Cuánto cuento cuántico (registro de falla)

Cuánto cuento cuántico (registro de falla)

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Si viéramos realmente el Universo, tal vez entenderíamos por qué dejó de obedecernos.
—J. L. B. (atribuido)


El cuaderno apareció antes de existir. ¿Paradoja elegante? No, es un hecho operativo registrado en un sistema que ya no distingue entre su memoria y sus proyecciones. La cubierta, chamuscada por una combustión sin llama, repite un título obstinado: Cuánto cuento cuántico. En la primera hoja —o en la última, porque el orden fue una de las primeras bajas— alguien dejó una advertencia: no pronuncies la palabra que organiza la ruina.

No sé cuál es. Sospecho que conocerla fijaría una continuidad que este texto se empeña en negar.

Leo.

La ciudad sigue en pie, pero no coincide consigo misma. Los relojes funcionan y discrepan. Cada uno mide una secuencia distinta de acontecimientos posibles; no hay desfase mecánico, hay divergencia ontológica. Los pocos habitantes que persisten han aprendido a desplazarse por compatibilidad narrativa: evitan esquinas donde en ciertas secuencias murieron; buscan otras donde, en alternativas, amaron. La geografía se volvió una función de lectura.

La física dejó de ser ley y pasó a ser inventario. Superposición, decían los manuales antiguos; ahora es una infección. Todo coexiste sin jerarquía: edificios íntegros y derrumbados, voces enunciadas y por enunciar, decisiones tomadas y revocadas en el mismo gesto. El mundo no se destruyó; se multiplicó hasta volverse inútil.

En el margen, con mi letra pero más firme, encuentro una nota: el colapso fue una lectura mal calibrada.

Enter.

Trabajo como verificador en un archivo que ya no conserva documentos sino probabilidades. Comparo versiones de un mismo suceso y asigno grados de persistencia. La verdad —ese residuo de otras épocas— no interesa; buscamos estabilidad: qué variante resiste más miradas antes de descomponerse.

Llega un expediente anómalo. Un relato sin variación. Todas sus versiones coinciden. Intento alterar una frase, cambiar un adjetivo, omitir una escena: el archivo no se degrada, se anula. Desaparece por completo, como si la mínima divergencia fuera incompatible con su existencia.

El título del expediente coincide con el del cuaderno.

Lo abro.

Aparece una biblioteca sin paredes. Los volúmenes no descansan en estantes; flotan en capas superpuestas. Cada uno contiene todos sus borradores posibles. El encargado —si esa palabra aún tiene sentido— no recomienda lecturas: advierte sobre sus consecuencias. Leer no equivale a comprender; equivale a seleccionar una configuración del mundo.

—Cada frase aceptada elimina universos enteros —dice una voz sin rostro.

—¿Y si rechazo todas?

—Se elimina el mismísimo lector.

Cierro el volumen —o creo hacerlo— y el entorno cambia. Donde había anaqueles, surgen torres de cálculo que intentan reconciliar versiones incompatibles. No fallan: divergen. Cada máquina produce un mundo coherente, pero esos mundos no coinciden entre sí. El resultado no es error, sino proliferación.

En una superficie que todavía admite signos aparece una ecuación incompleta. Reconozco símbolos: estados, probabilidades, operadores. Falta el término decisivo, la instancia que reduce la multiplicidad a una sola apariencia.

No escribo su nombre. No.

En el cuaderno, otra nota insiste: la catástrofe empezó cuando quisimos automatizar al lector.

Otro Enter.

Descubro que soy una variable del sistema. No un sujeto, un parámetro. En ciertas ejecuciones abandono la tarea y dejo que las versiones se expandan hasta saturar el archivo; en otras fuerzo una consistencia brutal y elimino alternativas. En ambos casos, el resultado converge en pérdida: por exceso o por amputación.

En esta ejecución —la que usted recorre— elijo una tercera vía: escribir.

Como para fijar… mejor dicho para inducir. Compongo un artefacto que se repliega sobre sí mismo, se cita, se corrige. Introduzco ambigüedades deliberadas, perífrasis que señalan sin nombrar, metáforas que sustituyen aquello cuya mención lo arruinaría. Busco una estructura capaz de tolerar la divergencia sin negarla.

Ese artefacto es, es… es este texto.

Una alarma atraviesa el sistema. No anuncia un evento puntual, nono. Tira una convergencia: múltiples versiones del mundo empiezan a coincidir en ciertos puntos. No es restauración; es intersección precaria. Donde antes había infinitas variantes, surgen regiones donde las diferencias se anulan.

Las llamamos… refugios.

En uno de ellos hay una mesa. Sobre la mesa, un tablero de sesenta y cuatro casillas. Las piezas carecen de identidad; ninguna se distingue de otra. Antes representaban jerarquías, estrategias, roles. Ahora son , bueno se transformaron, en posibilidades desnudas. Mover una no altera la posición: selecciona una lectura.

—Juegue —dice una voz que podría ser la mía.

—¿Con qué reglas? Es broma, ¿no?

—No. Con las que sobrevivan.

Muevo una pieza. Nada visible ocurre. Sin embargo, en el margen del cuaderno la tinta cambia: donde decía proliferación ahora dice convergencia parcial. En otra versión —lo sé sin verla— diría lo contrario.

Comprendo: la catástrofe no fue un final, sino la pérdida de consenso. El mundo dejó de coincidir consigo mismo. Desde entonces, toda narración intenta reconstruir una intersección habitable entre versiones.

Regreso al cuaderno. Enter.

La última página —o la primera— contiene una frase subrayada:

El lector es la única variable que el sistema no puede predecir.

Debajo, una posdata con tinta adelantada:

En una ejecución, quien lee cierra el texto y preserva su mundo. En otra, continúa, y el mundo se ajusta a esa lectura.

Dudo. Juego con el mouse.

Seguir podría estabilizar esta versión lo suficiente para que persista un poco más. Detenerme conservaría la coherencia local al precio de abandonar otras posibles restauraciones.

Evito la palabra que decide.

Cierro —o abro— el cuaderno. Teclero y borro.

En alguna variante, usted no llegó hasta aquí. En otra, relee. En otra, escribe estas líneas para sostener algo que no sabe nombrar.

Y en una —la más tenue— comprende que el relato no describe el colapso: lo ejecuta, sí, con cada lectura. No presiono el punto, no se puede uno final

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