APLAUDIR SIN RUIDO

APLAUDIR SIN RUIDO

Miguel Francino

02/04/2026

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APLAUDIR SIN RUIDO

Me hubiera gustado que fuerais más grandes para jugar al juego que más me gustaba en mi juventud. Resultó que no era un juego, era un reto sagrado. Que nos iba la vida en ello y que derrota y deshonra comparten muchas letras.

Ojalá hubieseis sido menos tímidas para acariciar a las que fueron mis novias sin ellas saberlo y que hubierais dicho, en mi nombre, lo que mi voz no se atrevía. Entonces el roce de una mano bajo la blusa me parecía un sueño a guardar, como para hincharlo y mentir a un amigo y ahora, a toro pasado, todas me parecen oportunidades perdidas de amores imposibles.

Me hubiera gustado veros más seguras, más valientes, sin temblar, acunando niños, sin que todos temieran, sin que yo me temiera, que se iban a caer. Más hábiles haciendo castillos y canales de barro para entretener miradas pequeñas que saben que su padre es un mago que todo lo puede. Que con sus manos de arena puede engañar y domar al mar.

Que mi guitarra sonara a poema de esos que enamoran, no a notas estudiadas, repetidas mil veces, de la misma lección. Me debéis la fortuna de que con mi canción, a veces inventada, a veces imitada, tapara vuestros acordes fuera de tono y a contratiempo. Tú, el acorde, tú, el ritmo, tal para cual.

Me hubiera gustado que, sobre el papel, hubierais dibujado lo que yo pensaba, lo que imaginaba, mis cuentos ilustrados como historias de ver. Que hubierais sido capaces de fabricar cosas como hacen otros hombres, cosas que se puedan tocar, que se puedan limpiar y guardar, que no se desvanezcan cuando yo no esté. Arreglar artefactos útiles y no asuntos sutiles, rematar una pieza que encaje en el mundo y que pase a otras manos que la traten bien. Veros en la cocina picando cebolla, ligando bechamel, coger con destreza los gramos exactos que dicen que tiene un pellizco de sal, amasar la masa sin que llore y se corte y salpimentar al gusto, señora: el gusto es mío.

No os perdono haber caído en el vicio de encender cigarrillos sin ton ni son, que me tuvo preso, en la cárcel del humo, durante veinte años. No sé si desde entonces estoy liberado o salí con la condicional bajo pena de arresto si sueño por la noche con ser reincidente.

Me salvasteis de la represión real, de los calabozos, con el simulacro de la literatura. Me abristeis libros de par en par delante de los ojos, para que no viera, ni me vieran. Aprendí la teoría y me hice un rebelde de mus y cerveza, protestando, con citas ajenas, de las dictaduras entre partida y partida mientras vosotras dabais, o unas como vosotras daban, las cartas. Años después, quizá arrepentidas, aprendisteis a aplaudir sin ruido.

Ya es hora de que negociéis quién lleva la iniciativa, quién parte el bacalao. Tú peinas, comes y pellizcas con; tú escribes, agarras (amigos latinos) y estrechas con. O incluso al contrario, según vengan dadas. Algún día tendremos que aclararnos y ponernos de acuerdo los tres. Solo os parecéis en la torpeza. Ambisiniestro es el que lo hace mal con cualquier mano, y además de forma inquietante, espeluznante aunque familiar (cosas del psicoanálisis). Quizá podéis mejorar colaborando más estrechamente. Salvo cuando os laváis o hace frío, pocas veces os he visto juntas, ni para rezar ni para hacer sombras chinescas en la pared. Ni siquiera esposadas, que hubiera sido una buena ocasión para conoceros de cerca. Prometo sacaros más de los bolsillos e incluso apuntaros a yoga para que practiquéis los mudras que elevan los dedos y el espíritu.

Os habéis estrechado con manos ajenas que no lo merecían, con la traición escrita en la palma. Lamento que dejarais de abrazar a unos hombros que se alejaron demasiado pronto, que perdimos para siempre.

Pero eso sí, os agradezco que me echarais una mano, quizá fuisteis las dos, para sacar a mi hija pequeña del río que me la quería robar. Helena se ahogaba sin darse importancia, sin enfadarse, como quien se va del juego porque ya se aburre. Los otros estaban atentos, callados, para no perder detalle del suceso y poder contarlo cuando viniera a cuento. Gracias por hacerla toser.

Y hablando de quien amo, me hubiera encantado que me permitierais sentarme a su lado y, desnudos, vosotras al piano con agilidad, como quien sabe, lograseis que la obra que mejor toca ella sonara a cuatro manos. Los dos, mano a mano. Saber de oído cuándo pasar la página y, acabada la partitura, volver a «Da Capo» una y otra vez.

A pesar de todo, a menudo os premio con el paraíso y os enseño verbos que están a vuestro alcance. Disfrutar del tacto del pupitre sesenta y cinco de la sala María Moliner en la Biblioteca Nacional. Pasar hojas de los libros de Monterroso y Bolaño. Palpar las sábanas frías y la piel tibia que se acuesta a mi lado, cuando no es de noche. Abrir la portezuela de la cabina del tren nocturno de baja velocidad de la línea Madrid-Barcelona-París, que una vez nos llevó a Lisboa. Dirigir en el aire y sin orquesta el tango de Albéniz. Pinchar canciones de blues. Chocar unas heladas con los amigos, esos viernes del alma.

En fin, me hubiera gustado tener vuestra ayuda para ser lo que no he sido, para hacer lo que no he hecho, todo lo que me retrata tanto como lo que hice y como lo que soy.

FIN

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