La vida me sigue pesando.
Hay días y noches en los que espero que esto desaparezca de mí… pero no pasa.
Salgo al mundo, intento ser parte de esa normalidad a la que todos parecen acostumbrados. Me entrego, aunque sea por unas horas, a la vida que elegí… o que me tocó, todavía no lo sé bien.
Cada mañana, después del desayuno, no me olvido de tomar esa famosa pastilla… la que llamo, casi con ironía, la de la felicidad.
Arranco el día con una sonrisa, aunque por dentro tenga el alma rota, y sigo las instrucciones que se repiten una y otra vez.
Y lo hago. Lo logro.
Porque es una meta que me propuse desde chica, desde esos 12 años en los que entendí que la vida no era tan simple como parecía.
El caos de mi casa fue dejando marcas profundas… cicatrices que, tarde o temprano, iban a salir a la superficie. Y así fue.
Sigo como puedo. Intento llenar los vacíos con cosas que me gustan, me esfuerzo de verdad… pero siempre queda algo, algo que no me deja disfrutar del todo lo que consigo.
A veces me gustaría volver a ser una niña.
Pero cuando recuerdo todo… prefiero quedarme en el presente.
Hoy soy más fuerte. Superé, atravesé cosas que pensé que no iba a poder. Puedo seguir viviendo incluso cuando no tengo ganas… y sé que, de alguna forma, soy importante.
Aunque mi mente me juegue en contra varios días a la semana.
Insomnios eternos, angustia, culpa, rencor…
Y aun así, sigo.
No puedo caerme.
Por ellos.
Por mis hijos.
Ellos, que elegí traer al mundo incluso sin estar del todo en paz con él.
Ellos, que me necesitan, que me aman, que me abrazan, me besan, me cuentan sus cosas…
Y yo estoy ahí, levantándolos, cuidándolos, amándolos, intentando que nunca sientan este peso que llevo yo.
Por mis hijos… sigo.
Cuánto cuento cuántico
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