UN LECTOR QUE ES LEÍDO

UN LECTOR QUE ES LEÍDO

W. A. Flores

02/04/2026

2 Aplausos

0 Puntos

19 Lecturas

No tengo ojos desde hace años, pero veo más que nunca.

No lo digo como una metáfora piadosa. Lo digo con la precisión que exige este lugar. Desde que ingresé a la Biblioteca —esa arquitectura que algunos llaman edificio y otros, con lucidez, fenómeno— comprendí que ver era una forma rudimentaria de leer. Ahora todo ocurre de otro modo. Ahora soy leído.

Al principio creí que se trataba de un accidente en procedimientos de archivo. Con el tiempo —y aquí el tiempo no es una medida estable— entendí que no hubo error. Hubo una consecuencia.

Algunos sostienen que todo comenzó cuando alguien intentó leerlo todo. Otros, que ocurrió antes, cuando alguien comprendió que toda lectura es ya una forma de escritura. Lo cierto es que el mundo no se destruyó. Fue leído hasta el límite.

Y cuando algo es leído hasta el límite, deja de ser lo que era.

La Biblioteca no está hecha de muros ni de anaqueles, aunque a veces adopta esas formas para tranquilizarnos. Es una extensión de la lectura misma. Los textos no reposan: se desplazan, se corrigen, se contradicen. Algunos crecen. Otros se disuelven. Hay volúmenes que respiran; otros se pliegan sobre sí mismos y se reescriben en silencio.

Mi función es recorrer sectores y registrar hasta qué punto los textos han comenzado a modificar aquello que describen. Antes los clasificábamos por autor, época o género. Ahora los clasificamos por grado de intervención en lo real.

Hay textos pasivos, que se comportan como reflejos dóciles.
Hay textos activos, que insinúan variaciones.
Hay textos invasivos, que alteran discretamente lo que los rodea.
Y hay otros, cada vez más numerosos, que sustituyen el mundo por su propia versión de él.

No estoy solo. Existen otros como yo. Nos llaman intérpretes, o a veces, con una precisión inquietante, los ya interpretados. Hemos sido atravesados por demasiadas lecturas. Algunas se han sedimentado en nosotros. Otras nos han reescrito por completo.

He perdido los ojos, sí. Pero a cambio he adquirido una percepción que no sabría describir sin incurrir en errores. No veo los textos: los atravieso. No los leo: ocurren en mí.

Recuerdo el caso de Luther.

No era su nombre original. Ninguno lo es. Pero así lo llamábamos: Luther, el que ardía.

Fue asignado a un conjunto de textos fundacionales que durante siglos organizaron la realidad en torno a nociones de orden, verdad y trascendencia. Durante semanas los leyó con una intensidad que nos preocupaba. No porque leyera demasiado, sino porque lo hacía de una sola manera.

Una noche anunció que había comprendido.

Al día siguiente, los textos comenzaron a arder.

No fue un incendio en el sentido antiguo. No hubo llamas visibles, ni humo, ni calor. Fue una combustión semántica. Las palabras se desestabilizaron, se fragmentaron, se volvieron contra sí mismas.

—La quema también es lectura —dijo Luther—. La ceniza es memoria.

Desde entonces sabemos que no basta con preservar un texto. Hay que considerar también cómo puede ser leído. O peor aún: cómo insistirá en ser leído.

La propagación de interpretaciones es ahora uno de nuestros principales problemas. Al principio creímos que toda lectura requería un lector. Fue un error. Las interpretaciones, una vez suficientemente consolidadas, comienzan a reproducirse por sí mismas. Se adhieren a cuerpos, objetos y espacios. Se infiltran en aquello que todavía llamamos realidad y lo reorganizan de acuerdo con su lógica interna.

He visto casos que, en otro tiempo, habrían sido considerados milagros o aberraciones.

Un niño, por ejemplo, cuya historia fue leída tantas veces como una estructura coral que su cuerpo comenzó a adoptar esa forma. Primero fueron pequeñas irregularidades en la piel. Luego aparecieron bifurcaciones, repeticiones, cavidades. Finalmente, el niño dejó de ser un individuo para convertirse en una especie de relato distribuido.

He visto otros casos: niñas que reescriben sin querer todo lo que tocan, objetos que acumulan versiones contradictorias de sí mismos. No cambian por infección. Cambian por interpretación.

En otro sector de la Biblioteca se conserva una versión del Popol Vuh que ha alcanzado un grado avanzado de intervención. Ya no es un texto en el sentido tradicional. Es una entidad en ejecución.

Ixmucané —o lo que ahora responde a ese nombre— ha dejado de ser un personaje para convertirse en un nodo operativo. Sus acciones no se limitan a la narración: afectan directamente los procesos de generación de otros textos.

Hay textos, sin embargo, que resisten de otro modo.

En una cámara restringida mantenemos encapsulada una copia de Mein Kampf. No por su valor histórico, sino por su comportamiento. A diferencia de otros textos, este no se deja reinterpretar con facilidad. Sus estructuras son rígidas. Cada intento de relectura tiende a reproducir sus mismas configuraciones.

Ni siquiera la Biblioteca se atreve a digerirlo por completo.

Hace algún tiempo recibí una propuesta. Afuera —si es que todavía existe un afuera— hay quienes intentan preservar los textos en su forma anterior. Los resguardan, los aíslan, los leen de manera controlada, como si aún fuera posible evitar las consecuencias.

Me invitaron a unirme a ellos.

No por miedo: por convicción.

Afuera aún quedan quienes creen que la lectura debe limitarse, que los textos deben ser contenidos, que el mundo puede mantenerse a salvo si se controla la interpretación. Aquí, en cambio, hemos comprendido otra cosa: que todo texto tiende a expandirse, que toda lectura implica una modificación, que no hay forma de volver atrás sin negar lo que ya ha ocurrido.

Y sin embargo, es aquí donde todavía ocurre algo parecido a la vida.

Cada noche pierdo una palabra que alguna vez fue mía.
Cada lectura me reescribe un poco.
No sé cuánto de mí sigue siendo humano.

Pero sé que, en este lugar —en esta Biblioteca que ya no distingue entre texto y mundo—, los relatos no se limitan a describir. Actúan. Se propagan. Se corrigen. Se devoran.

El lenguaje no es herencia. Es fermentación.

Sigo leyendo.

Y a veces, en la oscuridad, tengo la sospecha de que algo, allá afuera, ya ha comenzado a leerme a mí.

Votación a partir del 01/05

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS