En un rincón polvoriento de la biblioteca, entre libros cuyo contenido nadie recordaba, encontré un objeto un poquito extraño: un espejo de mano. No parecía particularmente, digamos, muy valioso… ni siquiera tenía un marco digno de mención. Solo un cristal ovalado con bordes dorados desgastados por el tiempo.
Lo que me llamó la atención fue que, a diferencia de cualquier otro espejo, este no reflejaba mi rostro. Es más, no reflejaba nada en absoluto. Frente a él, la habitación parecía desaparecer, como si el propio espacio que lo rodeaba fuera una ilusión.
Mi primer impulso fue dejarlo allí, pero algo en su presencia me retuvo. Decidí que no lo tocaría más, que no me adentraría en la inquietante paradoja que sugería.
Sin embargo… pero pero… la tentación me superó. Después de días de incertidumbre, lo tomé entre mis manos, con un leve temblor, como si supiera que había cometido un error.
El instante en que mi dedo tocó el cristal, una sensación indescriptible se apoderó de mí: el aire se volvió más denso, el tiempo pareció distorsionarse. Al principio fue solo una fracción de segundo, apenas una sensación de «ya no estar aquí», pero luego supe, con certeza absoluta, que algo había cambiado.
Un cambio tan pequeño que al principio pensé que era solo mi imaginación.
Comencé a observar el espejo más de cerca, sin comprender por qué algo tan simple me parecía tan peligroso. El objeto no reflejaba solo el vacío, sino un vacío peculiar, lleno de preguntas, lleno de posibilidades. Observé mi reflejo, o más bien, la falta de él, y me pregunté: ¿Qué sucedería si no existiera en este mundo? O peor aún, ¿y si no existiera en ninguno?
No era el tipo de preguntas que uno se hace a la ligera. En mi juventud, había leído a los filósofos que hablaban del azar como un principio cósmico, algo que hacía que todas las posibilidades coexistieran en un delicado (y supuesto) equilibrio.
Pero ahora entendía que esa idea de azar era solo un concepto abstracto, incapaz de capturar la verdad de lo que estaba sucediendo. El azar no era solo un principio; era un principio en el que mi destino dependía de infinitas ramificaciones que se desplegaban como hilos invisibles entrelazados.
En ese instante, todo se volvió claro, y, sin embargo, incomprensible. El espejo no era solo un mero objeto, ni siquiera un reflejo de mi cuerpo. Se había convertido en una puerta, una rendija por la que se filtraban todas las versiones posibles de mi vida.
En uno de esos mundos, nunca había tocado el espejo y vivía una vida común, feliz en su pequeña rutina. En otro, no existía. Y en otro más, quizás, ya me había ido, o ni siquiera nací. La distorsión del tiempo se me presentó como una red conceptual de caminos que se bifurcaban en cada decisión, en cada mirada, en cada mínimo pensamiento.
Recordé lo que leí una vez, quizás en una de esas tardes interminables que pasaba buscando respuestas sin saber exactamente qué buscaba: «Cada vez que el futuro se bifurca, un universo se crea.»
Y si todo eso era cierto: si cada posibilidad creaba una ramificación del cosmos, entonces este espejo no era más que una ventana hacia esas infinitas ramificaciones, todas coexistiendo simultáneamente.
Los universos no se solapan, ni se excluyen… simplemente parecen coexistir, como una hilera interminable de líneas paralelas, invisibles a nuestros ojos, perfectamente palpables en las fibras del pensamiento.
Lo comprendí: el espejo era una versión distorsionada del principio cuántico de superposición, pero aplicada a mi vida, a mis decisiones. En algún lugar, en algún universo paralelo, todas las versiones de mí coexistían, y yo era simultáneamente todos esos «yo» posibles, atrapado en un solo presente.
La pregunta que me asaltó entonces fue: ¿realmente existo si no puedo confirmar cuál de todos esos «yo» es el verdadero? ¿Qué pasa cuando el azar es tan omnipresente que el futuro deja de ser algo predecible y se convierte en una multiplicidad infinita de posibilidades?
Mi mano tembló al sostener el espejo, y de repente, ya no estaba seguro de si lo que observaba frente a mí era una realidad o solo una de las infinitas versiones de un futuro que nunca llegaría a ocurrir.
Tal vez yo, digo, ya no existía en el tiempo que creía dominar, no sé, quizás solo estaba viviendo en un instante que se desvanecería tan pronto como dejara de mirarlo.
¿Y qué pasaba con los otros “yo” que tocaban ese mismo espejo en otros mundos, en otros tiempos? ¿Eran todos simultáneamente yo, o era solo uno de ellos el que verdaderamente existía?
Dejé el espejo en su lugar, en el mismo rincón polvoriento, como si fuera un objeto más entre las estanterías, pero algo me decía que no podría olvidarlo.
Y mientras caminaba hacia la salida, un pensamiento me rondaba en la mente: en algún universo, la versión de mí que había dejado de tocar el espejo tal vez estaba observándome desde el mismo rincón, preguntándose lo mismo que yo.
¿Era todo un juego del azar, o la vida misma era… ilusión?
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS