
Actualización de bitácora: 13 horas, mayo 24 de 2046.
El profe habló conmigo, por eso no encontrarás registro en la bitácora del día de ayer. No me sentía bien, tuve un ataque de ansiedad, me dijo que me dio la “chiripiorca”, como decían en un programa de comedia cuando el personaje principal sufría una serie de movimientos no controlados.
La cabeza me jugó un truco mental, pero afortunadamente me ayudó de nuevo mi maestro.
Bendito sea mi estimado profesor, él siempre me sana y ayuda a no cometer decisiones tontas; incluso, estoy seguro de que sin su guía, ya habría acabado con mi vida.
Por las noches me quedo pensando qué haría si él ya no despierta. Si me quedo solo.
Me asombra su valor, su fe y carisma. Es sorprendente que se mantenga firme a pesar de perderlo todo. Un día, el tan esperado mañana le trajo un infierno desde lo más profundo del caos.
Él lo vivió. Yo nací 5 años más tarde, después de que todo colapsó.
—Afortunadamente no lo viviste, niño—.
Mi madre pagó las consecuencias de eso, señor, ella quedó mal y agradezco que usted no sea así. Siempre le agradeceré su cariño, paciencia y cuidado.
—Cada día es un gusto, por eso te lo repito y no me cansaré de hacerlo—.
¿Cómo lo hace? No soy capaz de entender cómo mi maestro puede tener fe de salir adelante cuando pareciera que somos las últimas dos personas dejando huellas por todas partes. Ya ni una maldición es tan perfecta como nuestra penitencia aquí.
—Escúchame con atención, Lucio—.
—Mira a tu alrededor. Estamos caminando por las calles silenciosas de una Ciudad de México desgastada por el paso de tres décadas.
Se quedaron atrás las fiestas, la alegría de la gente—.
Mi madre me contó que amaba dar el Grito en la explanada del Zócalo, ver las catrinas enormes y comprar decoraciones económicas en los mercados cuando se acercaba la Navidad y el Año Nuevo.
—Así es, era algo especial. Sabes… Extraño escuchar ese ruido tan característico de mi gente. Ya te lo he contado, se quedó atrás mi familia, mis amigos escandalosos que me alegraban con groserías, gritos, burlas, abrazos y consejos. Se fueron los compañeros del trabajo, con los que acostumbraba charlar al final de cada clase, con los que compartía almuerzo en un receso de apenas 20 minutos al día, pero que disfrutamos al máximo.
Extraño a varios maestros, quisiera que aún quedaran más de ellos. Quisiera no sentirme el último de su especie; je, je.
Extraño a mi mejor amigo, a mis abuelos, mis tíos, primos, sobrinos… Extraño a mis héroes. Mis padres. Y extraño tanto; como no te imaginas, extraño tanto a mi esposa—.
Profe, jamás lo había visto con lágrimas en los ojos, no fue mi intención importunar con mi pregunta, iré a aquella tienda, creo que puedo abrirla con la varilla.
—Espera niño, estoy bien. No es de tristeza, es alegría. Además, hoy es un día especial—.
¡¡Es cierto profe!! Hoy celebra un año más de amor con su esposa.
—Así es Lucio. Y aquí, la llave de mi secreto—.
¿Su esposa, señor?
—Sí, pero no ella en específico. Su brillo y el brillo de todos los que amé, me amaron y aman—.
¿Cómo ve ese brillo, profesor? Yo no lo puedo ver.
—No se puede ver, sencillamente existe. Gracias a ellos aprendí a agradecer.
Gracias a ellos aprendí a perdonarme, a perdonar, y también a no olvidar.
No siempre he sido bondadoso, llegué a tener diferencias. He sido duro, pero justo.
Lucio, también he sufrido mucho noches atrás. También me duele. Todos los días me despierto con dolor—.
Entonces, ¿por qué no se ha rendido?
—Ya lo hice. Un par de años antes de conocerte, pero sigo aquí. Entonces, tengo dos teorías: Una, en donde yo soy el guerrero favorito del santísimo, y la segunda, en donde tú eres mi camino a casa y el guerrero favorito de casi 50 años debe protegerte a todo costo como en las películas apocalípticas del fin del mundo con robots, viajes en el tiempo, zombies o cualquiera de esas mierdas—.
¡¡¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!!! Profesor, eso no lo esperaba. Siempre encuentra la manera de hacerme reír y alegrarme aún en los momentos más nostálgicos.
—¡¡¡Ja, ja, ja, ja!!! Bien sabes niño que ese es mi toque.
Mírame Lucio y graba esto en tu cabezota: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos».
Cada día que te veo con vida algo me dice que estoy un paso más cerca de mi hogar. De encontrarme con mis amados y regresar. De poder abrazar y besar a mi esposa como lo hacía con tanta devoción antes de su partida. Ella me espera del otro lado, niño. Es el privilegio de mi eternidad—.
Gracias por sus palabras, mi estimado profesor, por su lección. Lo quiero mucho. Jamás olvidaré lo que me acaba de decir. Me comprometo a seguir sus hazañas y valorar más mi vida. Así podré controlar de mejor manera los ataques que a veces me llegan.
—Lo haces mejor, sé paciente. Ya nos queda mucho tiempo y espacio para eso… Oye, mira la grabadora de tu celular, no está en pausa—.
Es cierto, se me olvidó pausar el registro de bitácora, todo por concentrarme en nuestra charla.
—No lo borres, me agrada que se quede así. Guarda bien el audio de hoy en la carpeta junto con los demás y hazle la copia de respaldo. En verdad espero que alguien pueda restablecer las redes o la comunicación global de algún modo—.
Que así sea, maestro.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS