El Libro Multiverso de las Sensaciones

El Libro Multiverso de las Sensaciones

Christian Iraola

05/04/2026

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Sabía que lo vigilaban, pero ya estaba acostumbrado.

Fito aguardaba en el enorme salón. Emaús aparecería muy pronto, y juntos irían a disfrutar del tesoro escondido.

Aprovechaba su estado de conciencia para reflexionar acerca de la bifurcación. La palabra le produjo una sensación adictiva que su cuerpo supo reconocer, aunque sin brindar mayores explicaciones. Si bien desde niño, Fito había adoptado una actitud flemática con su entorno, de pronto, el tesoro que Emaús compartió y comparte aún con él, creó un ramal alterno a toda su existencia y sobre todo, apareció en él, o mejor dicho, desde él… una nueva forma de interpretar las cosas.

Usualmente, sus estados de conciencia se reducían a aguardar por su amigo y adentrarse al bosque. Todo iba pareciendo un sueño mal contado, como observar una realidad a través de un vidrio empañado. Mientras sentía la mente un poco más lúcida de lo normal, le parecía momento oportuno para intentar entender qué le venía sucediendo. Comprendía que solo interactuaba con el mundo exterior cuando disfrutaba del tesoro ¿acaso era eso un comportamiento normal? Hasta antes de acceder al tesoro de Emaús sentía que la humanidad estaba desfasada, como si la existencia de todos los seres estuviera en discordancia dentro de un sistema que no funcionaba armonioso para la gran mayoría. De adolescente, llegó a la conclusión que el sistema estaba plagado de cortocircuitos existenciales, incluso jugueteaba con la idea de encontrarse en un eterno déjá vu. En su temprana adultez, Fito recurrió, como únicas armas ante esta realidad, a la rebeldía y a los exabruptos.

Cuando conoció a Emaús, lo notó afín, con aquel ceño fruncido perpetuo que indicaba que algo no estaba bien. Alguna vez le dijo que cargaba consigo la sensación de vivir de casualidad, dentro de un azar intrínseco. Emaús se llevó el índice a los labios como buscando su complicidad para revelar un gran secreto y lo invitó al bosque para compartir su tesoro.

Nuevamente aquella sensación de letargo. Su mente no deseaba compartir información con un «Fito con mente lúcida» y esto le fastidiaba. Una creciente ansiedad comenzaba a sofocarlo cuando vio a Emaús aparecer en el gran salón. Se acercaba a él con su peculiar andar y su mirada vivaracha, como burlándose de todos aquellos que no conocían el secreto del tesoro.

Fito se levantó de un salto y deseó hacerlo partícipe de sus suspicacias, sin embargo, sus intensiones claudicaron ante la adicción al efecto.

Anduvieron silenciosos durante el recorrido hasta el bosque en donde tenían escondido el tesoro. Fito no se sorprendió al recordar que tanto él como Emaús habían perdido la habilidad de comunicarse. De igual forma, no era necesario. Su accionar se realizaba a través de automatismos, como la toma de decisiones dentro de un laberinto.

Emaús se arrodilló y retiró las ramas de un tronco hueco. Ahí estaba. Un libro finísimo, tan delgado como una hoja de papel, pero con la dureza de una lámina acrílica.

El libro multiverso de las sensaciones, nada menos.

Fito se arrodilló al lado de Emaús y colocaron a la vez las manos sobre el libro. La comprensión multiverso no ingresó a sus mentes, las hicieron parte de ella, era volver a la madre nodriza.

Una belleza matemática que tutelaba cada una de nuestras 10 elevado a la 28 partículas subatómicas, y las volvía a hacer parte de un cosmos, tal y como estaba dispuesto en un «tiempo sin un antes».

El libro era infinito, no había una primera página, ni una anterior, ni una página siguiente. Simplemente te enriquecía con todas las sensaciones que hay, hubo y habrán, una potenciación que te cubría con un manto de altruismo estético al saberte parte de un uno, parte de un todo.

Sus pensamientos no iban tras un recuerdo o una lógica para entender lo que sucedía, su análisis buscaba más bien armonizar con las cavilaciones de su entorno, un entorno que iba desglosándose en dos, en diecisiete, en veintitrés mil… en un número monstruoso de trescientas cifras. Fito sentía que volvía a alinearse con la corrección multidimensional, este peculiar ordenamiento le proporcionaba docilidad, y la docilidad le permitía admirar un «mapa multiverso de vivencias» a través de una ciencia exacta, pero esta ciencia era una ciencia rebelde, como lo era él cuando percibía los déjá vus en su vida cotidiana. Una ciencia rebelde y traviesa que buscaba no la predicción de fenómenos por medio de principios rigurosamente cuantificables, sino… una fuerza indomable en busca de la belleza y la verdad.

En la infinidad no se experimenta bajo un patrón, no hay listados ni orden, aquí no tenemos una sucesión de posiciones, tenemos una sucesión de probabilidades.

El desdoblamiento en el multiverso devoraba el tiempo y lo integraba a la vez, Fito aún estaba sentado en el gran salón aguardando por Emaús, aún viajaba a otra galaxia en forma de cometa, aún era María Antonieta perdiendo la cabeza bajo la guillotina, aún era el escritor que escribía «El Libro Multiverso de las Sensaciones», aún era Marie Curie aislando isótopos radioactivos, aún era el Presidente de una confederación asiática inexistente en el Siglo XXI…

Emaús y Fito no podían contener más la explosión de sensaciones otorgadas por el tesoro y gritaban emitiendo sonidos guturales. Chillaban y se abrazaban con los ojos cerrados. Al oír el chirrido de los silbatos, apuraron en esconder nuevamente el Libro-Portal.

Los enfermeros del Instituto de Salud Mental llegaron presurosos, alertados por el escándalo. Entre dos efectivos redujeron con suavidad al enloquecido anciano y lo sedaron.

Desde que sus familiares lo habían internado en aquel hospital psiquiátrico, los médicos nunca lograron descifrar el origen de su desorden. Llevaba casi cuarenta años encerrado y el caso de Adolfo Cruz todavía resultaba un reto para jóvenes, audaces e intrépidos psiquiatras, quienes, al abrir su historia clínica mental, no podían acceder a mayores conclusiones que éstas:

Tiene un amigo imaginario llamado Emaús.

Cada dos o tres días siente la necesidad de ir a un bosque encantado y camina hasta el pequeño jardín del hospital.

Al parecer, Emaús le ofrece un dispositivo que le otorga una sensación de euforia extrema.

No hay cura.

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