Entre los custodios del saber es costumbre alabar al orden como un sustituto de la deidad. Yo mismo, como vicedirector de la Biblioteca Nacional, me uno a menudo a este credo; sin embargo, siempre he tenido predilección por aquella cita atribuida a Santa Marcela de Alejandría: “algunas listas son arbitrarias; debemos temer a las que no lo son”.
Como cada tarde de jueves, mi amigo Esteban Ledesma y yo nos reunimos en el Café Central. Acudí a la cita con interés, en las últimas semanas había notado una progresiva dolencia en Ledesma, cada vez más taciturno de lo que era su carácter habitual. No conseguí de él más que un puñado de monosílabos y, pasada una hora de mi llegada, se despidió.
Quedándome preocupado por esa circunstancia, fui a su casa al día siguiente. La empleada doméstica me dijo que Ledesma “había salido de viaje” y me dejó entrar al estudio.
La habitación era ahora el cuarto en penumbra de un enfermo, desordenado y caótico. Sobre la mesa, abierto, reconocí el cuaderno de piel que usaba de diario.
La lectura del diario confirmó mis temores: después de años de breves anotaciones sobre sus viajes a Lisboa o lo singular de cierto restaurante, a partir del 24 de agosto se sucedían parlamentos atropellados. La letra crecía en tamaño a medida que avanzaba el tiempo, se estiraba, perdía círculos y ángulos: era igualmente difícil seguir el hilo del pensamiento y el de la caligrafía. Sin mis años de paleografía, no habría podido rastrear la historia que ahora voy a transcribir.
El 24 de agosto, Ledesma recibió en su consulta a Martín Olavide. El joven, de poco menos de treinta años, era incapaz de frenar el movimiento de sus manos y piernas, como si una fuerza lo dominase desde dentro. Contó que su trastorno había comenzado cuando la biblioteca Juan Crisóstomo Lanifur lo contrató para seleccionar libros que debían ser digitalizados. Después de unos días, empezó a sentir lo inabarcable de la tarea: cada libro tenía parientes directos sin los que era imposible comprender su sentido. Eso hacía imposible “descartar” (yo usé esa palabra, anotaba Ledesma, que el paciente rechazó con visceral firmeza) y, por tanto, hacía imposible seleccionar.
Desde entonces, cuando Olavide conseguía dormir caminaba sin descanso por galerías eternamente bifurcadas sorteando libros y pergaminos.
Ledesma sugirió la baja médica; para Olavide, solo incrementaba su fracaso. Prescribió medicación y agendó una nueva sesión. Antes de salir de la consulta, Martín Olavide murmuró “todo converge”; por suerte, Ledesma tomó nota de esta expresión: una semana después, menos pálido y más sonriente, su paciente se sentó repitiendo esa misma frase.
Tal y como recoge el doctor, en medio de sus pesadillas había reconocido cien libros. “Los cien fundamentales”, le dijo a mi amigo. Estaba seguro de que de ellos derivaba todo el conocimiento humano. Entonces surgieron los nombres: María de Éfeso, Aristóteles, Santa Marcela de Alejandría, Beatriz Melano, Averroes, Homero, Hildegarda de Bingen… Al parecer hablaba sin interés por la réplica; Ledesma anotó casi una veintena de nombres, de los que me consta que apenas conocería cinco (yo mismo era ajeno a algunos de ellos).
Antes de que Olavide saliese por la puerta Ledesma le preguntó qué tenían esos nombres para ser elegidos. Su respuesta fue: “No los elijo, los reconozco”.
Martín Olavide debió de faltar a varias citas. Es difícil saberlo, pues Ledesma perdió el hábito de anotar el día en el que introducía una nueva entrada en el diario, pero durante varias páginas las menciones a Olavide son tangenciales: el doctor se pregunta por la lista, indaga sobre los autores, sobre títulos de sus obras, elucubra sobre cuáles de esos textos se incluirían en la hipotética lista y, sobre todo, por qué.
Era obligado preguntarse si podía haber alguna causa biológica o física para aquel mal: quizá algún patógeno que provocase cierto estado mental alterado y que, en el tiempo compartido, ambos hubiesen compartido también el objeto de su obsesión. Recordé entonces las sucesivas epidemias de baile incontrolable que sacudieron Europa entre los siglos XIV y XVII: miles de personas que danzaban sin poder detenerse, arrastrando a los observadores. Los cronistas no encontraron explicación suficiente. Podría haber llamado a algún colega de Ledesma, pero entre la hipótesis clínica y la lectura, opté por la más conforme a mis hábitos.
Finalmente, Martín Olavide hizo su aparición en el diario. Sus síntomas se habían agudizado: Ledesma anota cómo pasea por su consulta, toquetea los libros y las cerámicas de las estanterías, murmura entre dientes palabras inconexas. Ha encontrado el método. Tiene una lista de cien títulos que contienen todo el saber humano desde el nacimiento de la palabra escrita. Ha estado a punto de dársela a su supervisor, pero se ha detenido a tiempo, escribe Ledesma que dice Olavide. Una nueva epifanía le ha desvelado el peligro: el índice sería también un mapa que señala lo que puede ser encontrado. Si se difundiese, los cien títulos que contenga serían objetivo, ya no del fuego, sino de la manipulación.
Ledesma le pregunta por la lista. Insiste cuando Olavide, parece ser, ríe y llora a la vez: confiesa que se la ha tragado, junto con todas sus anotaciones, su fórmula y su método.
Pero la paranoia se mantenía: Olavide ha comprendido tarde que la fórmula ya está en su cabeza, que cualquier otro podrá conseguirla y que la humanidad está ya sentenciada.
Ledesma apunta que se vio obligado a ordenar el ingreso forzoso de Olavide en la clínica de un colega y describe cómo, al ver llegar a los enfermeros, Martín abandonó su agitación para ensimismarse.
A partir de este momento Ledesma escribe líneas interrumpidas por puntos: no hay verticales, no hay círculos ni ángulos, ni siquiera una floritura que permita identificar alguna letra de nuestro alfabeto latino. Y, sin embargo, adivino en las ondas y los puntos un patrón, una conciencia ajena a la locura que, si consigo detener este repentino temblor de manos, lograré transcribir y llegar a los cien fundamentales.
Cuánto cuento cuántico
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