeto que, ahora sí, era evidente que se aproximaba. Su madre, mientras tanto, iba de arbusto en arbusto, buscando los brotes más tiernos que era capaz de alcanzar. Nani corrió hacia ella intentando llamar su atención sobre lo que creía un peligro inminente, pero mamá Ankylosaurus parecía del todo ajena al suceso que estaba por ocurrir. Quizá pensó —si su pequeño cerebro se lo permitió— que no había nada que hacer, que la suerte estaba echada y que hiciese lo que hiciese, no iba a cambiar nada.
En cuestión de segundos, la intensa luz de la mañana fue dando paso a una ligera penumbra. Era como si una profunda tormenta estuviese a punto de soltar su pesada carga. Nani fue consciente de la tragedia y corrió hasta donde estaba su madre. Se acurrucó a su lado y la miró a los ojos. Sus miradas se encontraron. En las pupilas de su madre, Nani apenas pudo ver como el gigantesco meteorito impactaba sobre La Tierra.
Dicen que los narradores omniscientes lo sabemos y lo controlamos todo. Esto debería llenarme de orgullo pero, permítanme, estimados lectores, que dude de esta afirmación. A día de hoy no sé si el alma de Nani, en la otra vida, se reencarnará en el cuerpo de un gusano, de un gnomo, o de una afamada científica. Quien sabe si ha de ser ella, con su inteligencia fuera de lo común, la que salve a La Tierra en un futuro no muy lejano de un suceso semejante.
Cuánto cuento cuántico
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