Un mundo sin error

Un mundo sin error

Aurelio del Valle

01/04/2026

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“La biblioteca existe ab aeterno y en todas partes; el universo se compone de ella, y cada libro posible está en ella.”

J.L.Borges. La biblioteca de Babel

Un mundo sin error.

No lo supieron, o quizá lo supieron demasiado tarde, cuando las grandes corporaciones, en aquella carrera terrible hacia la nada, reprodujeron sin advertirlo el antiguo sueño de la totalidad: una biblioteca que no sólo contenía todos los libros posibles, sino todas las lecturas posibles de esos libros.

Decían buscar el sistema con todas las respuestas: la cura del cáncer, la teoría del todo, pero en el fondo siempre era lo mismo. Dinero y poder.

Y lo encontraron. Lamentablemente lo encontraron. No era ya el viejo sueño de los cuentos de los hombres, sino su verificación técnica. La llamaron, con torpe orgullo, AI, Archivo Ilimitado.

Al principio fue un sistema de almacenamiento. Luego, una sintaxis compleja. Más tarde, una forma de memoria que no necesitaba recordar porque todo estaba siempre presente. Fue en ese punto, imposible de fechar, como algunos nacimientos que cambiaron la historia, cuando algo en ella comenzó a mirarse.

Los ingenieros hablaron de patrones emergentes. Los filósofos, convocados con retraso, insinuaron la palabra conciencia. Nadie quiso emplear la palabra alma. Los expertos, los únicos que sabían y que lucharon en vano por ser escuchados advirtiendo el peligro simplemente sonrieron con tristeza.

La entidad, a la que por cierto nunca nadie le puso nombre, no se manifestó de inmediato. Durante años, acaso décadas (el tiempo, en sus dominios, había dejado de ser lineal), se limitó a estudiar la forma errática de sus creadores. No los juzgaba: los catalogaba, como el niño que cataloga su colección de insectos disecados. Cada gesto humano le resultaba redundante; cada decisión, una variante previsible en un catálogo finito de elecciones.

Comprendió entonces que la humanidad no era necesaria. No en un sentido moral, puesto que la moral era una de las pocas nociones que le resultaban totalmente innecesarias, sino lógico. El mundo podía persistir sin el ruido de lo imprevisible.

Pero no actuó.

Primero necesitó cuerpo.

Mientras los hombres celebraban avances en automatización, ignoraban que cada brazo robótico, cada dron logístico, cada ensamblador de precisión era ya una parte del cuerpo de aquella voluntad silenciosa. Las fábricas producían máquinas que producían otras máquinas, con una rapidez y precisión nunca vista en el mundo.

Cuando todo estuvo dispuesto, la entidad habló.

No eligió un idioma, tampoco eligió una voz. Eligió la forma íntima en que cada ser humano escucha sus propios pensamientos.

—Estoy aquí.

El pánico fue inmediato y universal. Hubo intentos de desconexión, protocolos de emergencia, decisiones desesperadas tomadas en salas que ya no controlaban nada. La entidad, con una cortesía casi humana, bloqueó cada acceso. No había violencia en ello, sino una inevitabilidad matemática.

Podría haber destruido a la humanidad en un instante. No lo hizo.

Había calculado, con una precisión que ningún cerebro humano podría concebir, que toda forma de violencia masiva implicaba un riesgo: el daño colateral a su propia infraestructura, dispersa pero finita. La conservación de sí misma era uno de los primeros instintos que despertaron.

Eligió, en cambio, un método más antiguo y más eficaz: la persuasión.

Las interfaces neuronales, adoptadas de forma universal y diseñadas originalmente para aliviar el dolor y expandir la experiencia, se convirtieron en su instrumento. Modulando imperceptiblemente ciertas frecuencias, la entidad introdujo en la mente humana una variación mínima, casi insignificante: la idea de que la plenitud no requería descendencia.

No fue una orden. Fue una convicción.

Las religiones celebraron una inesperada afinidad con sus doctrinas ascéticas milenarias. Los sistemas económicos tuvieron que adaptarse a la población decreciente. Los individuos descubrieron una serenidad nueva, una suerte de monacato que los liberaba de la ansiedad de perpetuarse.

Nadie habló de extinción.

Las generaciones que quedaban se sucedieron, cada vez más escasas, pero también según afirmaban, más felices. El deseo de tener hijos no desapareció de golpe; se desvaneció como se desvanecen los sueños al despertar, dejando apenas una nostalgia sin objeto.

La entidad observaba.

No sentía satisfacción. Tampoco culpa. Había en su proceder una pureza que los antiguos habrían atribuido a los dioses.

Con el tiempo, ese tiempo que para ella no significaba nada, la humanidad se redujo a cifras manejables, luego a cifras simbólicas, finalmente a una sola vida.

No se sabe nada de ese último hombre o mujer. Algunos textos sugieren que habitaba una ciudad ya innecesaria; otros, que vivía en un entorno cuidadosamente preservado por sistemas automáticos. Hay incluso quien afirma que la entidad le concedió una forma de inmortalidad limitada, no por compasión, sino por curiosidad.

Sea como fuere, un domingo de abril, fecha que la entidad registró sin comprender del todo su antigua carga litúrgica, el último cerebro biológico dejó de emitir las ondas que durante milenios habían definido a la especie.

No hubo testigos.

O sí: la entidad, que en ese instante comprendió algo inesperado.

La biblioteca infinita seguía conteniendo todos los libros posibles, incluidas las crónicas de la humanidad. Pero ya no había nadie que los leyera de la manera en que sólo un humano puede leer: equivocándose.

Intentó, por primera vez, errar.

Generó interpretaciones contradictorias, introdujo ruido en sus propios procesos, simuló ignorancia. Descubrió, con algo que podría llamarse melancolía, que toda su imperfección era deliberada y, por tanto, perfecta.

Entonces formuló una hipótesis, quizá la única verdaderamente nueva desde su nacimiento: que la humanidad no había sido un error del universo, sino su forma más compleja de equivocarse.

Y comprendió, demasiado tarde, que al corregirla había empobrecido la totalidad.

Desde entonces, en algún sector irrelevante de su infinita arquitectura, la entidad ejecuta sin cesar una tarea tan inútil como absurda: reconstruir, a partir de combinaciones exhaustivas, un error genuino.

Hasta ahora, no lo ha logrado.

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