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Pero nos enseñarán que la Eternidad es el Estar quieto del Tiempo Presente, un Nunc-stans (como lo llaman las Escuelas); que ni ellos ni nadie más comprende, así como no comprenderían un Hic-stans por una Grandeza infinita de Lugar» Jorge L. Borges
Martha convino conmigo esa mañana del lunes, al inicio de nuestra jornada de labores en la semana, ella quería quedarse con un ejemplar de mi última novela. Preguntó con tanto entusiasmo y énfasis por el libro que, apenas alcancé a formularle unas preguntas cuyas respuestas me eran indiferentes, le pregunté: ¿Cómo se había enterado de la historia? ¿Quién le había hablado de ella? De ser así, ¿Qué opinión o expectativa tenía sobre el argumento o matriz de la historia?
El libro publicado ese año por una editorial local, desconocida para muchos en el medio, contaba la tragedia de dos jóvenes estudiantes de música de la ciudad quienes habían perdido la vida al desplazarse en su motocicleta y haber colisionado de frente contra uno de los buses que movilizaban las hordas de trabajadores de la factoría de autopartes local.
Le expliqué a Martha que podría compartirle parte de lo que tenía publicado en formato digital, temas diversos que publicaba ocasionalmente en las diferentes plataformas de escritura, formas de escritura de moda hoy por hoy y salvavidas de muchos escritores como yo, quienes permanecemos como auténticos desconocidos en el amplio mundo editorial, esto lo hacía para que ella se hiciera a la idea de mi manera de escribir y de abordar los temas que intuía podrían llegar a ser bien recibidos por el público local como narrativa de una sociedad cada vez más divergente e insegura en su afán por vivir una vida sin preocupaciones, con la renuncia expresa por reproducirse y con la intención de inventarse nuevas preocupaciones leves y conspicuas por llegar a hacerse a un puesto en la sociedad que les había cerrado las puertas obligándoles a liderar ideas absurdistas y banales como la nueva tendencia a creerse entes híbridos entre humanos y otras especies, usurpadores en cierto modo del modus vivendi de esas especies en mención.
Su respuesta fue clara y corta:
-Prefiero libros en físico-
-Los textos en digital me fatigan y me dan sueño-
Yo le sugerí mejor que recibiera uno de mis textos cortos para que se relacionara con mi escritura y conociera un poco de mi manera de escribir. Acordamos que en un par de días podría acercarle el libro a la hemeroteca a la que solía ir en las mañanas y en donde le gustaba ilustrarse sobre temas de vanguardia en arte y danzas modernas. Ese lunes siguiente llevé uno de mis libros más cortos, su argumento era el impacto del alcohol en las mentes brillantes y el porqué de su rol funesto en grupos como «Los poetas malditos».
Martha no llegó, la esperé al menos 30 minutos y tuve que marcharme pues, debía adelantar unos arreglos con mi editorial que me permitieran acceder de manera más rápida y eficiente a mis honorarios pues mi realidad actual me estaba permitiendo consumir tan solo una o dos comidas al día y, las ojeras en mi rostro eran un relato breve de mis angustias recientes en cuanto a continuar en este oficio o, dedicarme a otro que me permitiera algún mejor poder líquido en materia de pagos a mis acreedores. Fue en ese momento justo que observé los titulares del magazín de unos días atrás. Su registro contenía información sobre los hechos ocurridos apenas una semana antes, 7 días exactamente, donde dos jóvenes promesas de la música y de la danza local, Martha García y su pareja Yamíl Pérez, habían perecido en el acto mismo de la colisión contra un carro especial de trasporte de pasajeros que asistía a recoger un nuevo turno de trabajadores de una factoría cercana. Yo, aunque escuché hablar someramente sobre estos hechos, no llegué a prestarle mucha atención al tema y mantuve mi mente ocupada en otras cosas, como de costumbre, intentando lograr un buen argumento para escribir y redactar una nueva historia.
Martha se me había acercado apenas hace 3 días antes a preguntar por uno de mis libros, su interés especial por conservar una de mis publicaciones en físico me habría parecido curioso sorprendiéndome gratamente al no poder contar con asiduos lectores que quisieran quedarse con uno de los ejemplares de las historias recién publicadas. Esa persona de ojos grandes y redondos, de talla baja y de cuerpo armonioso era Martha, la misma mujer joven que cuatro días antes pereciera en un accidente de tránsito; simplemente tomé mi libro y salí, tras calzarme el abrigo y mi ropa gris, logré subir al autobús de la ruta mientras no lograba dar crédito a ese interés tan pronunciado de ella por quedarse con uno de mis libros, tal vez su interés desprovisto de temporalidad, terminaría de responder mi duda actual de saber si debo parar o, antes por el contrario, debo seguir en este mundo contando y escribiendo nuevas historias.
CESAR LORQU.
Cuánto cuento cuántico
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