Yo soy Sonia. Crecí en un pueblo llamado Comala. Venía de una familia de escasos recursos. Fui hija única. Mi papá nos abandonó a mi mamá y a mí cuando yo tenía apenas un año de edad.
Mi mamá no soportó la presión de ser madre soltera y terminó abandonándome en un orfanato de monjas.
Mi niñez la viví encerrada ahí, bajo reglas estrictas que parecían no tener fin. Fue una infancia solitaria. Casi no hacía amigos.
Cuando llegué a mi juventud, tuve edad para trabajar. Conseguí un empleo como cajera en una imprenta en el centro de Comala. Ahí comenzó mi vida afuera. Ganaba lo justo para rentar un pequeño departamento y comprar comida, pero no para darme lujos ni sentir que realmente estaba viviendo.
Un día, todo cambió.
Llegó un hombre importante, imponente, de esos que no pasan desapercibidos. Se llamaba Pedro Páramo. Me encargó un trabajo de impresión y todo transcurrió con normalidad hasta que estaba por irse.
Se detuvo, me miró y dijo:
Bella damita, si algún día te cansas de trabajar en este lugar, búscame en el bar de la 5 y pregunta por Epifanio.
Se fue, pero algo en mí se quedó inquieto.
Esa noche no pude dormir. No era solo lo que dijo, era cómo lo dijo. El trabajo comenzó a pesarme más. El ruido de las máquinas y la rutina se volvieron más grises.
Hasta que un día, sin pensarlo demasiado, cerré la caja antes de tiempo, me cambié de ropa y caminé hacia el bar de la 5. Era un lugar oscuro, viejo, detenido en el tiempo.
Busco a Epifanio, dije.
El cantinero me miró y señaló hacia el fondo.
Ahí estaba él.
Sabía que vendrías, dijo. Hay personas que nacen para quedarse y otras para cruzar una puerta.
Acepté trabajar con él. Me convertí en su asistente, encargándome de las finanzas de sus proyectos. Ahí conocí cosas que aprendí a callar, porque entendí que hablar podía costarme la vida.
El silencio tenía un precio, pero también recompensas: dinero, acceso y poder. Una vida que incluso me habría permitido irme al extranjero.
Sin embargo, con el tiempo quise salir de ahí. No era fácil dejar ese mundo. Páramo no era solo un hombre, era el dueño de todo en Comala.
Entonces apareció él.
Un joven italiano que me mostró otra forma de vivir. Con él me escapaba por las noches, iba a bailar y me sentía libre. Hasta que un día me pidió que me fuera con él a Italia.
Y acepté.
Por primera vez tuve valor.
Hablé con Pedro Páramo y le mentí. Le dije que estaba embarazada y que ya no podía seguir trabajando para él. Para mi sorpresa, accedió.
Días después abordamos un barco hacia lo desconocido.
Antes de partir, miré atrás.
Vi Comala. Vi la vida que dejaba. Una vida dura donde rendirse parecía inevitable.
Pero no lo hice.
Elegí avanzar.
Y aquí estoy, rumbo a Italia, lista para comenzar de nuevo.
Cartas desde el polvo
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