Me senté a tomar una cerveza, en un bar de luces tenues. De repente un hombre se sienta a mi lado y me convida un porrón. Se lo acepto con gusto y me dice -quiero que me hables del tiempo-, como si el tiempo tuviera forma, como si pudiera darle cualidades, capacidades o personalidad. Entonces le hablé de «La edad de la ciruela». Me miró desconcertado, y me preguntó -¿es una obra de Arístides Vargas?-. Sí, le contesté, donde un par de niñas detienen el tiempo y lo condenan.
En el medio de la charla, me distraigo mirando las arrugas de mi cara en el espejo de detrás de la barra. Mientras en la televisión, que sonaba de fondo, escucho que le preguntan a Greta Garbo -¿cuándo fue la primera vez que te dijeron «señora»?-. Como si esa fuera una pregunta importante para una mujer. Eso me dejo un poco molesta y él me pregunto si estaba bien. Le dije -sí, solo pensaba que si el tiempo no existiera, no podría amar, pues se necesita tiempo para conocer al otro. Y me respondió -tengo tiempo-.
Cuánto cuento cuántico
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