Nunca palpó tinieblas

Nunca palpó tinieblas

Ana Koreta

02/04/2026

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Nunca palpó tinieblas. Siempre supo. ¿De dónde le venía la sabiduría y esa luz que lo inundaba todo? Ahora lo sé. Eran dones de su naturaleza divina. Hildegard nació en el verano de 1098 . A los tres años tuvo la primera Visión. «Una luz tal que mi alma temblaba». A los seis, ya se sabía hereje. Despreciaba la idea de un dios que se mostraba orgulloso de la creación del Mundo y creaba a la mujer de una miserable costilla. La herejía es siempre recíproca y ella respetó también la de los demás. Como era la décima hija, a los ocho años, fue donada a Dios como diezmo, ingresando en un monasterio. Tuvo suerte. Lejos de las obligaciones impuestas al resto de las mujeres, allí pudo leer y estudiar con total libertad hasta convertirse en una polímata#bocadillo. Era capaz de hablar con las plantas, los pájaros y hasta con las piedras. Llegó a conocer exhaustivamente el cuerpo femenino describiendo el primer orgasmo del que se tiene noticia. Hildergard era una férrea discípula de la alegría. De todas partes venían gentes para obtener curación, pedirle consejo o simplemente para escucharla cantar, pues se decía que sus canciones habían sido compuestas con la ayuda de los ángeles#bocadillo.

Como compositora y luthier de instrumentos medievales, quedé fascinada por su música. Decidí ponerme en contacto con los monasterios que bordean el Rhin para aprender todo lo que me fuera posible. Todos me rechazaron. Solo uno me aconsejó que viajara a la zona. Quizá tuviera suerte. ¿Qué podía perder? Nunca he creído en la suerte. En el azar, sin embargo, creo firmemente, por eso contraté un viaje por el Rhin a ver si el azar salía a mi encuentro. Unas semanas después, cuando ya empezaba a aceptar mi fracaso y estaba decidida a volver a mi país, vi venir a alguien hacia la barcaza. Era un hombre muy alto, con una presencia magnética difícil de explicar. Vestía pantalones anchos de seda y una túnica, también de seda. Era un ser tan hermoso que me quedé petrificada. Ya, desde lejos, me sonreía. Me puse nerviosa. Intentaba recordar, de golpe, el alemán que en la adolescencia aprendí para leer el Werther de Goethe. Se acercó hacia mí y me dijo que era un Aieganz, que sabía por qué había venido y que él me guiaría. Me hizo unas preguntas y le contesté. De repente, me di cuenta de que estábamos hablando en una lengua desconocida para mí ¿Cómo sé esta lengua?, le pregunté ¿Por ósmosis?, bromeé. Me contestó que se trataba de la Lengua Ignota#bocadillo. Una lengua que Hildergard había inventado para que las personas elegidas pudieran acceder a sus conocimientos ocultos. Yo, según el Aieganz, cumplía los requisitos que la Maestra había impuesto para acceder a su obra más misteriosa: ser mujer, estar casi ciega, amar con pasión la música, sentirse extraña entre los extraños y ser extremadamente heterodoxa. Siempre había excepciones, claro. Lo importante era que el guía te aceptara. Y el mío me había aceptado. Me sentí agradecida.

Descendimos a un lugar que estaba cubierto de árboles y de maleza. Subimos y bajamos escaleras, atravesamos claustros envejecidos por la lluvia, zaguanes interminables, atrios de columnas rotas, campanarios en ruinas, devorados por el musgo.

Caminábamos callados, pero no en silencio. Yo sabía que me leía la mente y que, a pesar de que a cada rato, mi pensamiento evocaba a Ariadna y su ovillo, pues me sentía perdida, la confianza en él era absoluta. Llegamos a un monasterio en ruinas rodeado de rosales. Antes de entrar me enseñó un libro donde aparecían todos los visitantes del lugar. Allí estaba mi nombre. Formáis parte de la Hermandad de la Belleza, ¿porque qué es la Belleza sino una versión de la Sabiduría?, me dijo.

En el interior, en una nave grande, había todo tipo de objetos. Y libros, muchos libros, en mesas, colocados en estantes, dispersos por el suelo. Me guió hacía donde estaban los instrumentos y las partituras. Miré alrededor y tuve miedo de perderme algo maravilloso, fuera de lo común ¿Qué libro me aconsejas?, pregunté. El de los Universos, El Liber Mundorum Qui Sunt et Qui Non Sunt, me contestó. Era un libro enorme. Me asomé a él como si fuera una ventana, no al Universo, sino a la Sabiduría. Lo miré, tal y como ella aconseja, no con los ojos de la carne, sino con los del espíritu, que eran los únicos con los que se podía ver. Entonces vi cómo el Tiempo ya no era dinámico, ya no fluían los instantes unos detrás de otros. El Tiempo era estático y todos los instantes tenían la misma entidad ontológica. Vi el Big Bang y la Gran Implosión que ya no eran ni el principio ni el fin. Contemplé cómo los agujeros negros devoraban las estrellas y las escupía en el mismo instante. Vi nacer las galaxias y las vi morir al momento.

He de decir que durante el tiempo que estuve asomada a ese libro experimenté el éxtasis de la eternidad divina. Contrariamente a lo que cuenta la leyenda de San Virila, que se durmió escuchando el canto de un ave y despertó tres siglos después, lo que yo sentí fue justo lo opuesto. Me pareció como si el éxtasis hubiera durado siglos, casi me atrevería a decir que eras geológicas. Y sin embargo, duró menos de tres minutos.

Desperté en el Hotel. Ignoro cómo llegué hasta allí. Mi hermoso guía me estaba arropando con dulzura. Me sonrió y me dijo:”Adiós” Le sonreí y le dije:”Hasta pronto”.

Dicen que Hildergard von Bingen murió en 1179. ¿A qué Hildergard se refieren? Y si fuera cierto, ¿en qué Universo?

Lo que cuento es difícil de creer. Lo sé. Lo cuento solo para seguir los mandatos de la Sibila del Rhin.

“Oh frágil ser humano, ceniza de cenizas y podredumbre de podredumbre: habla y escribe lo que ves y escuchas”.

Notas#bocadillo

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