En la primera visión, todo parecía un error de enfoque.

A Julián le ocurrió mientras esperaba el tren. Durante unos segundos, el andén se volvió translúcido, como si estuviera hecho de vidrio empañado. Las personas seguían moviéndose, pero dejaban estelas, sombras que tardaban en decidir si quedarse o irse. Parpadeó, y el mundo volvió a su sitio.

Pensó que era cansancio.

Pero al día siguiente, la visión regresó.

Esta vez fue en su apartamento. La taza de café, sostenida entre sus manos, comenzó a perder consistencia. No desaparecía de golpe: se deshilachaba. Primero el borde, luego el asa, como si alguien estuviera borrándola con una goma invisible. Julián no la soltó. Esperó. Y justo cuando el líquido oscuro amenazaba con derramarse en el vacío, todo volvió a ser sólido.

Entonces empezó a anotar cada episodio.

“Las cosas no se van”, escribió en una libreta. “Se retiran.”

Las visiones se hicieron más frecuentes. Ya no eran solo objetos: eran fragmentos completos de la realidad. Calles que se volvían irreconocibles, edificios que perdían sus esquinas, cielos que dejaban ver otra cosa detrás —una especie de fondo pálido, como un lienzo sin terminar.

Y siempre había algo más.

En esos momentos de desvanecimiento, Julián percibía otra presencia. No una figura clara, sino una sensación: como si alguien estuviera observando desde ese otro lado, esperando.

Una noche, decidió no resistirse.

Cuando la visión comenzó —las paredes de su habitación disolviéndose en capas finas—, no parpadeó. No se movió. Observó cómo su entorno se iba deshaciendo hasta revelar ese fondo blanquecino. Y entonces lo vio.

Al otro lado, había una ciudad.

No era como la suya. Era más tenue, menos definida, como si estuviera hecha de recuerdos en lugar de materia. Las estructuras se elevaban y caían lentamente, como respirando. Y entre ellas, figuras humanas caminaban… o flotaban… o simplemente estaban.

Una de esas figuras se volvió hacia él.

Julián sintió un tirón en el pecho.

La visión no desapareció esta vez. Se expandió.

Durante los días siguientes, la línea entre ambos mundos se volvió cada vez más delgada. Julián podía verlos incluso sin que todo se desvaneciera. Eran reflejos superpuestos, errores de alineación entre dos realidades que ocupaban el mismo espacio.

Comenzó a notar algo inquietante.

Cada vez que una visión ocurría, algo de su propio mundo no regresaba exactamente igual. Un cuadro ligeramente distinto. Un libro con menos páginas. Un vecino que ya no vivía allí —o tal vez nunca había existido.

Y luego, su propio reflejo.

En el espejo del baño, su imagen empezó a retrasarse. Primero un segundo. Luego dos. Hasta que un día, simplemente no apareció.

Julián tocó su rostro. Estaba ahí. Pero el espejo mostraba solo la pared detrás.

Esa noche, comprendió.

No era su mundo el que se desvanecía.

Era él.

Las visiones no eran fallos: eran filtraciones. La otra realidad no estaba invadiendo la suya; lo estaba reclamando.

Recordó la figura que lo había mirado.

Volvió a buscarla.

Se sentó en el suelo de su habitación y esperó. No luchó contra el desvanecimiento cuando comenzó. Al contrario: lo siguió. Sintió cómo su cuerpo perdía peso, cómo sus manos se volvían translúcidas, cómo sus pensamientos se estiraban, como si también fueran materia disolviéndose.

El mundo a su alrededor se apagó.

Y el otro apareció con claridad.

La ciudad tenue lo rodeaba ahora. No había transición, no había dolor. Solo una extraña familiaridad.

La figura estaba frente a él.

Esta vez, podía verla bien.

Era él mismo.

Pero no exactamente.

Sus ojos tenían una calma que Julián nunca había conocido.

—Tardaste —dijo la figura, con una voz que sonaba como un eco de la suya.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Julián, aunque ya intuía la respuesta.

La otra versión de sí mismo sonrió apenas.

—Es lo que queda cuando dejas de sostener una realidad.

Julián miró sus manos. Eran casi transparentes, pero no sentía miedo. Solo una ligera tristeza, como al recordar algo que ya no importa.

—¿Desaparecí? —preguntó.

—No —respondió el otro—. Te volviste menos rígido.

A su alrededor, la ciudad respiraba.

Y por primera vez, Julián entendió que su mundo no se había desvanecido.

Simplemente, había dejado de ser el único.

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