Hay relatos que no se escriben: se recuerdan hacia adelante. Este —si aceptamos llamarlo así— no es la excepción, sino su confirmación diferida. Alguien, en algún pliegue menor de lo real, ya lo ha leído; alguien más, quizá usted mismo, lo está olvidando con una precisión casi quirúrgica.

Imagino (aunque ese término es impreciso, casi culpable) a un hombre que encuentra un manuscrito que no puede haber sido redactado aún. Lo abre con la sospecha de quien reconoce una caligrafía futura y, sin embargo, íntima. No tarda en advertir que cada línea describe decisiones que todavía no ha tomado, pero que, por una cortesía del universo —o de su estructura más íntima—, ya lo han afectado.

En una de esas páginas, el hombre se detiene. Hay un pasaje —este mismo— que afirma que toda lectura es, en el fondo, una forma de intervención. Que leer no es recorrer un texto sino inclinarlo levemente, como quien modifica el curso de una esfera sobre una superficie aparentemente plana. El lector, entonces, no descubre: introduce variaciones. Y cada modificación, por mínima que resulte, inaugura una divergencia.

El manuscrito sostiene (o aparenta sostener) una hipótesis más inquietante: que las historias no divergen por las decisiones de sus protagonistas, sino por las dudas de quienes las interpretan. Allí donde la comprensión vacila, donde una frase admite dos sentidos —o peor, donde los exige—, el universo se replica con una obediencia casi mecánica. No es la acción la que bifurca, sino la interpretación.

El hombre retrocede —aunque ya no está seguro de que “retroceder” signifique algo estable— y encuentra una anotación marginal, posiblemente escrita por él mismo en otra versión de su identidad: “No continúes leyendo”. La advertencia, lejos de disuadirlo, lo compromete. Porque entiende (o cree entender) que toda prohibición es, en estos sistemas, una forma más elaborada de mandato.

Continúa.

Las páginas siguientes no contienen texto, sino variantes. En una, el manuscrito está incompleto y el hombre decide abandonarlo. En otra, lo copia con devoción y lo publica bajo un nombre ajeno. En una tercera, más inquietante, comprende que no hay manuscrito: que él mismo es la superficie donde esas palabras intentan fijarse, sin éxito.

Existe también una versión —la más improbable, por eso mismo la más persistente— en la que el manuscrito lo examina a él.

Aquí el relato se pliega. No por un recurso estético, sino por una necesidad estructural. Porque si toda historia que se piensa a sí misma corre el riesgo de disolverse en su propio mecanismo, entonces la única forma de persistir es interrumpirse con precisión.

Usted, que ha llegado hasta este punto (o que siempre estuvo aquí), podría suponer que el texto concluye. No sería una inferencia injustificada. Pero resultaría, como tantas otras, insuficiente.

Porque la pregunta no era cómo termina, sino cuántas veces puede empezar sin repetirse.

Y en una de esas ocasiones —no en todas, no en la mayoría, apenas en una— este mismo escrito, o su sombra más fiel, será rechazado no por lo que expresa, sino por lo que implica: que toda escritura es sospechosa de haber sido ya trazada, y que toda prohibición no elimina una posibilidad, sino que la desplaza hacia un sitio más difícil de detectar.

Allí, precisamente allí, donde nadie observa dos veces.

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