Mientras el Ajna Chakra nos lleva al interior del espíritu humano, el Cheshm e jahan es el ojo que nos permite ver hacia el infinito. El ser humano es solo el nudo, la conexión entre esas dimensiones, pero hay factores que pueden alterar una visión clara y todo aquel que intente introducirse en el primero o expandirse por el segundo, tendrá que asumir los riesgos.
Con aquellas palabras el hombrecito terminó su conferencia. Augusto quiso acercarse para preguntarle más detalles al erudito, pero estaba rodeado de una fortificación de académicos, filósofos y curiosos que impedían el paso. Las dudas que ya traía después de las lecturas del Ojo del Universo de Matusalém Dvoinovich, eran como espinas que le dolían al caminar.
Esperó, en vano, una oportunidad para interrogar al gran sabio. Los guardias empezaron a desalojar la sala y no hubo más remedio que desistir. Con pesadez e irritación se alejó de la sala y salió a la calle. Era una tarde de verano calurosa, la gente paseaba tranquila. Muchos jóvenes conversaban en la plaza, hacían bromas y las parejas reían alegremente. Todo eso enfurecía más a Augusto porque no lograba entender que había estado a punto de resolver una cuestión importantísima de la existencia y se había quedado en ascuas cuando el pequeño filósofo describió ese enlace del micro con el macro mundo.
Ya en la calle, tratando de encontrar una respuesta, recordó aquel sueño en el que se había hecho monje tibetano y, después de muchos esfuerzos, había conseguido que le abrieran el tercer ojo. Ese día estuvo eufórico, pero al hallar el libro de Dvoinovich se echó a llorar, pues su ilusión de penetrar en el alma humana le impediría ir al encuentro de la omnipotencia universal.
“Debe haber alguna solución—se dijo desesperado— y voy a encontrarla”.
Ya estaba cerca de una estación del metro cuando vio algo curioso. Al notarlo pensó que sería una especie de energía extraña, una esfera magnética de color ligeramente naranja. Se acercó con precaución, procurando no perder de vista aquella bola extraña. Pronto se vio dentro de un patio mal iluminado. La bola brillaba más, con pasos de gato se acercó y trató de mirarle el centro. Tenía un punto negro muy pequeño. De pronto, se sintió extraño y perdió el conocimiento.
Al recobrarse, se halló en una habitación muy pequeña, con olor a rancio, húmeda y fría. Había una ventana muy grande, pero entraba poca luz. Miró con atención. A su lado estaba un ser extraño. Parecía una mujer vieja envuelta en una manta, pero tenía una voz masculina tintineante.
—¿Ya te sientes mejor, muchacho?
—¿Quién es usted? —le preguntó Augusto con miedo
—llámame “El enviado”.
—¿El Enviado? ¿Enviado para qué?
—Pues, el enviado a hacer revelaciones.
—¿Qué tonterías dice? ¿dónde estoy?
—Este es un lugar seguro. Tendrás que pasar algún tiempo hasta que te recuperes, mejor dicho, hasta que te inicies.
El hombrecillo desapareció. Augusto se quedó solo en el cuarto. Quería levantarse y salir corriendo, pero cayó en la cuenta de que su cuerpo no estaba, es decir, lo sentía, se podía tocar, se oía, pero no podía verse. Empezó a sudar. Un temblor violento lo sacudió y se quedó dormido de nuevo. Horas más tarde volvió a recuperarse. La habitación seguía igual. De pronto, la bola magnética que lo había llevado hasta allí, apareció poco intensa, apenas perceptible. Augusto sintió la presencia de una fuerza extraña. Conforme se acercaba aquello, su cuerpo se iba relajando, después sintió una tibieza plácida, un descanso inmenso. Estaba prácticamente flotando, a su alrededor había objetos difíciles de describir. Podía tocarlos y cada vez que lo hacía algo lo transformaba. Empezó a seguir algo por una senda. Había un corredor que apenas se demarcaba por unos contornos azules muy tenues. Notó que su respiración era muy pausada. Lo invadía una sensación de felicidad. Empezó a escuchar algunos sonidos que se transformaban en ideas, razonamientos e imágenes. Sonrió con alegría, pues había entendido el gran secreto.
Volvió a percibir la fría habitación. Buscó al ser extraño para agradecerle su secreto, pero no había nadie. Esta vez si sintió su cuerpo. Estaba cubierto por una manta vieja. En la mesilla estaba una taza pequeña con asientos de café. Se levantó, abrió la gruesa cortina marrón y vio el cielo gris. Estaba lloviendo. Se miró en el espejo. Tenía el pelo desordenado, muy canoso. Sus ojos mostraban brillo, pero sus ojeras impedían que se notara ese pequeño resplandor. Miró el reloj. Pronto tendría que salir. Repasó unos apuntes. Era un montón de papel amarillo con dibujos y notas. Se puso su traje, se peinó y preparó un café. Su cocina era pequeña, pero funcional. Tenía un reloj de péndulo en el pequeño salón. Había alfombras gruesas. Se calzó unos zapatos viejos, cogió un libro de pastas gastadas, puso las gafas en el estuche y se las metió en el bolsillo de la chaqueta. Revisó una dirección escrita a lápiz. Levantó la cabeza y mirando el techo imaginó la ruta que haría.
Ya en la calle se puso contento. No llovía, pero había muchos charcos. Algunos jóvenes perseguían bolas de colores flotantes. Las parejas se comunicaban a través de unos globos psicodélicos. Miró al frete y en voz baja se dijo: “Será una gran ponencia, una gran revelación. Se van a quedar de a cuatro”.
Cuánto cuento cuántico
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