Filosofía de vida y muerte.

Filosofía de vida y muerte.

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Él hubiera preferido otra vida para mí. Una vida mejor lejos del polvo, una por encima de donde se pierde el equilibrio, una donde no te dejaras fraguando el sudor y la edad te doblara la espalda. Me proveyó de todo lo necesario: hojas en blanco como la escayola que quemaba sus manos; lápices de mina afilada, diferentes a los suyos, esos con los que trazaba un futuro de muros y tabiques; y unas enseñanzas que me llevarían por el camino que decidiera. Elegí letras y de aquellas solo me quedan las tardes de mecanografía que aquí agonizan.

No puedo reprocharle nada, me lo reprocho a mí mismo. Si hay algo que no heredé fue la constancia. Tampoco me licencié en desvergüenza y palabras. Cuando tenía que empezar a llamar a las puertas lo hice a distancia. Él siempre hubiera ido de cara, aunque se quedara sin respuesta. “Los que solo dan, también reciben”. “Lo que unos desprecian otros desean”. “Donde no te abran hoy, te abrirán mañana”. “Solo se rinden los loritos, los loros siguen picando”. 

Él puso los medios y yo el tiempo, pero el reloj se me acabó echando encima, aunque siempre trató de retrasar las hojas del calendario. Me rendí pronto, como el yeso rápido, ese yeso al que siempre le ganaba la partida. Le iba la vida en cada caldereta. ¿Para qué tanto estudiar? ¿Para tener cultura? ¿Quién tiene más cultura, el que piensa o el que ejecuta? ¿Para qué tanto forjar el cerebro si acabé cogiendo el camino que abren los cimientos? Licenciado y masterizado, el currículum no abría puertas si lo dejaba en los buzones. Había estudiado mi vocación, pero ella bajo su toga escondía desempleo. Me enfrenté a las oposiciones, y acabé desertando. En el horizonte aguardaba la burbuja inmobiliaria. Me eché a la obra. En cierta medida seguí sus pasos. No todo era poner tochos. Yo les acristalaba el futuro a otros. Me sentía libre cerrando vanos. Pero son los ladrillos quienes los encierran, los que me encierran, con los que encierro.

Para lo que le quedaba de corazón decidió arreglar la vieja casa que le vio nacer. Una casa a la que dejaron de querer los abuelos. “Echarle dinero a estas adobas, es como echarle piedras a un pozo sin fondo, abajo siempre sigue el agua”. “El salitre solo lo cura la sequía y aquí no tenemos el perdón de las tormentas”. En ella aprendí a preparar y servirle el material. Sin embargo se guardaba para sí los secretos de la llana y la paleta, con la esperanza de que volviera algún día a la línea de azulete que trazamos juntos y que yo no seguí por cobardía. La casa sería mía, aunque tanto con él como sin él las llagas siempre vuelven por las juntas, llagas que sigo reparando con el oficio que le fui robando mientras giraba la hormigonera.

“No todo en este oficio es dar vida bajo los tejados, también hay que enterrar a la carcoma”. “No me gusta que vean despedirme de la madera, me tiembla la nobleza”. “Todos somos pobres porque todo lo que tenemos se quedará fuera, y lo más preciado no vale nada”. Sabía de lo que hablaba. Cuando se fueron los primeros, apartó a la muerte de su rumbo. Saciaba más el hambre que comer gracias a ella. Para mí, la muerte, era un trabajo para toda la vida. Me precipité al temario por las tardes y me ahogué cavando tumbas en la huerta los domingos. “Antes que las lágrimas, te llorarán las arcadas. Solo espero que entonces sepas salir del cementerio”. No me ha ido mal. No he salido del camposanto. Tampoco me han dejado y cuando lo han hecho ha sido para tapiar o echar tierra a más muerte en otras necrópolis. No hay relevo generacional. ¿Para qué traer a nadie a la vida, si le condenas a conocer la muerte? Sin sentir no se padece. 

El mundo lleva años incinerándose. En el pueblo no queda nadie, tampoco en la ciudad que me donde vine al mundo. De mí país, solo se mantienen en pie los cipreses. El único bando correcto en una confrontación, es el de no a la guerra, pero una vez en ella, lo que seas te alista en el “correcto”. Al poder le abro y cierro fosas. Se terminará quedando con su propia muerte, solo, como solo vaticino que me estoy quedando. Llevo días sin dar sepultura a nadie. Miro al mar una mañana cualquiera. Cualquier barca podría ser mi ataúd. Alta mar es un buen cementerio. El fondo del océano una buena tumba.

¿Quién enterrará al último enterrador?

─ (La soAledad).

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