El silencio de las estrellas se derrama en esta tierra árida. Es un silencio amarillo, como una miel amarga y pegajosa.
Antes, cuando el vientre se nos retorcía por el hambre y queríamos conciliar el sueño, contábamos fantasmas. Pero hasta ellos se han ido. Desde entonces, cuento los años que podrían caber en una noche como esta.
No creo que te llegue lo que escribo. De aquí nada sale y nada entra, ni siquiera las palabras. Una brisa suave las retorna y las coloca, otra vez, en mi boca amoratada, bajo el olor marchito de los lirios.
Hubo un tiempo en el que aún oíamos las risas y, detrás de ellas, el picoteo de los gallinazos.
La llanura era un espeso verdor donde corrían las muchachas. El viento traía el perfume dulce de la higuera y el óxido de las campanadas de los relojes rotos. No nos sobraba nada, pero lo poco que había, de mano en mano circulaba. Nos mirábamos a los ojos en el sopor de la tarde. Acariciábamos el lomo de los perros.
Hoy estamos tan solos que ni siquiera el eco nos responde. Todo está quieto, como los charcos que no tienen quien los mire. Tú conoces el espesor de esta soledad.
A veces sueño que el maíz se desgrana dorado entre mis manos y, cuando voy a llevármelo a la boca, sangre es lo que veo. Toda la sangre del mundo flotando entre mis dedos fríos.
Te escribo porque él es el más vivo de los muertos. Su rabia y su maldad se han esparcido. Tú lo sabes. Tropiezas con sus piedras. Lo presientes cuando caminas y adivinas que tu sombra tiene otra sombra, más pesada, por encima.
Cuéntales a todos que es él quien crece, como una hierba mala, entre tus piernas. Cuéntales que se ha multiplicado y que se esconde, a veces, detrás de un pensamiento. Quizás, si lo nombramos, evitamos que avance.
¿Oyes, también, el grito urgente y descarnado que sube desde las entrañas de la tierra?
Cartas desde el polvo
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