EL PRECIPICIO DEL TIEMPO

EL PRECIPICIO DEL TIEMPO

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He sospechado —no sin cierta inquietud— que el borde del precipicio no es un lugar, sino una forma del tiempo.

No está delante de nosotros: nos rodea.

No es un instante: es todos.

Tal vez cada hombre, al nacer, entra en un laberinto cuya arquitectura desconoce. No hay muros visibles, pero sí elecciones; no hay Minotauro, pero sí olvido. Y en ese extravío —que algunos llaman vida— avanzamos creyendo que caminamos en línea recta, cuando en verdad repetimos antiguos círculos.

Olvidamos.

Olvidamos que el paso es efímero —palabra insuficiente para nombrar lo que ya está desapareciendo mientras lo decimos—. Olvidamos que la vida no espera, no porque sea cruel, sino porque ignora la espera. Y en ese olvido, que acaso sea nuestra única herencia, dejamos de percibir lo esencial: la urgencia del calor, la secreta evidencia del amor, ese hilo —invisible como el tiempo— que nos sostiene unos a otros sin que jamás lo veamos del todo.

He leído que el universo puede ser una vasta biblioteca. Prefiero pensar que es un espejo: cada hombre es todos los hombres, y sin embargo ninguno lo sabe.

Por eso, cuando la generosidad se apaga y la mirada se estrecha, no solo olvidamos al otro: nos perdemos a nosotros mismos en una versión menor, más pobre, más distante del origen. Creemos ser individuos aislados, cuando acaso somos fragmentos de una misma conciencia que se busca.

Somos reflejo.

Somos puente.

Somos —aunque la razón lo niegue— un hogar que se ignora.

Y entonces, como en todo laberinto digno de ese nombre, la humanidad no encuentra la salida porque ha olvidado que ella misma la construyó.

Pero hay algo —un residuo, una intuición, tal vez una memoria anterior al tiempo— que persiste incluso en la caída.

Porque la caída no es descenso, sino conciencia.

En la duda, en la fragilidad —esa grieta por la que se filtra lo eterno— late una certeza que no pertenece al orden de la lógica:

Vivir es el riesgo.

Y el riesgo, si se lo piensa bien, es una forma de fe.

No una fe en dogmas, que son invenciones del lenguaje, sino una fe más profunda: la que nos levanta sin promesas, la que confía en lo que no puede nombrarse, la que perdona porque intuye que todo error es, en el fondo, ignorancia de sí.

Confianza.

Perdón.

Unión.

Palabras insuficientes para designar lo que acaso sea una misma cosa.

He llegado a pensar —y no descarto estar equivocada— que nadie está solo. Que la soledad es una ilusión tan compleja como el tiempo. Que no estamos perdidos, sino dispersos.

Y que incluso al borde —ese borde que es todos los bordes—, incluso temblando, el hombre persiste en una forma de dignidad que no comprende del todo.

Esa persistencia es, quizá, lo más cercano a lo divino.

O, como dirían otros, al amor.

y otros al misterio del manto del AMOR DE DIOS. 

DE LUZ

Renacer hasta alcanzar algo de paz

sería tirar de la esperanza, 

estremecerse desde las entrañas

hacia la luz.

Ir a la raíz del propio espectáculo,

atravesar la película de la vida.

Entrar en el proceso,

en la búsqueda extraña de la certera bifurcación.

Enraizar para seguir siendo,

como si este cuerpo

rozara lo eterno.

Ahondar, escarbar, transcender

para encontrarnos. 

Beber de la tierra,

respirar del aire hasta lo hondo,

sembrar, 

elevarse para recibir el sol.

No quedarse en la superficie

ni perderse en el abismo

ofrecer o morir

A veces cegados,

por la vida rota,

hasta volver a resurgir. 

Antes, otras enredaderas

recogieron el calor del sol

y crecieron fuertes.

Por la cuerda floja,

temblando,

sostenerse, 

aunque sea arrastrándose

sobre ramas rotas.

Mientras late el corazón, 

¿remontar

o caer? 

Despertar, ante la luz,

el aire,

el calor del sol.

Ante los buenos gestos, 

gratitud, 

a quienes nos sostuvieron,

besos.

Plegarias al universo 

que nos derrame algo de luz:

un hilo,

un temblor,

un instante,

en el corazón de la humanidad. 

Y hoy supe

que la luz, a veces, 

también duele, 

mal que nos pese. 

Y, a pesar de que la luz total aquí,  no sea mas que un sueño.

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