Dicen —y aquí el “dicen” tiene más peso que cualquier certeza— que en un patio de cal blanca, de esos donde el calor no baja ni cuando anochece, hay una puerta que no lleva a ninguna parte. O, mejor dicho, que lleva a demasiadas.
El primero en notarlo fue un hombre que no tenía intención de descubrir nada. Venía huyendo del bochorno, mascullando un “miarma” distraído, cuando apoyó la mano en la madera y sintió, no un temblor, sino una leve corrección, como si el mundo, por un segundo, hubiese rectificado su postura.
Abrió.
No encontró otro patio, ni una calle, ni un paisaje. Sí una escena repetida: él mismo, unos instantes antes, cruzando el umbral con idéntico gesto, con la misma torpeza casi coreografiada. Lo curioso —y aquí conviene afinar la sospecha— es que no era un reflejo. El otro también dudaba.
—Esto no puede ser —dijo uno de los dos, sin saber cuál.
—Ni falta que hace —respondió el otro, con un acento apenas más cargado, como si viniera de una versión más lenta del tiempo.
Cerraron la puerta al mismo tiempo, o casi. Porque uno de ellos —tal vez el que usted imagina— tardó una fracción de más, y esa demora, insignificante en apariencia, bastó para que las cosas empezaran a irse por las ramas.
Al día siguiente (si es que el día siguiente aplica en estos casos), el hombre volvió. No por valentía, ni por curiosidad: por costumbre. En los barrios donde el calor aprieta, uno repite gestos para no pensar. Abrió otra vez, y esta vez no había uno, sino varios. Ninguno parecía sorprendido del todo. Se miraban como se mira a los primos en un velatorio: con una mezcla de reconocimiento y sospecha.
Uno llevaba una camisa distinta. Otro tenía la certeza —esa certeza rara que no admite discusión— de que nunca había cerrado la puerta la primera vez. Un tercero, más callado, insistía en que no había puerta, que aquello era una manía colectiva, una forma de no asumir que el patio, en realidad, no terminaba nunca.
—Quillo —dijo uno, señalando al más callado—, si no hay puerta, ¿por dónde has entrao?
El aludido no contestó. O mejor dicho, contestó en otro momento que ninguno de los presentes pudo registrar.
A partir de ahí, la cosa se desmadró con elegancia. Porque no era un caos cualquiera: había reglas, o al menos la intuición de que las había. Cada vez que alguien cruzaba el umbral, no llegaba a otro sitio, sino a otra versión de la misma duda. Y cada duda, bien mirada, era una bifurcación que no se notaba hasta que ya era tarde.
Pronto empezaron a organizarse. Uno propuso numerar las entradas. Otro, más metódico, quiso llevar un registro en una libreta que siempre olvidaba en el otro lado. Hubo quien sugirió no volver a abrir, pero nadie le hizo mucho caso: en ese patio, cerrar algo era la forma más eficaz de invitar a abrirlo.
Entre todos, sin ponerse de acuerdo, fueron elaborando una teoría que no terminaba de sostenerse: que la puerta no multiplicaba espacios, sino decisiones. Que cada cruce no llevaba a otro lugar, sino a otra interpretación de lo ya vivido. Que el error —ese pequeño desliz al cerrar, al dudar, al nombrar— era el verdadero motor del asunto.
—Esto es como cuando dices una cosa y tu madre entiende otra —dijo uno, con una lucidez que nadie quiso admitir.
Pasaron días, o repeticiones de un mismo día con matices. Algunos dejaron de distinguirse entre sí. Otros empezaron a sospechar que siempre habían sido muchos, que la idea de un único hombre era una simplificación cómoda, casi vulgar.
Y hubo uno —siempre hay uno— que decidió no cruzar más. Se sentó frente a la puerta, la miró con esa mezcla de desafío y resignación tan de la tierra, y murmuró:
—Ea, ya estaría.
Pero la puerta no necesita que la abran. Esa es, quizá, su única propiedad verificable. Porque en algún pliegue —no del espacio, sino del relato— alguien la cruza sin tocarla, alguien duda sin saber de qué, alguien repite una frase que no ha dicho nunca.
Usted, por ejemplo.
Y no es que esté dentro o fuera. Eso sería demasiado sencillo. Lo inquietante —lo verdaderamente incómodo— es que, en una de esas versiones que ahora mismo se están decidiendo, usted ya ha cerrado la puerta con un leve retraso.
Lo suficiente. Claro.
Cuánto cuento cuántico
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