
Desperté en un lugar que no era el mío. Hoy, después de haberlo vivido, puedo llamarlo con certeza: un mundo atemporal.
Aquella mañana tuve el peor episodio de depresión de mi vida. Ignoré mis pastillas, dejé que las ideas oscuras me arrastraran. Acostado en mi cama, con la mirada perdida en el techo, sentí cómo todo comenzaba a girar: primero lentamente, luego de forma descontrolada.
Llorando, con el rostro empapado en lágrimas, grité con toda mi alma que el mundo se detuviera. Y lo hizo.
Lo primero que sentí fue la ausencia total de movimiento. Estaba paralizado. No podía mover un solo músculo. Tendido boca arriba en mi cama, comprendí con horror que no respiraba, que mi corazón no latía, que la sangre no circulaba por mi cuerpo. No era solo inmovilidad: era quietud absoluta, inanimada.
El miedo se apoderó de mí. Pensé que había sufrido algún tipo de colapso y había quedado cuadripléjico.
Entonces decidí levantarme y correr a la calle.
De pronto me encontré en la acera frente a mi casa. Estaba de pie, pero tan inmóvil como antes, inanimado, como si alguien me hubiera colocado allí como una estatua. A mi alrededor, los transeúntes también permanecían congelados en medio de sus acciones. Parecía una viñeta de una tira cómica.
Cuando la realidad se quiebra de forma abrupta, el cerebro puede colapsar. Se apaga, como quien espera despertar del sueño que lo amenaza. En mi caso, eso ocurrió muchas veces… pero nunca desperté a mi estado anterior.
Abrí los ojos lentamente, aunque no percibí movimiento alguno. Lo mismo de antes: quietud total. Entonces traté de recordar cómo los había abierto… y no fue un recuerdo, fue una sucesión perfecta de imágenes de mis párpados separándose, milímetro a milímetro. Todo estaba allí, cada fase, cada instante, como una animación congelada. Sí los abrí, pero no se movieron al hacerlo.
Me desmayé otra vez.
El proceso de adaptación fue lento. Interminable. Pero aparentemente, en este mundo, no hay prisa para nada. Reviví con precisión cada una de las veces que mi mente colapsó —fueron sesenta y tres— antes de volver a intentar levantarme y establecer contacto con lo que me rodeaba.
Esta vez me levanté sin entrar en pánico. De pronto, ya estaba de pie. Miré mis manos: ahí estaban, justo frente a mí. Las giré para ver los dorsos. Sí, eran mías. Era yo. No había duda.
Aquí debo hacer una aclaración importante: nuestro lenguaje está construido para describir un mundo en movimiento. Por ejemplo, si digo que fui del punto A al punto B, se asume que me moví entre ambos. Pero no fue así.
Simplemente estaba en A, y luego, sin transición alguna, estaba en B. Me trasladé físicamente, sí, pero no me moví.
Así que, de aquí en adelante, cada vez que diga que “fui” a algún lugar o que “hice” algo, debe entenderse que no hubo movimiento en el sentido tradicional. En este mundo, toda acción ocurre sin desplazamiento real.
Salí nuevamente a la calle. Intenté hablar, pero no salió nada. No había sonido.
¡Dios mío, el sonido!
Estaba en un mundo completamente silencioso. O al menos, eso creí… hasta que vi el rostro del hombre. Me miraba fijamente, con una expresión amistosa. Me dijo:
—Hola, vecino.
No lo oí, pero supe que me lo dijo. Y también supe que debía responder. ¿Pero cómo?
Pensé como si estuviera hablando… o quizás hablé como si estuviera pensando. No funcionó. Su expresión cambió: ahora mostraba desconcierto.
Tenía que actuar rápido si no quería parecer un intruso en este mundo que, lo aceptara o no, ya era también el mío.
La mueca congelada de mi vecino se volvía más rara a cada segundo. Yo, desesperado, grité desde lo más profundo de mi ser:
—¡HOOOLAAAA VECINOOO!
Lo siguiente que vi fue su rostro relajado, sonriendo amablemente mientras se alejaba. No entendía bien cómo, pero de algún modo logré hacerme escuchar.
Un parpadeo, un paso.
Así fue como mi cerebro ideó un mecanismo para darme la ilusión de movimiento. Cada cierre de ojos equivalía a avanzar un poco. Era la única forma de conservar una mínima sensación de desplazamiento… y de no perder la cordura.
Más allá de la ausencia absoluta de movimiento, todo lo que me rodeaba se veía exactamente igual a como lo recordaba. El mismo quiosco de revistas en la esquina. La misma carnicería de mi amigo Freddy, con su eterna sonrisa.
Volví a casa. Necesitaba pensar. Entender cómo podía seguir adelante con todo esto.
Yacía en mi cama, mirando el techo, por lo que pareció una eternidad. Entonces, una voz estalló en mi cabeza:
¡EL TIEMPO! ¿QUÉ PASA CON EL TIEMPO?
Hasta ese momento no lo había considerado. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que desperté en este lugar? ¿Diez horas? ¿Quince, quizás?
Pero afuera… aún brillaba el sol con la misma intensidad.
¿Es que no anochece en este mundo?
Tardé demasiado en notarlo. Tomé el reloj de la mesita de noche y lo miré.
10:30 de la mañana.
¿Cómo era esto posible?
¡Otro ataque de pánico!
En un mundo donde el tiempo no transcurre, no hay continuidad como la conocemos. No existen procesos, solo saltos entre momentos.
Para los habitantes de este lugar, todo parece perfectamente normal.
Pero para mí… para mi mente entrenada para percibir cambio y causa, fue una tortura imposible de asimilar.
Tuve que bordear los límites de mi propia realidad, rozar la locura, para empezar a entender. Para poder existir aquí.
Este es un mundo atrapado en una mañana soleada perpetua.
Ese momento no cambia nunca.
El sol está siempre en la misma posición, las sombras no se alargan, la temperatura no varía. Es el escenario lo que se repite eternamente, no las acciones que puedan surgir dentro de él.
Yo puedo hacer cosas. Pensar. “Moverme”. Hablar, aprender.
Pero lo que me rodea —el cielo, la luz, el día— permanece inmutable.
Aquí nadie muere.
Aquí nadie nace.
Aquí todo comienza y termina en una única y eterna mañana.
He decidido quedarme.
Cuánto cuento cuántico
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