Los instantes que no somos

Los instantes que no somos

1 Aplausos

0 Puntos

9 Lecturas

En un patio silencioso , donde la tarde parecía repetirse con una precisión sospechosa, vivía un hombre.

 Años atrás según una versión que él mismo dudaba había tomado una decisión trivial: girar a la izquierda en vez de a la derecha. Desde entonces, estaba convencido de que había condenado infinitas versiones de sí mismo.

Recordaba, con una claridad imposible, esas otras vidas: en una, había doblado a la derecha y encontrado un amor; en otra, un accidente; en otra, nada en absoluto. Todas coexistían en su memoria como si pertenecieran a un mismo instante no resuelto.

Había leído —o creía haber leído— a Jorge Luis Borges, quien insinuaba que cada elección funda un universo. Él, sin embargo, sospechaba lo contrario: que cada elección destruye todos los demás.

Por eso había optado por la suspensión.

Cuando tenía que salir, no lo hacía. Cuando debía hablar, callaba. Si el hambre lo urgía, esperaba a que el impulso desapareciera o se volviera insoportable —sin decidir si comer o no. Vivía en una especie de equilibrio inestable, como una partícula sometida a la superposición cuántica.

Sus vecinos lo consideraban excéntrico. Ignoraban que, en su mente, él estaba en todas partes: saliendo y quedándose, hablando y callando, viviendo y postergando.

Una tarde —si es que fue una tarde— ocurrió una anomalía.

Un niño dejó rodar una pelota hasta el patio. El objeto se detuvo a medio camino, como si aguardara algo.

El hombre la miró.

Comprendió, con una certeza súbita, que ese instante exigía una decisión. Devolver la pelota o ignorarla. Un gesto mínimo, pero irreversible.

Sintió el peso de todos los mundos posibles acumulándose en ese acto.

La pelota tembló levemente.

Por primera vez en años, extendió la mano.

En ese movimiento  tan breve que acaso no ocurrió algo colapsó.

La pelota regresó al niño. O permaneció en el suelo. O nunca existió.

El hombre, sin embargo, experimentó una pérdida indefinible, ya no podía percibir todas las variantes. Una sola versión persistía, opaca, definitiva.

Miró su mano como si fuera ajena.

Comprendió entonces que vivir era eso, aceptar la reducción del infinito.

Esa noche ,en la única que le quedó durmió profundamente y soñó, quizá por última vez, con todos los caminos que ya no recorrería.

Votación a partir del 01/05

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS