A mi querido Fernando Loyola.

Hola amigo, como éstas, el calor en todas las épocas es insoportable. No es el calor en sí sino el efecto que el sol provoca en mi cuerpo y en mi espíritu: alumbra demasiado. Sabés porque te lo digo, la luz hace que mis venas hiervan y que la sangre que las transita quiera salir por cualquier lado. Como te dije una vez, no me rompo, implosiono. Cada año se me hace más difícil sobrevivir, la luz es demasiado bella. Nuestro secreto crece a medida que ella se hace más intensa y atractiva. Ayer, de mañana, intenté salir para acabar con todo. No pude hacerlo. Tu recuerdo es un ancla que me ata a estas calles desoladas. ¡Qué locura vana la que habita aquí! La insensatez del sol al penetrar en este pueblo desolado.

He visto a tu hermana, está más vieja pero no por eso menos hermosa, se que nuestra pelea, en parte, la ocasionó mi cercanía a ella. El amor reverencial que le tuve a lo largo de varios años de nada sirvió, o mejor dicho, solo sirvió para que nos alejáramos. Mi cercanía siempre fue diametralmente opuesta a su lejanía, tal vez porque yo era tu amigo y las lealtades estaban divididas o, cuanto menos, borrosas. Vos y yo éramos una dupla indestructible, por lo menos eso pensaba.

Me equivoqué. Ahora me doy cuenta, la tranquilidad era un bien preciado para mí y como un estúpido me quedé aquí, pensando que la iba a encontrar, pero no, te seguía buscando todas las noches en cada puerta de este pueblo. Me pregunto, amigo mío, si te busco a ti o la idea que tengo aún de ti.

Algunos dirán, los que no me conocen, que soy un vicioso, un adicto al peligro, en este lugar no saben lo que es el peligro, de noche cierran las cortinas para no ver lo que pasa y al otro día las abren y sonríen como un engranaje de ruedas desdentadas que funciona solo para ellos. Me ven pálido, me dicen que debo recuperarme, que lo que tengo es malo, su ignorancia acerca de mi naturaleza les da esa sabiduría infantil. Teníamos eso en común: nuestra naturaleza. Nos reíamos porque nunca seríamos viejos. ¡Qué tontos, qué simplones! ¡El tiempo nos atrapó sin piedad! Giramos al son de este rulo infernal que no acaba nunca.

No quiero tu perdón, ya no. Fui un padre que vio morir a sus hijos, alguien tan egoísta consigo mismo que elegí ser padre, sucumbí a esa tentación y la eternidad me pagó con dolor.

Esta es la última carta que escriben mis manos perennes y jóvenes, lo que sale de un corazón que no late pero sufre. Tengo que dejar esta habitación, esta casa, esta cuadra, este pueblo.  Todo me calcifica y asfixia, ya no aguanto mi nido oscuro, no soporto la sombra mortecina y escasa que me da una lámpara, un foco. Mañana enfrento al sol, por fin.

Mis últimas palabras te pertenecen.

Eternamente tuyo.

Cayetano Preciado.

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