Estimado. ¿Ves esa casa colorida y llena silencios? Pos no vayas. Lo que callamos sigue ahí. Rumiando. Revoloteando entre las paredes y las ratas. No importa que salga el sol o que el vuelo de cotorras muertas -tantas veces- aumente el polvo y el hedor a sombras. A lo poco, se te nota el hueco de hambre y mucho sueño. No es como las otras ¿casas? ¿ruinas? No sé ya cómo nombrarlas. Con musitar y escupir, aparecen. Hace mucho que vino un hombre. Como tú. Un tal Pedro. Y ya te enteras. Todos somos Pedro. Hijos. Primos lejanos quizás. Y te cuento. Para que olvides y no te olvidemos. No toques la puerta. Ni se te ocurra tal cobardía digna de los vivos aún. Si te sientas un rato, digamos que, a unos tres metros de la jamba del portón, verás al abuelo Tomás (no le creas, es Pedro disfrazado). Él se pasea por los corredores, por la cocina, por el techo en las noches oscuras y sin estrellas. Toca su canción favorita: una mixtura de gruñidos y soplos y esa terrible canción. ¿La has escuchado? The sound of silence. ¡Ay, Lupita! No es que sea un concertista. Ni de a poquito. Utiliza un clarinete que le trajo ése, el Páramo. Es una suerte de espada musical para recordarse que Comala no olvida. Cada vez que llega al final del último coro sonríe. Saluda a los demás olvidos y sombras con pantomimas, besos silentes que ofrece con la mano vetusta. ¡Ah, nuestro querido y fiel caballero de la armonía! Don Cristobita también deambula. Le gusta el jardín y las ruinas del patio interior. Con una crayola verde dibuja los árboles y arbustos con la precisión de otro Pedro Páramo. No recuerdo si fue de los primeros que nunca salió o de los que se olvidaron de salir por culpa de las sombras o de una jovencita enamorada. ¡Compadre! ¡Hermano! ¡Tocayo! Pos ahora recuerdo. Ella, la Lucinda. No se deja ver. Anda entre las sombras de la terraza y las esquinas del fogón. Si ves la luna llena o si hace un sol de esos que te cincelan la calva, escucharás un hilo de voz. Es fino y repite una jaculatoria. De esas que te chupan la sangre. No sé si se mofa de mí. Escucha, quedito, quedito: Hello, Darkness, my old friend. Y el eco, mi compa. La sangre. El reverberar de cada aplauso, de esos ojos vaciados de alma, de la sordera, de la mudez. ¡Ay, Pedro, Tomás, Cristobita…! Ella saluda y se despide de nosotros. Entre la penumbra escuchamos una salmodia que hiede a mar. The absent silence in this house says…hello. Qué pena, carnal. Ya tienes un lugar en esa piedra… ¿me acompañas? Los días y las noches se olvidan en Comala.
Cartas desde el polvo
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