—Tengo un arma láser la cual proyecta una luz azul que puede destruir a cientos de personas con un solo disparo; la estoy cargando en mis manos por detrás de mi espalda —dijo.
La creación de armas por ese entonces era común; los alienígenas podían viajar a través del espacio y encontrar nueva tecnología en manos de nuevas civilizaciones. Podían destruir la vida, aunque esta siempre vencía, porque la vida es lo opuesto a la muerte; su antónimo, su némesis, el yang del yin. Gracias a esto, los artificios del tiempo y la tecnología aumentaban, así como lo hacían la vida y la muerte.
—Tengo el arma cargada con el polvo de una estrella lunar de Júpiter y estoy dispuesto a utilizarla —dijo nuevamente.
Los alienígenas tenían un repertorio extenso para las matanzas. Siempre iba uno de ellos, de alguna civilización, con un discurso extendido sobre lo que es la vida justo al momento de arrebatársela. Estaban en el Bosque de la Melancolía; allí vivían los más profundos recuerdos. El grupo de seres humanos que había encontrado el alienígena viajaba ahí de vez en cuando; era un lugar creado por la primera civilización alienígena que llegó a la Tierra como regalo para sus habitantes.
Los árboles de ese bosque atraían los recuerdos a la conciencia de los humanos y les entonaban una suave melodía, creando un paradisíaco recuerdo con notas de tranquilidad. Era como si extrañaran la sensación del recuerdo más que la misma vivencia. Y sí, eran personas que iban a morir en definitiva, solo que en otras circunstancias: las naturales, provenientes de la vida de la naturaleza que llega a su fin. Cuando son llevados a este bosque es porque es su último día de vida y sus almas pueden degustar las emociones de toda una existencia rápidamente.
—Para cuando dispare, se desintegrarán en partículas. No habrá entierros, ni cuerpos, ni rastros de ustedes —dijo con una leve sonrisa, como si estuviera riendo forzadamente o sus músculos faciales se estuvieran debilitando.
—En los últimos días me he sentido un poco cansado —decía Marcos.
Hace poco había cumplido treinta y siete años y tenía la extraña sensación de que la vida transcurría un poco más rápido de lo habitual. Había dejado atrás la extraña incertidumbre de estar viviendo sin ningún propósito, sin esa pregunta de qué sería de él, de si se le había pasado el tiempo y sus sueños no eran nada, o si aún era demasiado joven. La cosa es que ese tiempo ya había pasado y era una «persona mayor», por decirlo así.
Se levantó Marcos un día temprano, caminó unas calles y se encontró a una mujer. Ella era hermosa, tenía los cabellos lisos y su sonrisa llenaba el vacío de toda una época con distintos colores, paisajes y surrealistas emociones que enamoraban los cielos y la tierra.
—Es increíble que llueva un día soleado, ¿no? —le dijo.
—Sí, parece que los cielos lloran —le respondió ella.
—¿Es posible que el noble corazón del cielo nos entregue esta lluvia a nosotros los enamorados?
—¿Nosotros los enamorados? —respondió la mujer con una alegría proveniente de los gélidos espacios de su alma. Pareció que el hielo de su espíritu se evaporó y emanó una vertiente de alegría en una cascada que bajaba hasta la realidad.
—A nosotros dos —le dijo él—. Me enamoré de ti aquí, ahora.
Marcos no pasó un día de su vida pensando en otra cosa que en ese instante. La silueta de su imaginación al fin estaba frente a él y sintió alegría y felicidad como nunca antes lo hubiera pensado. Calculó que las emociones que había sentido en su vida estaban totalmente por debajo de lo que sentía en ese momento. Y volvió a sentir alegría, solo que esta vez fue una alegría aumentada, como si toda la felicidad del mundo se concentrara en él y, a la vez, fuera un sentimiento nuevo que, aunque fuera evidente, se mostrara como una sorpresa al espíritu.
Tomó su mano, casi sin querer, casi con la conciencia unida a ella, y la invitó a un café. Después de eso la besó y no pudo continuar su vida sin ella. Pasaron los años, muchos, y el amor de ambos creció en escalas inimaginables. Cuando al fin ella murió, el amor pareció tener un descanso —más bien el sentimiento del amor— y se apagó en las almas unos instantes en el tiempo, como si tuviera otro propósito fuera de este mundo.
Cuando Marcos llegó al bosque con el grupo de ancianos, recordó por un instante a su amada y la vez en que la conoció, y disparó un rayo contra el alienígena, que murió al instante.
Los periódicos al día siguiente hablaban sobre el incidente y culpaban a la naturaleza, a los alienígenas que habían creado el lugar, e incluso criticaron las visitas que aún se realizaban al sitio. Algunos críticos opinaban sobre la mala ubicación del bosque y otros decían que el alienígena no era un buen asesino o que, simplemente, se había equivocado al elegir a sus víctimas.
Cuánto cuento cuántico
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