Carta de: Candelaria, criada de Dolores Preciado, a su señora, desde Comala, entre los jirones del tiempo.
Querida señora Dolores:
Le escribo desde la vieja cocina de la Media Luna, entre cacerolas herrumbrosas, con un calor que nos quema a todos y nos convierte en cenizas.
Yo, que las he criado a usted y a su hermana Gertrudis, solo quería lo mejor para mis niñas.
He de confesarle, que el día que vino tan alegre a contarme que se iba a casar con Pedro Páramo, yo desconfíe de él. Tenía la mirada del águila astuta; y enseguida me di cuenta de que buscaba algo más que una mujer buena.
Aún me parece que las estoy viendo, con sus vestiditos almidonados, jugando en la pradera, riéndose, cuando la vida era fácil, y había miel en la despensa, y maizales, y los pájaros cantaban día y noche.
Y si cierro los ojos, puedo oler los rosales del jardín. Ahora todo huele como a huevos podridos y no hay rastro de hierba alguna.
A veces, siento murmullos como de vuestras voces, pero sé que es el viento que se cuela en las casas por las paredes agrietadas y los tejados rotos, que lleva y trae las almas que como yo, se quedaron aquí atrapadas, desde que Pedro se cruzó de brazos y nos fue matando a todos poco a poco de hambre.
¿Recuerda que sus tías no quisieron comprarle el vestido de novia, para que se le quitase la idea de casarse de la cabeza?
Fui yo, la que le presté el dinero, para que fuera una novia con toda la pompa.
Yo misma le ajusté el vestido, cuajado de encajes, tan linda e inocente; no sabía lo que le esperaba.
Y se empeñó en llevar las perlas de la abuela, aunque yo le advertí que eso no traía suerte a las jóvenes casaderas.
Tantas veces la vi llorando, recogiendo las migajas de amor que aquél corazón de piedra le negaba.
Reconozco que el día que me anunció que se iba por un tiempo a casa de su hermana en Colima, suspiré aliviada, porque ya no soportaba ver como se le marchitaba aquí la vida.
Y ahora te echo de menos, mi Lola, recuerdo el día que te fuiste, el niño aferrado a tu pecho, la carreta alejándose por el páramo.
Ya no hago el pan dulce que tanto te gustaba merendar en las tardes de invierno, ni tengo hilos de colores para bordar las sábanas.
Ya no queda nada en Comala, salvo terrones duros, polvo y almas llorando.
Espero que hayas encontrado la felicidad en Colima, aquello era un paraíso me decías, con su mar esmeralda, sus naranjos y el perfume de azahar colándose en las casas.
P.D.: No vuelvas a Comala, esto es el infierno.
Cartas desde el polvo
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