Primero fue un zumbido. No el que los médicos nombran con precisión, sino otro, más próximo a una intención. Pensé en el tinnitus, como quien invoca una coartada. Mi yo lógico, acostumbrado a obedecer al mundo material, quiso creer en esa explicación. No lo logró.
El zumbido se hizo murmullo. Luego, idioma.
Supuse, no sin cierta vanidad, que una inteligencia ajena a este universo me dictaba un mensaje. Mi hemisferio derecho lo entendió como una invitación. “Me confunden con otro”, pensé. No era una conjetura absurda: desde hace tiempo sospecho que mi identidad es una errata.
Las señales se organizaron. Comprendí, con una dificultad que no era intelectual sino esotérica, lo que se me ofrecía. Recordé, sin saber por qué, el experimento de la doble rendija y esa descompostura de la materia que permite a una partícula habitar dos caminos a la vez, como si ignorara la cortesía de elegir. Quizá, —me dije—, mi cerebro participa de esa indecisión. Quizá es, en secreto, una máquina cuántica.
No lo afirmé. Lo sentí.
La invitación era precisa: debía entrar en una biblioteca que atravesaba mi zona de existencia dos veces cada diez años. No antes, no después. No pregunté por qué; los enigmas no sobrellevan interrogatorios.
Crucé el umbral.
Me senté en dos butacas. No exagero: eran dos, y yo ocupaba ambas. No supe cuál de los dos era el duplicado, ni cuál el original. Tampoco supe si la distinción importaba. En la puerta, un letrero que se deshacía como humo decía: El Archivo.
Allí no se guardaban los hechos ocurridos, sino aquellos que pudieron ocurrir y no ocurrieron. Sin embargo, bastaba leerlos para que, de un modo irremediable, ocurrieran. Eran posibilidades en reposo, dispuestas a colapsar. Miles de destinos aguardaban ese instante.
El primero en acercarse fue un hombre. O mejor: un personaje cuyo nombre cambiaba cada vez que alguien lo pensaba. Leía un manuscrito breve, casi tímido. Cada vez que intenté recordar su contenido, el Archivo lo borraba, como si la memoria fuera una forma de despojo.
Alguien, desde los asientos contiguos —que eran, también, igual a los míos—, gritó:
—El archivo da múltiples posibilidades.
No supe si la frase me pertenecía. Pregunté, arrojando las palabras al suelo, que era brillante como un espejo disciplinado:
—¿Cuántos cuentos puede sujetar una sola posibilidad?
El eco no respondió. Se convirtió en lectura.
La pregunta perduró, vibrando con una obstinación que recordaba, de modo remoto, a las hipótesis de la Teoría de cuerdas, donde toda la materia es apenas una vibración. Pensé que esa pregunta seguiría oscilando en la mente de quien leyera estas líneas.
Entonces ocurrió un hecho trascendente. Entró Jorge Luis Borges.
Creía que estaba muerto hacía cuarenta años; pero esas sumas son convenciones para quienes creen en la linealidad del tiempo. Caminó hasta una mesa y tomó un libro que, hasta ese momento, no era un libro, sino una incertidumbre de luces y sombras.
Dijo, sin énfasis:
—Este libro fue escrito para quien ya lo ha leído.
Intenté leerlo a distancia, procurando que mis ojos no hicieran ruido en sus páginas. Borges sonrió. No supe si me miraba a mí o al otro.
El libro narraba, con una precisión que ofendía, los pensamientos que el lector tendría después de leerlo. Sentí que mis ideas se acomodaban a ese destino, como si ya hubieran sido sabidas. Creí comprender— que el libro no afirmaba la existencia de todo lo imaginable, sino algo más grave: que todo lo imaginable quiere existir.
No permanecí mucho tiempo allí. O quizá nunca me fui.
Cuando abandoné el Archivo, mi doble y esa forma plural de la conciencia, llevaba en mi psiquis el perfume de lo posible.
Mi psiquiatra no lo cree.
Pero los siquiatras solo ven posibilidades ya colapsadas.
Cuánto cuento cuántico
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