El espejo de los posibles

El espejo de los posibles

Xavier Pardell

01/04/2026

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El espejo de los posibles

Una tarde de marzo, cuando el Ateneo empezaba a vaciarse, busqué —sin esperanza— un libro de ensayos viejos. Me guiaba una superstición: hallar, entre lomos vencidos, una frase que justificara el día.

En el estante más alto, detrás de anuarios carcomidos, encontré un cuaderno sin título. Tapas verdes, lomo agrietado, olor a humedad de papel guardado. Lo abrí con la cautela con que se abre algo ajeno que, sin embargo, parece esperarnos.

En la primera página, una advertencia en letra temblorosa: Lo que leas aquí te leerá también a ti. Sonreí. Pensé en bromas de lectores devotos de Borges o Macedonio. Pasé la hoja.

El cuaderno decía:

Tú, que ahora lees estas líneas, estás sentado junto al ventanal, con el sol oblicuo de la tarde cayendo sobre tus manos.

Era exacto. Sentí una incomodidad que no era miedo, sino pudor: el de ser descrito con precisión por una mano desconocida. Miré alrededor, como si el secreto pudiera delatarse en algún rostro. La sala seguía siendo la misma: madera, polvo, susurros, un carrito lejano.

Quise cerrarlo. No lo cerré.

Las páginas continuaron con una atención minuciosa. No relataban mi vida: la cercaban. Anunciaban mi respiración contenida, el gesto involuntario de humedecerme el labio, la tentación de reírme para rebajar el asunto a literatura.

En el margen inferior, con otra caligrafía —más firme, casi seca— había una frase:

Si sigues leyendo, tú serás quien escriba.

Atribuí la nota a algún bromista. Avancé.

En la tercera hoja, un párrafo se detenía en mitad de una oración. Sin pensar, tomé la pluma del atril común —esa pluma pública que no pertenece a nadie— y completé la frase. La tinta corrió con docilidad antigua, como si la mano hubiese repetido ese trazo durante años. Cuando levanté la vista, habían aparecido líneas nuevas debajo, con mi misma tinta y mi mismo pulso, pero con una intención que no reconocí:

Bienvenido. Ahora existe una nueva versión de esta historia.

Me reí en silencio. Miré el ventanal. Mi reflejo estaba allí, pero no encajaba del todo: se movía con un desfase mínimo, como un reloj antiguo que marca el mismo minuto tarde, siempre tarde.

Volví al cuaderno.

Comprendí —o empecé a comprender— que aquellas páginas no eran fijas. Podían desplazarse, duplicarse, desaparecer. A veces una hoja repetía la anterior con una variación mínima: una coma, una palabra, una fecha. En otra, yo no estaba sentado; estaba de pie frente al estante, dudando entre dos libros. En otra, yo no era lector, sino objeto: “el hombre que será leído”, decía, como si mi cuerpo fuese texto en reposo.

La biblioteca seguía igual. El cuaderno no.

Cada línea abría un pasillo. Cada adjetivo, una puerta. No era un libro infinito por la cantidad de páginas, sino por las decisiones posibles en cada frase. Me descubrí leyendo con hambre y con vergüenza, como quien espía una habitación propia.

No sé cuánto tiempo estuve allí. La tarde se volvió noche sin ceremonia. Las lámparas se encendieron con un zumbido breve. En algún punto cerraron puertas interiores; no escuché la llave. Yo seguía junto al ventanal, y el cuaderno seguía abierto como un animal quieto.

En una de las páginas vi mi firma bajo la frase final de un relato que aún no había terminado de leer. No era parecida: era la mía, con mi torpeza habitual en la última letra. Debajo, en letra ajena, se añadía:

No te sorprendas. La firma siempre estuvo. Tú sólo la alcanzaste.

Cerré los ojos un instante. Al abrirlos, el reflejo del ventanal ya no imitaba exactamente mis movimientos. Me observaba. O, peor: me esperaba.

Escuché una voz. No venía de la sala —nadie se había acercado— sino de esa zona mental donde una frase aparece con el tono de lo inevitable.

—No temas —dijo—. Todo lector termina por convertirse en el texto que comprende.

Era mi voz, pero pronunciada con otra paciencia, como si la hubiera repetido muchas veces.

Quise responder. No supe a quién.

En el cristal, el otro —mi reflejo, si todavía merecía ese nombre— apoyó las manos sobre las páginas abiertas. No imitó mi gesto: lo precedió. Entonces entendí el mecanismo. No era un espejo. Era una página. Y yo, del lado equivocado, era la tinta.

Me incliné hacia el cuaderno. En el margen, donde antes había advertencias, hallé una última nota, breve, casi compasiva:

Escribir equivale a existir; leer, a repetirse.

La mañana llegó como llegan las mañanas: sin explicación. La claridad se filtró por el ventanal y el polvo empezó su danza lenta, obediente. Un empleado pasó por el pasillo arrastrando una bolsa de basura. Ni me miró.

Me levanté. El cuerpo me dolía, como si hubiera dormido mal en un asiento de tren. Dejé el cuaderno abierto, exactamente por la mitad: ni cerrado del todo ni entregado por completo. Un gesto de falsa libertad.

Al salir, miré el ventanal por última vez. En el vidrio, el otro seguía allí, inmóvil, con las manos sobre las páginas. No supe si se despedía o si me retenía. La diferencia, pensé, es un matiz de lectura.

Desde aquel día, a veces siento —en la calle, en casa, en una frase que digo sin pensar— que alguien retoma el cuaderno y continúa. No lo imagino como enemigo. Tampoco como dios. Lo imagino como un lector distraído, que escribe una palabra por curiosidad, por juego, por corregir una oración.

Y cada palabra, lo sé, me modifica.

Entonces vuelvo a preguntarme, con una vergüenza antigua, como quien toca un espejo y encuentra carne:

¿Quién de los dos está soñando al otro?

Xavier Pardell Peña

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