Carta al hijo

Carta al hijo

Lorenzo Discreto

27/03/2026

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Me anticiparon que aparecerías primero en forma de serrucho, quizás como un homenaje al invento que alimentó la cólera de tu tío, que era más que tu padre.

Pero si volviste, no habría nadie. Mis temporadas fuera de casa se alargan cada vez más. Me
dedico a arrastrar la carreta por los caminos polvorientos y, cuando
regreso, apenas tengo fuerzas ni ganas para comer algo, subir a tientas
las escaleras y desaparecer junto a aquel pesebre de heno que me sirve de jergón.

Cuando
camino siento a la vez la ligereza de unos pies alados y los hierros de
un peso muy grave que me ata a los hilos de mi amargo destino.

Si oyen llegar mis pasos, siempre se acerca una mujer con una jarra para echarme algo de beber en un vaso o traerme un tazón de leche recién ordeñada. Ya conocen mis
rutinas de arriero que gasta los caminos, deja la huella de su calzado
en el polvo, trae las conversaciones y los ecos que se hablaron en
otros pueblos, en otras regiones, otros países, en otras lenguas, en tantos oídos que
como los oídos de aquí sólo se hacen a la idea de la solidez del mundo con el vago suspiro de las palabras, esos vagidos que tratan de hacer realidad el mundo.

De todas las herramientas que guardo en mi taller, el serrucho es la que mejor se acomoda a mi mano. No sabía que tras la caricia aún caliente de la madera del mango y la canción vibrátil de la hoja pudieras estar tú engendrado, Antelo, hijo mío.

En los libros encontré que en los tiempos remotos tú mismo ingeniaste la sierra cuando la mordedura de una serpiente desgarró a un ratón, ya que el gesto, el afán de morder y rasgar la presa, se hizo luz en tu cabeza y resolvió el problema que tantos antes no supieron concluir. Tras esa iluminación los pasos te llevaron a una fragua donde en pocos minutos nació el artilugio.

Cuando vuelvo de los caminos, Antelo, no puedo pensar en nada ni sentir nada ni mi reposo en el jergón huye en sueños que pueda recordar. Me mantengo en estado de espera, vacío, sin sufrimiento ni dolores ni deseos ni ansia de vivir. Solo. Un cuerpo vacío en un cofre lleno de paja.

Por eso a veces demoro mi vuelta a casa.
Y ando por los caminos, con la yunta de dos flacas yeguas y el borrico
que nos acompaña por si tengo que aparcar la carreta y salir en busca de alimento o medicinas. La vida del arriero es un lento errar por lugares en donde nadie le espera, entre un suelo terco y cambiante y un cielo donde siempre brillan las estrellas que uno no comprende, pero ama en su belleza y lejanía.

Estas letras te invocan, Antelo, el hijo que no tuve, el que unas curanderas en una de las fondas del camino me auguraron que continuaría mi estirpe.

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