El otro pasajero

El otro pasajero

Daniel Perazzo

03/04/2026

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Ante la incomodidad que me ocasionaba ser una persona rutinaria, yo trataba de modificar, sin éxito, hábitos que he llevado férreamente instalados. Por ejemplo, durante largos años, mi pequeño reloj alarma sonó a las 5.15 de la mañana; para variar, desde hace unos meses, lo he venido programando para que suene los lunes y martes a las 5.20; los miércoles y jueves a las 5.13, y los viernes sí, a las 5.15. Un cambio pequeño en unas pequeñas coordenadas. ¿Qué podría pasar?

Sin embargo, el jueves pasado, cuando abordé el tren de siempre (el Urquiza) a la hora de siempre (6.02) y en la estación de siempre (Sargento Cabral), recordé con extraña y asombrosa nitidez una ocasión en la cual subí a otro (y al mismo) tren hace quizá diez o quince años.

Como es habitual, se liberó uno de esos codiciados asientos ocupados por personas uniformadas que se bajan a poco de iniciado el recorrido. Rápido de reflejos, ocupé ese sitio dos veces: la primera, durante una mañana casi primaveral, próxima al cierre del segundo trimestre escolar, y la segunda, una mañana remota de otro agradable amanecer.

Coloqué el portafolio sobre mi regazo dos veces; dos veces lo abrí. Extraje la selección de cuentos fantásticos que estoy trabajando con el demandante Segundo “C” que me ha tocado en suerte este año; extraje… ¿qué libro estoy usando hace diez o doce años con aquel otro segundo año tan exigente?

Tengo el cabello ralo y canoso, y algunas arrugas en mis manos; vi, en el vidrio, mi cabello todavía oscuro, todavía ondulado, y observé mis jóvenes y laboriosas manos. Leí unas líneas de El viajero abonado, el cuento fantástico de Philip Dick que habla sobre un hombre que se transporta diariamente en tren a un lugar en apariencia inexistente; leí unas líneas de…a ver… ¿El libro de arena? ¡Claro! Sin duda era El otro, el relato del extraordinario encuentro de un anciano Borges personaje con su joven alter ego.

Mientras el conductor de la formación maniobraba el ingreso a la terminal Federico Lacroze, me detuve a pensar en esos hábitos que se reiteran en mi vida. Consideré que, a pesar de la sensación de hastío que por lo general los acompaña, hay ciertos aspectos de la rutina que no están nada mal. Efectivamente, me complace que el empleado que controla el acceso al andén me salude, que el tren llegue puntual a la cita, que el guarda me reconozca con más o menos gracia, que siempre pueda ubicarme cerca de ese suboficial o de esa gendarme que dejarán sus asientos libres en las primeras paradas (Teniente Agneta o Capitán Lozano); que el viaje transcurra sin sobresaltos y que hasta me depare algún involuntario intercambio de sonrisas con otra persona. Por fin, guardé el volumen de cuentos fantásticos en mi viejo y querido portafolio y, apenas se abrieron las puertas de la formación, salí apurado en dirección a los molinetes de la salida y encaré con decisión hacia las escaleras que desembocan en la estación de subtes de la línea B.

Mientras el conductor de la formación maniobra el ingreso a la terminal Federico Lacroze, pienso que mañana mi pequeño reloj alarma sonará puntualmente a las 5.15, como cada día, y que estaré antes de las seis en punto esperando la llegada de mi tren habitual. Luego, guardo en mi nuevo portafolio El libro de arena, desciendo del vagón y observo cómo ese señor canoso que algún día voy a ser, todavía se da maña para esquivar a la gente y llegar entre los primeros al andén subterráneo de la línea B.

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