El pez plátano de Salinger en su diabólica tragedia

El pez plátano de Salinger en su diabólica tragedia

Epaminondas

03/04/2026

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—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

—Sí.

—¿Quién eres? Esto está muy oscuro —dijo el joven restregándose los ojos y forzando sus pupilas.

—Tranquilo, ya te prendo la luz.

—¡Uff! Así es mucho mejor… ¿Dónde estás?

—Todavía no estás preparado para verme.

—Pero, ¿quién eres?

—Tengo muchos nombres. A ver… ¿Cuál sería el más apropiado para vos?

—Mira, que no sé, ¿te estás burlando? Hace un momento estaba en la habitación de un hotel en Florida, un estruendo y aquí estoy —protestó el joven haciendo aspavientos con los brazos en la habitación vacía.

—Bueno, te ayudaré un poco. Algunos me dicen que soy un dios, también los hay los que lo complican todo y me asignan ser uno y trino, otros, una energía creadora, pero si vos sos ateo te diré que soy una alucinación que tu cerebro crea cuando está a punto de morir.

—Bueno, ése era el plan —dijo dejando escapar una leve sonrisa.

—Ahí está el problema: como sos una creación, en este caso, literaria, vas a morir cuando lo decida tu creador, pero, siempre hay un pero, te puede resucitar cualquiera, incluso, pueden reescribir tu historia, sea tu creador o sus herederos.

—Bueno, pero dime: ¿eres mi creador?

—Digamos que, para ser consecuente con tu esencia, soy tu narrador omnisciente.

—¿Y eso?

—Digamos que soy la forma en que tu creador le va contando al cosmos lo que no surge de lo que vos expresás. Por suerte, el universo literario ya hizo varias traducciones del cuento en el que habitás, originalmente en inglés, y podemos entendernos, aunque, como te darás cuenta yo soy argento.

—¿Algo que ver con la plata?

—Suspicaz el redneck. Oime, ¿eso lo aprendiste en Alemania?

—¿Cómo sabes que estuve en Alemania?

—Lo dice el cuento, en boca de tu suegra. No, de tu jermu.

—¿Mi qué…?

—Nada, vayamos a lo nuestro. Ya que estás acá, y antes que te desenchufés del todo, ¿querés contarme algo que yo no sepa? ¿Algún vicio inconfesable?

—Nada, soy buena persona. La guerra me cambió, como a todos. ¿Esto es un juicio?

—Bueno, a vos te tocó la antesala de la eternidad. Acá se decide dónde vas a pasar el resto del tiempo que, como acá el tiempo no existe, es una eternidad y un instante.

—No entiendo.

—Y sí… Sos yankee. A ver, terminó tu tiempo vital, eso que llaman vida. Ahora tu esencia estacionará en un lugar concreto para que te rescaten cada tanto y te vuelvan a poner en ese lugar. Ese lugar puede llamarse paraíso o infierno, según algunos creyentes de mitos. Los hombres sensibles, tal vez como vos, van a un lugar donde se los respeta, aunque sean personajes literarios y conviven con humanos y realidades alternativas por siempre.

—Cuéntame cómo es eso.

—¿Leíste La Divina Comedia?

—No, que yo sepa. Habría que preguntarle a mi creador. Sí leí poemas en alemán.

—Bueno, hay una especie de burocracia celeste que va decidiendo qué es un infierno para una persona y qué significa un paraíso. Según su propia versión de su vida, habitará en uno o en otro.

—¿Por ejemplo?

—A ver, a mí siempre me atribuyeron una nacionalidad. Por eso, dejo que digan eso de «Dios es argentino» y si bien no soy uno y trino, soy uno y miles, como las moscas.

—No entiendo nada —dijo, perdiendo la paciencia.

—Digamos que en esta antesala cae un escritor argentino: si se convence de sus merecimientos, su paraíso podrá ser una llamada telefónica en la que le comunican que ganó el premio Nobel.

—¿Y si no?

—Le pasa como a Borges y a Sábato, dos escritores famosos de Argentina, que tienen que revivir cosas que detestan. Sábato, que odiaba a los ciegos, a los curas y a los milicos, revive un almuerzo que compartió en plena dictadura con Videla, Borges y un jesuita de apellido Castellani. Borges está en tu época, en medio de una manifestación peronista en Plaza de Mayo. Ambos, en bucle.

—¿Y a los suicidas qué les pasa? —dijo, con el temor propio de su educación cristiana.

—Bueno, en mis dominios geográficos, tengo dos casos: Lugones atrapado en una carroza del Orgullo Gay y Quiroga, rodeado de moscas: no la pasan bien.

—Ahora bien, me dices que soy un personaje literario, que soy americano, bueno, eso lo sé: defendí a mi país. ¿Qué hago en esta antesala de la eternidad, como tú dices, de un país que desconozco, con escritores que no sé quiénes son, sin saber si merezco una oportunidad o un infierno?

—Ya lo sabrás, lo decidiré cuando se me cante. Todas mis decisiones son inapelables, pero no tienen que ser instantáneas: el tiempo no existe acá. Para que sepas, hay un par tuyo, Juan Pablo Castel se llama, que además es tu contemporáneo, un personaje que no tengo muy claro si cree que merece lo que tiene o tuvo en su vida literaria y tal vez le haga revivir lo que fue bueno o malo para él: lo tengo guardado en la antesala porque no lo tengo claro.

—¿Y conmigo lo tienes claro?

—Oíme, soy omnisciente, soy dios, ¿cómo no lo voy a tener claro? Me pasa con los personajes, tengo que revisitar el alma de sus creadores… Y lo hago releyendo sus creaciones. En tu caso, tu creador dejó flotando tu relación con las mujeres, sin importar su edad, o tal vez…

—¡Alto! ¿No tengo problemas con las mujeres y menos con las niñas, pedazo de m…!

—Yo bajaría el tonito… Tengo que leer tu precuela: la hizo tu autor, pero no quiso que trascendiera, por algo será: o te explica o te condena.

—Te exijo que decidas, si eres lo que dices que eres, porque si no jamás podré creerte y si no te creo…

«Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha. »

—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

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