
Un nuevo día empezaba, igual a tantos otros, indiferente, casual, obligado por leyes desconocidas a completar un ciclo aburrido y eterno.
Un nuevo día, igual a tantos otros que no despertaban el interés de aquel hombre cuya vista estaba atrapada en la carga que debía llevar.
Su rostro curtido por el sol y el viento seco del desierto parecía haberlo envejecido con celeridad. Sus ojos apagados se elevaron y vislumbraron a lo lejos, el lugar al que debía llegar. Era una cuesta empinada, una ruta ardua y lejana que debía subir paso a paso.
Suspiró desanimado y puso el peso muerto sobre sus hombros resecos y desgastados por el paso del tiempo. Besó sin darse cuenta el talismán que llevaba atado a su cuello e inició la caminata, con desgano, pero con el afán de terminar pronto la ardua tarea y dar descanso a su fatigado cuerpo.
El encargo iba seguro entre sus poderosas manos encallecidas. Sabía que no podía permitirse un error.
Después de unas horas de extenuante avance estaba llegando con paso seguro a su destino.
Limpió con cautela el sudor que bajaba por su frente, y en ese extraño momento de aparente descuido, sus ojos se abrieron incrédulos viendo como la preciada carga caía de forma estrepitosa.
Un grito desesperado salió de su ser, rasgando su garganta hasta hacerla sangrar.
Un desconsuelo pareció ensombrecer por completo su tembloroso cuerpo. Sus pensamientos turbados, intentaban dar una explicación a lo que había sucedido.
En ese momento solo era un cuerpo inerte contemplando el desastre.
El desgraciado miró con resignación el escaso trecho que le había faltado para llegar a la meseta, había estado tan cerca, a solo unos pasos de alcanzarla.
Una suave brisa pareció consolarlo en ese momento.
Se mantuvo indeciso por unos segundos, luego descendió en busca de la carga.
Era ahora una silueta embrutecida, agotada…mansa.
Debía empezar de nuevo su trabajo.
Un nuevo día empezaba, un nuevo día, igual a tantos otros que no despertaban el interés de aquel hombre cuya vista estaba atrapada en la carga que debía llevar.
Miró el extenso camino que debía subir.
Sintió algo desconocido, fue una sensación de un vago recuerdo que casi no quedó en sus pensamientos.
Debía terminar su trabajo, era lo único que importaba. Algo en su interior de manera insistente le ordenaba que debía hacerlo, y esto lo animaba a escalar la rigurosa senda.
Tomó el talismán, lo frotó con delicadeza entre sus toscos dedos, luego lo miró desconcertado.
Aunque sus primeros pasos fueron indecisos, pronto su forzada marcha se transformó en zancadas seguras y urgentes en la empinada subida.
Debía terminar el trabajo se repetía así mismo como un mantra sagrado.
Sus manos apretaban con fiereza la pesada carga. Sudaba, y sus ojos le ardían con la transpiración, sin embargo, se resistía a limpiar el sudor que le incomodaba.
Luego sucedió algo que no supo entender. Impávido, vio como la gran piedra que cargaba ya no estaba en sus hombros, ahora rodaba descarrilada por la ladera de la montaña, por aquel camino que tanto le había costado subir.
Miró impotente al lugar donde ahora reposaba indiferente la infame roca. Allá, tan lejos, quizás burlándose de su incapacidad, de su tristeza, de su debilidad.
Su mente confundida no lograba darle significado a su miseria y el llanto pugnaba por derramarse sobre su abatido rostro.
Se volteó impotente, y dirigió su vista desconsolada hacia lo alto.
Había estado tan cerca de alcanzar la cima.
Sus pensamientos con insistencia repetían una orden.
Debía volver por la carga
Suspiró cansado, miró resignado una vez más la esquiva cumbre.
Sintió un viento húmedo. Respiró queriendo retener esos aromas vagos que le evocaban algo familiar.
Volteó hacia abajo, dispuesto a descender hacia su propio abismo.
La piedra esperaba… expectante, parecía tener vida propia, la miró con rencor.
Acercó su mano al talismán acariciándolo con desgano.
Dio un primer paso cansado, luego se detuvo. Volvió a mirar la cima… estaba tan cerca.
Su mirada ahora fija en el profundo despeñadero le produjo un dolor conocido, pero que ahora parecía alejarse. Sin siquiera pensarlo apartó la maldita roca de su vista, lejos de su presencia. Miró su mano, que agarraba con fuerza la figura atada en su cuello, la arrancó con odio y la dejo caer de sus manos temblorosas.
Algo que no supo explicar sucedió en ese momento… entendió que no volvería a bajar.
Sintió una cálida sensación de liberación en ese segundo de inusitada rebeldía.
Se dirigió hacia la cumbre con urgencia, como si temiera arrepentirse.
Caminó con gran esfuerzo, como si llevara una carga multiplicada por mil sobre sus hombros impidiéndole avanzar, un paso forzado, que se enterraba en la ladera queriendo retenerlo contra su voluntad, luego otro que resquebrajaba las piedras que lo aprisionaban, y para su sorpresa otro paso y otro más, cada vez más ligeros…pareció volar en el último trecho.
Sísifo por fin pudo alcanzar la esquiva cumbre.
Empezó a correr. Levantó triunfante su puño rebelde al cielo renegando con una ira que desbordaba su propio ser a todos los malditos dioses.
Sin dudarlo y con el corazón completamente embravecido dio el mayor impulso que pudo en su último paso y se lanzó al vacío con sus brazos abiertos y con absoluta paz en sus pensamientos.
Entendió en ese preciso instante que las cadenas que lo atormentaron, esa pesada carga que llevó durante toda una eternidad ya no volvería a doblegar su espíritu.
No sintió miedo mientras caía al profundo abismo, al contrario, sintió que recuperaba lo que le habían arrebatado.
La libertad, esa poderosa sensación que había perdido hacía tanto tiempo lo envolvió, lo acurrucó en un suave susurro de paz.
Sus ojos por fin se abrían, una triunfante sonrisa se dibujó en su rostro mientras se dejaba caer por voluntad propia a ese abismo que parecía tan distante y cercano a la vez.
Cuánto cuento cuántico
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