Te nombro sin decir tu nombre,
como quien toca una puerta que no existe
y, sin embargo, cede.
Hay en el aire una insistencia
—no del viento, no del tiempo—
sino de algo más blando,
más terco,
más parecido a una memoria que respira.
Yo vengo de lejos,
de una tarde donde la luz caía torcida
sobre los objetos cansados,
y todo parecía decirse en voz baja,
como si el mundo tuviera vergüenza de sí mismo.
Pero aquí,
en esta grieta donde el silencio se multiplica,
todo ocurre de nuevo.
Las manos no recuerdan
si tocaron antes
o si están a punto de tocar por primera vez.
El polvo,
que es la forma más lenta del olvido,
se posa sobre lo que aún no ha sucedido.
Y tú,
que podrías ser apenas un gesto,
una duda en mitad de la frase,
te levantas como una certeza que no pide permiso.
No hay principio.
No hay término.
Solo esta materia incierta
que se expande cuando la miro,
que se repliega cuando intento nombrarla.
Como si cada palabra
fuera una pérdida.
Como si cada silencio
fuera una forma secreta de insistir.
Te nombro otra vez —sin decirlo—
y algo cambia.
No en ti,
no en mí,
sino en el espacio mínimo
que nos sostiene.
Allí donde lo posible se demora,
donde lo imposible aprende a quedarse.
Y en esa demora,
en ese leve temblor que nadie registra,
el universo —este, o cualquiera—
decide, por un instante,
ser.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS